–No le hables de ese modo a alguien que está por encima de ti –le decía.
–Ningún hombre está por encima de mí, y tampoco ninguna mujer –replicó ella–. ¿Por qué ibais a ser mejor que yo? Anoche estaba dispuesta a aceptar vuestro dinero, y vos a ofrecérmelo. La diferencia es que no volveré a cometer el mismo error.
El hombre le contestó en voz tan baja que no pude oírlo, pero vi que seguía agarrándola del brazo y que la sacudía violentamente mientras hablaba con ella, poniendo en peligro mi tarta, que estuvo a punto de caer del plato que sostenía Hannah.
–… haré que te arresten, puta ranter, porque no eres otra cosa. No creas que no seré capaz de hacerlo.
Ella no le contestó, pero me di cuenta de que estaba pálida. El hombre la soltó.
–Hablaremos de ello fuera –dijo él, bruscamente, volviéndose con la intención de irse.
Ella se acercó para servirme la comida, pero cuando la dejó sobre la mesa, le temblaba la mano y el plato golpeó la madera. Sin embargo, su voz, cuando me preguntó si quería otra cerveza, era firme e inexpresiva. Le dije que no, y se alejó sin decir ni una palabra. La vi dirigirse hacia la puerta por la que había salido el hombre, que daba al patio donde se guardaban los barriles de cerveza vacíos.
Me encogí de hombros, concentrándome en la tarta. Antes de pedirla había preguntado qué ingredientes llevaba: la respuesta –tarta escocesa– no me había aclarado gran cosa, pero ahora, mientras pinchaba la corteza con el cuchillo, me llegó su aroma y vi varios trozos de patata humeante, algunas rodajas de puerro, lonchas de pollo con una crema espesa, una buena pizca de tomillo e incluso una frutas troceadas de color rojo oscuro que descubrí casi de inmediato que eran ciruelas en conserva.
No obstante, algo me impedía disfrutar del plato, y era el hecho de saber que mientras yo estaba allí dentro, comiéndome una tarta escocesa, la mujer que la había preparado estaba fuera, entregándose a un hombre a quien habría deseado rechazar. Puede que ella se hubiese equivocado, pero no me había gustado el aspecto de aquel individuo, ni la forma en que la había agarrado del brazo, y sospechaba que seguramente en aquel momento no estuviera siendo delicado con ella.
Lanzando un suspiro, aparté el plato, me levanté y salí al patio. Fuera estaba oscuro, pero oí un ruido a mi derecha, detrás de un montón de barriles de cerveza.
–¿Quién anda ahí? –grité.
Una mujer lanzó un grito ahogado, pero se apagó de inmediato, como si alguien le estuviera apretando el cuello.
–¡Rápido, llamad a un guardia! ¡Están fornicando en la calle! –grité.
Era una frase que me sorprendió incluso a mí, hasta que recordé que ésas eran las palabras que se utilizaban en las rondas que, de noche, recorrían las calles par evitar posibles fechorías. La habría oído una docena de veces bajo mi ventana mientras dormía.
Del otro lado de los barriles me llegó el tintineo del cinturón de una espada, una imprecación sofocada y, luego, el inconfundible sonido de una bofetada. Hannah gritó y oí el ruido de unos pasos alejándose. Me acerqué a los barriles para investigar.
Hannah estaba tirada en el suelo, donde había acabado por culpa del golpe. Por el modo indecente en que se habían levantado sus faldas en torno a la cintura, comprendí que había llegado demasiado tarde para impedir el acto que les había llevado a ambos a esconderse allí, aunque tal vez había evitado que a ella le sucediera algo peor.
–Gracias –se limitó a decir Hannah.
Me di cuenta de que no había añadido «señor», aunque puede que, en la oscuridad, no me hubiese reconocido. Luego extendió una mano hacia mí. Aquello también me sorprendió: en la Europa continental habría sido inconcebible que una sirvienta le tendiese la mano a un caballero. Ella, sin embargo, necesitaba ayuda para levantarse, por lo que le cogí la mano y tiré de ella.
–Gracias –repitió, cuando se puso de pie.
Se frotó la mejilla en el lugar donde aquel hombre la había golpeado.
–No tienes por qué darme las gracias –le dije–. No me debes nada.
Me di la vuelta para irme.
–Signor Demirco –dijo.
Me detuve.
–Si le decís a Titus Clarke lo que habéis oído esta noche, me echará.
Y eso fue todo. Ninguna pregunta, ninguna petición. Se había limitado a plantear los hechos, dejando que fuera yo quien decidiera qué hacer.
Estuve a punto de decirle: «Tendrías que haberlo pensado antes», pero no lo hice. Me limité a asentir con la cabeza y volví a entrar en la posada.
Cuando Titus me sirvió otra pinta de cerveza, descubrí que no tenía ninguna intención de contarle lo que había ocurrido entre Hannah y su pretendiente. Después de todo, no era asunto mío.
Louise
Mientras el rey está nadando, lady Arlington me lleva a la Stone Gallery, el patio porticado más grande y elegante de los que hay en Whitehall.
–Aquellos son los aposentos del rey –me explica, señalándolos–. Los edificios que hay al otro lado están destinados a sus cortesanos favoritos. Y allí –hace una significativa pausa– están disponiendo nuevos aposentos.
Abre unas puertas de madera. En el interior, cuatro hombres con pelucas cortas, los pintores de la corte, están trabajando en un fresco. En la pared opuesta, unos hombres subidos en varias escaleras están colgando un tapiz de estilo francés. Otro artesano, un ebanista, está instalando una librería de nogal y arce con incrustaciones con la ayuda de un aprendiz. El olor de las virutas de madera y del barniz fresco impregna el ambiente. Cuando entramos, los hombres inclinan la cabeza en señal de respeto y acto seguido retoman sus tareas.
–¡Qué estancia más bonita! –exclamo con sinceridad, acercándome a la ventana.
Los altos cristales me recuerdan a Versalles. Frente a mí veo un hermoso jardín con un enorme reloj de sol y, al fondo, el largo y resplandeciente lago del parque de St James.
–Es para vos.
Me doy la vuelta, estupefacta.
–¿Para mí?
–Ha ordenado que la restauren ex profeso para vos. Y mirad esto. –Se acerca a otra puerta y la abre. Conduce a unas escaleras–. Puede ir a vuestro encuentro directamente desde sus aposentos.
–¿Sin que nadie lo sepa, queréis decir?
Lady Arlington asiente con la cabeza.
–Puede que en algunas ocasiones prefiera ser discreto. Al menos al principio.
Me quedo mirándola fijamente.
–Pero yo nunca permitiré que me haga esa clase de visitas a menos que sea mi esposo.
–No seáis necia, Louise –dice, en voz baja–. Debéis hacer lo que sea necesario, como han hecho siempre las muchachas hermosas con sus soberanos. La única cuestión es: ¿qué obtendréis vos a cambio? Majestad.
Hace una reverencia, y por un instante creo que se está burlando de mí. Luego, al darme la vuelta, veo que el rey ha entrado en la estancia.
–Me han dicho que estabais aquí –dice, impaciente–. ¿Dais vuestra aprobación a los aposentos? Estarán listos el fin de semana. Quizás me haríais el honor de mudaros aquí.
–No puedo… –digo, pero lady Arlington es más rápida que yo.
–La ocasión es de lo más apropiada, sire. La próxima semana empezaremos unos trabajos de reforma en nuestra casa, por lo que Louise tendría que trasladarse de todas formas.
–Sire –digo–, no puedo aceptar estos aposentos. Son demasiado lujosos para una dama de compañía.