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La luz fluía lentamente sobre sus ojos desde la esquina de aquella estancia prefabricada. La cámara de algodón estaba llena de vitrinas de hierro y cristal, que se extendían ante ellos. Velas y lámparas de gas ardían en nichos, filtradas por lentes que concentraban la luz en puntos espectaculares, iluminando el grotesco muestrario. Los visitantes serpenteaban de una vitrina a otra, murmurando y riendo nerviosos.

Isaac y Derkhan pasaron lentamente junto a jarrones de alcohol amarillento en las que flotaban trozos corporales.

Fetos de dos cabezas; secciones de brazos de kraken; una resplandeciente punta roja que podía ser la garra de una tejedora, o una talla bruñida; ojos que se contraían vivos en jarras de líquido cargado; intrincadas e infinitesimales pinturas en el lomo de una mariquita, visibles solo con lupa; un cráneo humano arrastrándose por su jaula sobre unas patas de insecto; un nido de ratas con la cola entrelazada que se turnaban para escribir obscenidades en una pequeña pizarra; un libro compuesto de plumas prensadas; dientes de drudo y el cuerno de un narval.

Derkhan no dejaba de tomar notas mientras Isaac contemplaba avaricioso aquella charlatanería, aquella criptociencia.

Dejaron el museo. A su derecha esperaba Anglerina, Reina del Mar Más Profundo; a su izquierda, el hombre cacto más viejo de Bas-Lag.

—Me estoy deprimiendo —anunció Derkhan.

Isaac asintió.

—Encontremos al Jefe Pájaro del Desierto Salvaje cuanto antes, y que les den. Te compraré algodón dulce.

Se movieron entre las filas de deformes y obesos, de grotescamente hirsutos, de enanos. Isaac señaló de repente sobre ellos el cartel que acababa de divisar.

«¡EL REY GARUDA! ¡SEÑOR DE LOS CIELOS!».

Derkhan tiró de la pesada cortina. Intercambiaron miradas y entraron.

— ¡Ah! ¡Visitantes de la extraña ciudad! ¡Vengan, siéntense a oír historias del cruel desierto! ¡Quédense un rato con un viajero de muy, muy lejos!

La voz quejumbrosa surgía de las sombras. Isaac trató de ver a través de los barrotes y divisó una oscura y desordenada figura que se erguía a duras penas, aguardando en las tinieblas del fondo de la tienda.

— Soy el jefe de mi pueblo, y vine a ver la Nueva Crobuzon de la que había oído hablar.

La voz era doliente y cansina, aguda y cruda, pero no emitía ninguno de los sonidos alienígenos de la garganta de Yagharek. La criatura abandonó la oscuridad. Isaac abrió los ojos boquiabierto para proclamar su triunfo y su maravilla, pero el grito mutó hasta morir en un estertor espectral.

La figura ante Isaac y Derkhan temblaba y se rascaba el estómago. La carne colgaba fofa, como la de un escolar seboso. La piel era pálida, cubierta de manchas producto del frío y la enfermedad. La mirada de Isaac recorrió todo el cuerpo con desmayo. Extraños nudos surgían de los deformes dedos de los pies: las garras arrancadas por los niños. La cabeza estaba envuelta en plumas, pero estas eran de todas las formas y tamaños y surgían al azar de la corona y el cuello en una capa gruesa, irregular, insultante. Los ojos que observaban miopes a Isaac y a Derkhan eran humanos, y luchaban por abrir unos párpados incrustados de reuma y pus. El pico era grande y manchado, como el peltre viejo.

Tras la criatura se estiraba un par de alas sucias y hediondas. La envergadura total no superaba el metro ochenta. Mientras Isaac observaba, se abrieron tímidas, se sacudieron y comenzaron a agitarse espasmódicas. Pequeñas muestras mucosas caían de ellas en su temblor.

El pico de la criatura se abrió y, bajo él, Isaac acertó a divisar unos labios formando las palabras, así como unas fosas nasales sobre ellos. El pico no era más que un tosco disfraz pegado en su sitio, como una máscara de gas.

—Dejad que os hable del tiempo en el que surcaba los cielos en busca de mi presa —comenzó el patético homarrache, pero Isaac dio un paso al frente y alzó una mano para cortarlo.

— ¡Por los dioses, basta ya! —gritó—. Ahórranos esta… vergüenza.

El falso garuda dio un paso atrás, parpadeando temeroso. Se produjo un largo silencio.

— ¿Qué pasa, jefe? —susurró al fin el ser tras los barrotes—. ¿Qué he hecho mal?

—Vine aquí a ver a un puto garuda —rugió Isaac—. ¿Por quién me tomas? Eres un rehecho, amigo… como puede ver cualquier idiota.

El gran pico muerto se cerró cuando el hombre se humedeció los labios. Sus ojos miraron nerviosos a izquierda y a derecha.

—Por Jabber, compadre —susurró suplicante—. No presenten quejas. Esto es todo cuanto tengo. Es evidente que es usted un caballero educado. Yo soy lo más cercano a un garuda que casi todos verán nunca… No quieren más que oír un poco sobre la caza en el desierto, ver al pájaro, y yo me gano así la vida.

—Por el esputo divino, Isaac —susurró Derkhan—. Déjalo en paz.

Isaac estaba hundido por la decepción. Ya tenía preparada una lista de preguntas. Sabía exactamente cómo quería investigar las alas, cuya interacción entre músculo y hueso era lo que le intrigaba en aquellos momentos. Había estado preparado para pagar una buena suma por la documentación, había pensado en traer a Ged para que le hiciera algunas preguntas sobre la Biblioteca del Cymek. Le deprimía enfrentarse en vez de ello a un humano asustado y enfermizo que leía un guión indigno del más infecto teatrillo.

Su furia se vio templada por la lástima cuando se fijó en la figura miserable frente a él. El hombre detrás de las plumas se cogía el brazo izquierdo con el derecho. Tenía que abrir el falso pico para poder respirar.

—Genial —maldijo Isaac en voz baja.

Derkhan se había acercado a los barrotes.

— ¿Qué hiciste? —preguntó.

—Robo —respondió el otro con rapidez—. Me pescaron tratando de hacerme con un viejo cuadro de un garuda de una vieja mierdera en Chnum. Valía una fortuna. El magistrado dijo que, como estaba tan impresionado con los garuda, podría… —aguantó la respiración un instante—, podría convertirme en uno.

Isaac pudo ver que las plumas del rostro estaban clavadas de forma desapiadada a la piel, sin duda atadas de forma subcutánea para que el quitarlas fuera agónico. Imaginó la tortura de la inserción, una por una. Cuando el rehecho se volvió lentamente hacia Derkhan, Isaac pudo ver el feo cuajo de carne endurecida de la espalda, donde las alas, arrancadas a algún águila ratonera o un buitre, habían sido selladas a los músculos humanos.

Las terminaciones nerviosas se habían unido inútilmente de forma aleatoria, y las alas solo se movían con los espasmos de una muerte largamente aplazada. Isaac arrugó la nariz ante el hedor. Las alas se descomponían poco a poco en la espalda del rehecho.

— ¿Te duelen? —preguntó Derkhan.

— Ya no demasiado, señorita —respondió la criatura—. De todos modos, tengo suerte de tener esto. —Señaló la tienda y los barrotes—. Me da de comer. Por eso me sentiría más que agradecido si no le dijeran al jefe que me han descubierto.

¿Habrán aceptado de verdad esta asquerosa charada la mayoría de los que han entrado aquí?, se preguntó Isaac. ¿Hay gente tan crédula como para creer que algo tan grotesco haya podido volar alguna vez?

—No diremos nada —respondió Derkhan. Isaac asintió con rapidez. Estaba lleno de lástima, ira y desagrado. Quería marcharse.

Tras ellos, la cortina se abrió para dar paso a un grupo de jovencitas, riendo y susurrándose chistes obscenos. El rehecho miró por encima del hombro de Derkhan.

— ¡Ah! —dijo en voz alta—. ¡Visitantes de la extraña ciudad! ¡Vengan, siéntense a oír historias del cruel desierto! ¡Quédense un rato con un viajero de muy, muy lejos!

Se alejó de Derkhan e Isaac, mirándolos con ojos suplicantes. Las nuevas espectadoras profirieron gritos encantados y asombrados.