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Tom Waaler se rió.

– También quiero ver a Sven Sivertsen. Y será mejor que yo vaya adonde estáis vosotros. Así que dame la dirección. Ahora.

Harry vaciló un instante.

– ¿Has oído el sonido que se produce cuando se corta el cuello a una persona, Harry? Primero, ese leve crujido que produce el acero al cortar la piel y el cartílago, y luego, un sonido similar al del succionador de saliva del dentista. Viene de la tráquea. O del esófago. Yo no los distingo.

– El bloque de apartamentos. Apartamento 406.

– Vaya. ¿El lugar del crimen? Debí suponerlo.

– Sí, debiste suponerlo.

– De acuerdo. Pero si estás pensando en llamar a alguien o en tenderme una trampa, más vale que lo olvides, Harry. Me llevo al niño.

– ¡No! No… Tom… por favor.

– ¿Por favor? ¿Has dicho por favor?

Harry no contestó.

– Te recogí de la alcantarilla y te brindé una nueva oportunidad. Y tú fuiste tan bueno que me apuñalaste por la espalda. No es culpa mía que ahora me vea obligado a hacer lo que hago. La culpa es tuya. Recuérdalo, Harry.

– Escucha…

– Dentro de veinte minutos. Deja la puerta abierta de par en par y quédate sentado en el suelo para que os pueda ver, con las manos por encima de la cabeza.

– ¡Tom!

Y Waaler colgó.

Harry giró el volante y notó que los neumáticos se despegaban del piso. Flotaron deslizándose lateralmente sobre el agua y, por un momento, le pareció que él y el coche hubiesen emprendido un vuelo de ensueño donde se hubiesen derogado las leyes de la física. Sólo duró un instante, pero fue suficiente para infundirle una sensación liberadora, la sensación de que todo había terminado, de que era demasiado tarde para remediar nada. Pero entonces, los neumáticos volvieron a aferrarse al asfalto y él volvió a concentrarse.

Llegó al edificio de apartamentos y aparcó ante la puerta. Apagó el motor. Faltaban nueve minutos. Se bajó y se dirigió a la parte trasera del coche. Abrió el maletero, tiró unas latas medio vacías de líquido para el limpiaparabrisas y unos paños sucios y se llevó un rollo de cinta adhesiva negra. Mientras subía las escaleras, sacó la pistola del cinturón y desenroscó el silenciador. No había tenido tiempo de revisarla, pero habría que partir de la base de que la calidad checa aguantaría alguna que otra caída desde una terraza a quince metros de altura. Se detuvo delante de la puerta del ascensor en el cuarto piso. Tal y como él recordaba, la manivela era de metal, con un remate redondeado de sólida madera. Exactamente lo bastante grande para sujetar con cinta adhesiva una pistola sin silenciador en la parte interior de la puerta, de forma que no se notara. Cargó el arma y la sujetó con dos trozos de cinta. Si las cosas iban como había planeado, no tendría que usarla. Las bisagras de la portezuela del vertedero de basura que había junto al ascensor chirriaron cuando Harry la abrió, pero el silenciador cayó sin hacer ruido en la oscuridad. Faltaban cuatro minutos.

Abrió la puerta del 406 con la llave.

El metal de las esposas resonó contra el radiador.

– ¿Buenas noticias?

Sven sonaba casi suplicante. Harry se le acercó para liberarlo del radiador. Le apestaba el aliento.

– No -dijo Harry.

– ¿No?

– Viene con Oleg.

Harry y Sven estaban esperando sentados en el suelo del pasillo. -Se retrasa -dijo Sven.

Silencio.

– Canciones de Iggy Pop que empiecen por ce -dijo Sven-. Tú empiezas.

– Déjalo.

– China Girl.

– No es el momento.

– Aliviará la espera. Candy.

– Cry for love.

– China Girl.

– Ésa ya la has dicho, Sivertsen.

– Hay dos versiones.

– Cold Metal.

– ¿Tienes miedo, Harry?

– Un miedo mortal.

– Yo también.

– Bien. Eso aumenta las posibilidades de sobrevivir.

– ¿En qué porcentaje? ¿Diez sobre cien? ¿Vein…?

– ¡Calla! -lo cortó Harry.

– ¿Es el ascensor que…? -susurró Sivertsen.

– Están subiendo. Respira hondo y pausado.

El ascensor se detuvo con un leve suspiro. Pasaron dos segundos. Luego sonó el ruido de la corredera. Un chirrido largo que le indicó a Harry que Waaler la había abierto con cuidado. Un suave murmullo. El chirrido de la portezuela del vertedero de basura al abrirse. Sven miró a Harry inquisitivo.

– Levanta las manos para que las vea -le susurró Harry.

Las esposas resonaron cuando ambos levantaron las manos en un movimiento sincronizado. Y se abrió la puerta de cristal que daba al pasillo.

Oleg llevaba zapatillas y una sudadera encima del pijama. De repente, las imágenes se sucedieron en el cerebro de Harry a un ritmo vertiginoso. El pasillo. El pijama. El arrastrar de unas zapatillas por el suelo. Mamá. El hospital.

Tom Waaler iba justo detrás de Oleg. Llevaba las manos en los bolsillos de la cazadora, pero Harry adivinó el cañón de la pistola detrás de la napa negra.

– Alto -ordenó Waaler cuando estaban a cinco metros de Harry y de Sven.

Los ojos negros de Oleg miraban a Harry llenos de temor. Harry le devolvió lo que esperaba que fuese una mirada tranquila y confiada.

– ¿Por qué estáis encadenados el uno al otro, chicos? ¿Ya os habéis vuelto inseparables?

La voz de Waaler retumbó entre las paredes de hormigón y Harry comprendió que había repasado la lista que confeccionaron antes de la operación y que Waaler había averiguado lo que Harry ya sabía: que no había nadie en el cuarto piso.

– Hemos llegado a la conclusión de que, en realidad, estamos en el mismo barco -explicó Harry.

– ¿Y por qué no estáis dentro del apartamento, como os ordené?

Waaler se había colocado de modo que Oleg quedaba entre ellos.

– ¿Por qué querías que nos quedáramos allí dentro? -peguntó Harry.

– No te toca a ti preguntar ahora, Hole. Entra en el apartamento. Ya.

– Sorry, Tom.

Harry giró la mano que no estaba encadenada a Sven. Entre sus dedos colgaban dos llaves. Una de la marca Yale y otra más pequeña.

– La del apartamento y la de las esposas -dijo.

Harry abrió la boca, puso las dos llaves sobre la lengua y cerró la boca. Le guiñó un ojo a Oleg y tragó saliva.

Tom Waaler miraba incrédulo la nuez de Harry, que se movía de arriba abajo.

– Tendrás que cambiar de plan -observó Harry con un suspiro.

– ¿De qué plan hablas?

Harry flexionó las piernas y se levantó a medias con el cuerpo apoyado en la pared. Waaler sacó la mano del bolsillo de la cazadora. Y le apuntó con la pistola. Harry hizo una mueca y se golpeó el pecho un par de veces, antes de hablar:

– Recuerda que llevo ya unos años observándote, Tom. Y sé cómo funcionas. Sé cómo mataste a Sverre Olsen en su casa y te las arreglaste para que pareciera un disparo en defensa propia. Y otro tanto ocurrió aquella vez, en el almacén del puerto. Así que apuesto a que el plan era pegarnos un tiro a mí y a Sven Sivertsen dentro del apartamento y hacer que pareciera que yo le había disparado a él y luego a mí mismo; después, abandonarías el lugar del crimen y dejarías que nos encontraran los colegas. Puede que les dieras un aviso anónimo de que alguien había oído disparos en el bloque de apartamentos, ¿no?

Tom Waaler echó una ojeada impaciente a ambos extremos del pasillo.

Harry continuó:

– Y la explicación es obvia. Al final, Harry Hole, ese policía psicótico y alcoholizado no pudo más. Abandonado por su novia, destituido de su puesto como agente de policía, secuestra a un prisionero. Ira autodestructiva que termina en desastre. Una tragedia personal. Casi, pero sólo casi, incomprensible. ¿No habías pensado algo así?

Waaler sonrió vagamente.

– No está mal. Pero te has olvidado de la parte en la que, impelido por el mal de amores, te vas por la noche hasta la casa de tu ex novia, entras sin ser descubierto y secuestras a su hijo. Al que encuentran junto a vuestros cadáveres.