Era la abuela Inga astuta, fruto de su tiempo, como lo soy yo del mío. La hábil, misteriosa, áspera abuela Inga.
Nunca me creí del todo su historia, que formaba parte ya de las leyendas de Noruega. Era tan extraña y tan conveniente que sólo pudo haberla inventado. Debió de haber sido joven entonces, supongo. Puede que linda. Yo la recuerdo flaca pero muy vigorosa, con brazos de hombre, tan cubierta de joyas de ámbar como si se cobijara con un peto, con el cuello envuelto en sedas, cuchicheando al oído de mi padre, con una mirada de desprecio a los nietos que a veces, por error, nos cruzábamos con ella.
– No molestes a la abuela -nos decían, y a veces ella nos dedicaba la misma frase, seca, distante en su hábito de hablar de sí misma en tercera persona.
En mis pesadillas aparecía su rostro sereno, surcado por preocupaciones superiores, con las cejas fruncidas, y sus manos encogidas en un puño, con la piel tan tensa que las uñas debían ser recortadas con todo esmero, para que no crecieran a través de la palma.
Entiendo, ahora, desde la distancia, que la abuela mintiera para salvar su vida. La imaginaba, alta y flexible, de colores frescos, pero no más bella ni más hábil que cualquiera de las chicas de su aldea. Era una traidora: en tierras de los bagler, accedió a encontrarse con un birkebeiner, nada menos que el rey de su facción. Durante años me pregunté cómo había sucedido, si creía en la causa liberal, o si encontraba irresistible a mi abuelo, o si la obligaron a entregarse a los soldados enemigos. Luego descubrí otras verdades de la verdad.
La leyenda, la historia que se contaba y que imagino que aún se contará en Noruega, era ésta: Inga de Varteig, una campesina que no sabía ni siquiera hablar otra lengua que su dialecto, hermosa, fuerte y trabajadora, se las arregló para atraer la atención de mi abuelo, Haakon III, el mejor de los hombres de su era.
Él no lo sabía, no lo sabía ella mientras accedía al deseo del señor, pero a Haakon III no le quedaba demasiado tiempo de vida. Era joven, creía, como todos los de su familia, que el tiempo para el amor era corto y para el matrimonio, eterno. Cuando murió, apenas un año más tarde, el único heredero con razones para aspirar al trono era el que se mecía en la cuna de Inga.
Así contaban la versión más breve, y la más popular: la abuela Inga, en la flor de sus años, entregada al amoroso abrazo del abuelo Haakon, en el río, junto al pozo, protegidos por la hierba alta del prado. ¿Quién podía resistirse a esa fuerza? Una joven que se jugaba la vida al escaparse para ver a su amado, un guerrero que se enamoró lo suficiente como para infiltrarse a escondidas en tierras enemigas, y luego, un niño nacido del amor en los tiempos de la muerte constante.
No hubiéramos sido una familia sin la protección del Señor.
– La abuela hizo lo posible porque el niño no naciera -ha contado siempre ella, sin ocultarnos detalles-. Me clavé agujas, me atraqué de perejil y de ruda, me arrojé ladera abajo una y otra vez. Nada resultó.
Lejos de sentirse avergonzado, mi padre reía a carcajadas. Le parecía un buen presagio el que su madre hubiera intentado matarle y que él hubiera sobrevivido.
– ¡No resultó nada! -repetía, como si hubiera escuchado el mejor de los chistes.
Qué hombre extraño, capaz de perdonar la mayor ofensa y de castigar un delito insignificante. Él decidía el bien y el mal, qué podía ser divulgado y qué convenía callar. El rey no se equivocaba. Cuando era una niña albergué el estúpido deseo de pillarle en falta alguna vez. Así, yo podría sacarle de su error.
Luego me di cuenta de lo egoísta de mi petición. Para que mi capricho se hiciera realidad, un rey justo debería cometer un fallo y herir a su pueblo. Recé para que mi deseo fuera revertido. No fue así.
Años más tarde, durante un noviembre helado, con mi capucha de piel y las manos en un manguito de zorro, fui testigo de cómo el verdugo cortaba la cabeza de un caballero joven y ambicioso al que una petición real hubiera ahorrado la muerte. No me atreví a hacerlo. El mozo se me había aproximado torpemente antes de subir al patíbulo.
– ¡Interceded por mí, princesa! -me suplicó-. Me he juntado con malas compañías, que han hecho que me desvíe de lo justo, pero nunca he conspirado contra el rey.
Era feo, tenía la piel plagada de pus y suciedad. Dudé. Le creí, el acento de sus palabras escondía la verdad.
Hubiera podido salvarle. Lo envié a la muerte porque no me agradó, porque no deseaba que nadie uniera mi nombre al suyo. Porque hacía frío y mis zapatos tenían las suelas demasiado finas, porque me había convertido en el centro de atención una mañana en la que no estaba preparada para ello.
Ganamos todos: mi padre heredó sus tierras, parcelas ricas del este, y una salina que comerciaba con Rusia. Sus padres, privados de heredero, vivieron seguros bajo la mano suave de mi rey, que nunca se ensañaba con los vencidos, y sospeché cierto alivio bajo el duelo de su madre, que se recuperó sorprendentemente pronto de la pérdida de un hijo aturdido, ambicioso y errado.
De estas cosas no hablo nunca. Nadie me pregunta, pero con un poco de astucia me resultaría sencillo hacérselo ver a mi marido, y que supiera así que su mujer gozó de poder y autoridad sobre la vida y la muerte, que no es únicamente piececitos curvos, cabellos dorados y cintura estrecha. Lo haría y lo anunciaría al mundo y me serviría para acercarme un poco más a la posición de Violante; pero en lo que yo soy, para lo que yo valgo, ¿de qué sirve haber dispuesto sobre la vida y la muerte?
Pero, antes de perderme en mis pensamientos, yo refería la historia de la abuela Inga, del abuelo Haakon. Aunque debieran serlo, no son la misma historia en absoluto. El era rico, ella, una mendiga. El nacimiento del abuelo había sido aguardado con expectación, el de ella, posiblemente fuera recibido con vergüenza. El abuelo
Haakon nació con rango real, aunque era hijo de la amante de su padre, el rey Sverre.
Nunca supimos quiénes fueron los padres de la abuela, que se quedó huérfana cuando niña. En realidad, aunque recitamos cada detalle de la vida de los hombres de mi familia, y los han seguido poetas que cantan sus hazañas, y leyendas que las contradicen, y conocemos sus méritos por detractores y fieles, no dedicamos apenas atención a las mujeres que les dieron el poder.
Mi bisabuelo, el rey Sverre, por ejemplo, nació de manera misteriosa, se crió alejado de la corte, en las islas Feroe, y no supo que era hijo de reyes hasta que un día le atormentaron las pesadillas.
En las islas Feroe el liquen amarillo crece pegado a la roca y no hay nada verde, salvo la lengua de los musgos, eternamente húmedos. Las ballenas son tan mansas que se entregan a la muerte sin resistencia, y los habitantes las descuartizan mientras hablan entre ellos en norn. En ocasiones, los bancos de bacalaos llegan hasta allí, desorientados. Cuentan que hace muchos siglos, azotados por la hambruna, sus habitantes se dirigieron a san Olav, y éste comenzó a rezar, a rezar, asomado a uno de los riscos.
Entonces, miles de peces plateados saltaron sobre la costa por sí mismos, invocados por nuestro santo. Y desde entonces no ha habido más hambre, porque cada cierto tiempo los bacalaos son tantos y tan grandes que viajan al sur envueltos en sal, para salvación de las Feroe y mayor gloria de san Olav.
No hay nada en las Feroe, salvo cabañas de pescadores que buscan abrigo entre las rocas. Sin embargo, en lo alto de las colinas desnudas aún se desmoronan tras cada tormenta los dos monasterios de monjes irlandeses que, antes que san Olav, acudieron a esas tierras remotas para predicar la palabra de Cristo. En uno de ellos habitaba el bisabuelo, con su tío, el obispo, que debía convertirlo en un hombre de letras.
El bisabuelo Sverre no conocía más casa que aquel monasterio, salvo algunos recuerdos, muy tenues, del dormitorio que compartía con su madre en una aldea del oeste, cuando apenas levantaba dos palmos. Era un muchacho listo, mucho más despierto que lo habitual a su edad; su tío, contra toda lógica, se negaba a que ahondara en los misterios de la Iglesia.