Dylan estaba seguro de no haber dicho nada.
– ¿Cuánto tienes?
– Tengo que comprar leche -dijo Dylan, embobado.
– ¿Cuánto te paga por hacerle los recados? ¿Un dólar? ¿Lo llevas encima?
– Se lo da a mi madre -mintió Dylan, espontáneamente, sorprendido.
Robert se limitó a girar la cabeza socarrona, perezosamente, y balanceó la mano sin moverla del escalón, como si acabara de descubrir la capacidad motora de la muñeca. No separó el más mínimo peso de las escaleras.
Dylan intuyó que los dos estaban en el ensayo de algo. Ignoraba la importancia de ese algo y si se trababa de algo personal entre Robert y él o algo de mayor alcance.
Se quedó paralizado mientras Robert seguía observándole.
– Ve a por leche -dijo por fin Robert.
Dylan se dirigió a la puerta de la tienda.
– Pero si vuelves a venir por aquí con el dinero de la vieja quizá tenga que quitártelo.
Dylan lo tomó como una especie de cavilación filosófica. Agradeció la implicación de una información compartida. En adelante Robert y él podrían avanzar juntos hacia lo que hiciera falta.
– Dile a Henry que se vaya a la mierda -añadió Robert a modo de rúbrica inútil.
Dylan asomó la cabeza en la entrada oscura y maloliente de la tienda. El pastor alemán de Buggy estiró la cadena al límite detrás del mostrador, quejándose con un único ladrido agudo, y Buggy apareció desde la trastienda como un pepinillo pálido y abotargado flotando en un bote para cernirse inmóvil sobre la caja registradora. Cuando Dylan salió con la bolsa marrón de la compra, Robert se había marchado.
Tuvo que pasar una semana entera y la mañana del domingo para que Dylan se atreviera a hablar. Abraham estaba arriba, en su estudio, Rachel en el jardín y Dylan vistiéndose solo en su cuarto, a mediodía, la hora acostumbrada. Ya en la planta baja, se detuvo en la cocina a meditar su deserción, luego bajó por la escalera del patio. Se acercó a su madre, que estaba de rodillas en el frío suelo de debajo del ailanto deshojado, cortando con un rastrillo la maraña de raíces malas y sosteniendo un cigarrillo humeante entre los labios. El filtro del cigarrillo estaba manchado de barro. Rachel llevaba vaqueros, una cazadora naranja y una gorra de los Dodgers. Los brotes arrancados se amontonaban en una montañita verde y marrón que la atmósfera iba descoloriendo y achicando bajo la atenta mirada de Dylan.
Cuando abrió la boca, dejó a Robert Woolfolk fuera de la historia.
– Pobrecita Vendlemachine. Bueno, pues no trabajes para ella.
– He intentado decírselo.
– ¿Qué quieres decir con que lo has intentado?
– Se lo he dicho dos veces.
– Me tomas el pelo, Dylan.
– Finge que no me oye.
– ¿No te hace caso?
Dylan asintió.
– Vamos -dijo Rachel. Se levantó y se limpió el polvo de los muslos-. Iremos juntos.
Dylan absorbió la emoción de la indignación de Rachel, se le cortó la respiración.
– A lo mejor bastaría con que telefonearas -sugirió de camino a la cocina.
Rachel se frotó las uñas bajo el grifo y dio un sorbo al café frío.
– Veamos qué tiene que decir -contestó, y Dylan se calló, comprendiendo que su destino pasaba por traspasar al menos una vez más el umbral de Isabel.
En el patio de la casa abandonada los niños que nunca recibirían la invitación de trabajar para Isabel Vendle jugaban a bases correderas (dos jugadores lanzan una Spaldeen entre dos cuadrados designados como bases y cuatro o cinco más tratan de robarles las bases): Earl, Alberto, Lonnie y un niño puertorriqueño. Los corredores se amontonaban entre bases, agachándose y chocando como ratones de dibujos animados, mientras Henry agarraba la pelota y hacía un amago de lanzamiento una, dos, tres veces, moviendo la Spaldeen, mostrándosela a los demás como si les sacara la lengua al tiempo que, dando un fuerte pisotón en dirección a los jugadores, amenazaba con iniciar la caza hasta que el farol resultaba irresistible y entre risas y cansancio los corredores agrupados salían al tropel hacia su base como si la mano de Henry estuviera vacía y eran eliminados uno tras otro en rápida secuencia. Los corredores se alejaban cabizbajos, conscientes de que les habían tomado el pelo, conscientes del dominio de Henry.
Robert Woolfolk no era uno de ellos.
Quizá nadie vio a Dylan observándolos. A menudo un niño que paseaba con su madre por la manzana resultaba invisible. No mirabas, no querías inmiscuirte entre un niño y sus padres.
Entonces Earl saludó, pero tal vez estuviera señalando un pájaro o una nube en el cielo. En lugar de devolver el saludo, Dylan también alzó la vista al cielo, fingiendo que había visto moverse algo allí arriba, un cuerpo pasar a toda velocidad entre las cornisas o saltar de un lado al otro de la calle Dean.
– Me llamo Croft -dijo el hombre que abrió la puerta de Isabel Vendle, distraído-. Eres el niño que trabaja para Isabel, supongo. -Le estrechó la mano a Dylan con aire cómico antes de ver a Rachel. Tenía el pelo negro muy corto, de una longitud sorprendentemente idéntica en todos lados, incluidas las cejas-. Vaya, tienes novia, ¿eh? Entrad, Isabel está arriba. Estamos bebiendo unas Coca-Colas, hay para dar y regalar.
Fue como si Vendlemachine hubiera calculado la llegada de antemano y se estuviera defendiendo con aquel visitante. Se suponía que los domingos por la mañana estaba sola, perdida en la cama o encorvada sobre el escritorio, gimiendo, mojando temblorosamente un sello con la lengua. Siempre había esperado a Dylan sola y ahora le había engañado, le había denegado la oportunidad de demostrarle a su madre la casa sepulcral a la que se le había obligado a entrar. La habitación oscura que daba al nivel de la calle estaba abierta; los rincones que solo Dylan y el gato anaranjado conocían, iluminados; las sillas polvorientas, cambiadas de lugar para dejar sitio a un saco de dormir verde claro y a una mochila de montañero rebosante de ropa, camisetas ovilladas como pañuelos de papel usados y una pila de libros de bolsillo: Dios le bendiga, Mr. Rosewater, En azúcar de sandía, Sexus. Incluso la peste a basura había desaparecido misteriosamente.
Vendlemachine estaba sentada a la mesa de jardín con cara de pocos amigos, estrujando la sección de inmobiliarias de la edición dominical del Times. La mesa estaba cubierta de secciones del periódico, la Coca-Cola prometida y una gran muestra de tebeos de gran colorido.
– Esta mañana han robado el periódico de Isabel -empezó a explicar Croft, como si se sintiera en la obligación general de aclararlo todo y aceptara la misión de buen grado. Igual después se ponía a explicar que él era joven mientras que Isabel Vendle era anciana, o que estaban sentados en un jardín trasero de Brooklyn.
– Otra vez -dijo Isabel Vendle.
– He tenido que ir caminando hasta la avenida Flatbush con Atlantic para comprar otro. He encontrado un quiosco en una isla peatonal. Tenía unos cómics estupendos, nunca se sabe dónde puedes encontrártelos. Los Cuatro Fantásticos, Doctor Muerte, Doctor Extraño…
Dylan no tuvo claro de quién estaba hablando Croft hasta que Rachel Ebdus cogió uno de los cómics y echó un vistazo a la portada.
– Jack Kirby es Dios -dijo Rachel.
– Y que lo digas. ¿Te va este rollo? ¿Conoces a Estela Plateada?
– Todo el mundo tiene algún póster de Peter Max, pero yo creo que Jack Kirby es diez veces más psicodélico.
Una palabra de Rachel.
– Sí, claro -convino Croft-. Pero ¿a ti quién te gusta? ¿Estela Plateada? ¿Thor? ¿Qué te parece el material de Kirby para DC Comics? ¿Conoces Kamandi, el último superviviente?
Dylan paseó la vista por las cubiertas de los cómics. Un hombre de piedra, un hombre en llamas, un hombre de goma, un hombre de hierro, un perro marrón del tamaño de un hipopótamo y enmascarado. No tuvo tiempo de ver más antes de que el sol y las sombras le nublaran la vista y las figuras se licuaran en borrones similares a las abstracciones de Abraham Ebdus.