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Fray Bartolomé echó una mirada de arsénico a Luis, mirada que significó para el capitán un permiso. Saltó sobre el esclavo y le martilló la cabeza con sus puños mientras le gritaba obscenidades. Luis se dobló, cayó al suelo y se cubrió con los brazos. Diego y Francisco se abalanzaron sobre el agresor para frenar el huracán. El encono de Valdés iba a derrumbar el mundo. Luis consiguió escabullirse por entre las piernas escupiendo sangre. El capitán corrió tras él y pudo atraparlo. Cayeron en el patio, cerca del aljibe. Se repetía la escena del matadero. Luis tenía el rostro herido y lloraba. Fray Bartolomé intervino con energía y ordenó sosiego al capitán:

– ¡Basta! ¡Voy a interrogado!

El capitán lo arrastró hasta la galería y lo ató a una columna. Descolgó el rebenque de su cinto y empezó a azotarlo.

– ¡Uno! -rugió.

El negro se quebró contra la columna. En su espalda se iluminó una raya roja.

– ¡Dos!

– Voy a interrogado -insistió el fraile.

– ¡Tres! Para que diga la verdad.

– ¡No le pegue! -rogó Aldonza.

– ¡Cuatro!

– ¡Ya está bueno! -imploró el fraile-. Dirá la verdad.

– ¡Para que la diga rapidito!

– ¡Basta, basta! -chilló Felipa tapándose las orejas.

Luis resbaló junto a la columna y yacía en una posición incomprensible. Gotas de sangre crecían sobre la negra piel de su espalda. Era un ovillo de dolor.

Fray Bartolomé pidió a Francisco que le acercara una silla. Iba a iniciar el interrogatorio. Un inquisidor debía estar sentado. «Para qué se va a sentar aquí -pensó el muchacho- si es más lógico desatar al pobre Luis e interrogarlo en la sala.» Pero el sacerdote tenía sus razones: consideraba eficaz hacerle las preguntas en el mismo patíbulo, sin liberado siquiera de la columna, sin permitir que su cuerpo saliese de la posición antinatural a que fue reducido por los golpes y la ligadura de sus manos. Le entregó la silla con manifiesta congoja. El fraile acercó sus labios a la cabeza contusa y le susurró una fórmula ritual. Lo interrogó en voz baja, casi en atmósfera de confesión. El negro gemía y repetía «no sé, no sé».

Catalina aguardaba detrás de Aldonza. Sus dedos sostenían una palangana llena de agua tibia con hierbas balsámicas. Quería devorar el tiempo para acercarse a su marido y reducirle el sufrimiento. Fray Bartolomé resopló, tenía la cara congestionada y los párpados violáceos. Dirigió a Valdés una mirada derrotada:

– Debo suponer que se llevó el instrumental.

– ¿Quién? ¿Núñez da Silva?

Asintió mientras esforzadamente se ponía de pie. Estiró los pliegues de su sotana y autorizó a Diego a que desatase a Luis.

– ¿Los llevó a Lima, entonces? -el capitán se resistía a creerlo.

– Parece que sí -rascó su rolliza nuca-. Pero… ¿cómo no nos dimos cuenta? ¿Por qué no lo dijo?

– ¿Por qué? -exclamó el capitán-: ¡para cagarse en nosotros!

Catalina se arrodilló y lavó cuidadosamente la cabeza y el torso pegoteados de sangre. Después los vendó. Felipa e Isabel acercaron. El negro gemía. Francisco le acarició el brazo y fuerte y transpirado. El negro esbozó una triste sonrisa de gratitud. Después lo levantaron y, sostenido por varias manos, llegó hasta su cuarto en el fondo de la casa. Se recostó sobre un colchón de heno. Su espalda era un pizarrón entrecruzado por líneas de púrpura.

Francisco quería brindarle alguna reparación adicional por el castigo tan injusto que le habían propinado. Fue entonces en busca de una bandeja, una de las pocas que le dejó el prolijo saqueo de la Inquisición. La llenó con frutas y regresó al pequeño cuarto. Se acuclilló y se la mostró. Le brotaron nuevas lágrimas al negro que balbuceó: «Como al licenciado.»

– Sí, Luis, como a papá. A él le gustaba que yo le sirviera esto cuando regresaba del trabajo,

– Le gustaba -confirmó roncamente.

Al rato preguntó por «ellos», Francisco le aseguró que la casa había quedado momentáneamente libre del paquidérmico fraile y el violento capitán.

Fray Urueña se levanta extenuado.

– Hijo -junta las manos, implora-: no se deje arrastrar por el demonio. No se deje engañar por sus tramposos argumentos. Le ruego por su bien -el fracaso le ha secado la boca.

– Sólo escucho a Dios y a mi conciencia.

– He venido a consolarle. Pero, sobre todo, he venido a prestarle mi ayuda. No se aferre a su sordera -insiste, pálido, afónico. Corre la silla y se dirige hacia la puerta. Pide que le abran.

Francisco frunce el ceño.

– No olvide su promesa -le advierte. El clérigo parpadea, se turba.

– Prometió guardar en secreto mis palabras -le recuerda Francisco.

Fray Urueña levanta el brazo y dibuja la señal de la cruz. Cruje la puerta, un sirviente retira las sillas, un soldado se lleva la lámpara.

26

Fray Bartolomé había asegurado que se ocuparía personalmente de la educación de las mujeres. «Ocuparse» era imponer su decisión.

Iba por las tardes a conversar con Aldonza. Gustaba de su chocolate con pastel de frutas. Catalina debía arreglárselas para conseguir los ingredientes en lo de algún vecino, especialmente la harina. El fraile se sentaba en el salón semivacío. ¿Cómo puede entrar al salón? -pensaba Francisco-: él en persona ha ordenado descolgar espejo e imágenes, retirar cojines y butacas, vender arcones y candelabros con la excusa de obtener fondos para los gastos de mi padre en Lima.

– ¿Qué desea quitamos ahora? -murmuraba Diego cada vez que lo veía cruzar la puerta con el enorme gato alrededor de sus sandalias.

Aldonza desmejoraba. Podía soportar grandes padecimientos físicos, pero no resistía un avasallamiento moral tan profundo. Le habían arrancado el marido que antes de los esponsales le había dicho que era cristiano nuevo, pero jamás confesó haber judaizado. ¿Era cierto que judaizaba o era falsa la acusación? En caso de que, en efecto, hubiera cometido herejía, ¿cómo debía comportarse ella en tanto esposa y madre católica? Cuando venía fray Bartolomé, Diego se escabullía de inmediato; su sola proximidad le causaba repulsión. Francisco procedía a la inversa: trataba de aproximarse. En este comisario gordo, amable y severo habitaba algo difuso que Francisco necesitaba descubrir. Al menos, era quien mejor le podría informar sobre la suerte corrida por su padre. En Córdoba, desde el obispo hacia abajo, respondían siempre «no sé». Su padre fue a Lima y allí estaba siendo juzgado. ¿Por cuánto tiempo? «No sé, no sé.» El comisario no podía decir «no sé»: era comisario. Ingresaba balanceando su abdomen y la bola blanca de su gato. Aldonza, como siempre, le ofrecía de comer como prueba de sumisión.

Con sus gruesos dedos quebraba el trozo de pastel frutado. Lo llevaba a su boca tirando la cabeza hacia atrás para que no se le escaparan las migas y chupaba los dedos. En seguida bebía el chocolate porque le gustaba mezclar con su lengua el pastel en el líquido. Se le inflaban alternativamente las mejillas como si practicase buches. Mientras masticaba y deglutía se le escapaban algunos ronquidos de placer. Su sotana hedía levemente a transpiración y su ovino gato a orina.

Cuando terminaba, Aldonza le traía otra porción.

– Más tarde -decía controlando el puntual eructo.

Se distendía y continuaba la conversación sobre sus temas preferidos: cocina y fe. Completamente olvidado de las privaciones que ella sufría, le contaba a la acongojada mujer sobre combinaciones estrambóticas de carnes, salsa, hortalizas y especies. Mientras, Francisco se dedicaba a desarrollar dibujos en el suelo.

¿Para qué venía tan seguido? Diego, unos días antes, había dicho: para saquearnos.

– Para comer -se indignaba Felipa.

– Vengo para evitar que reaparezca la herejía en esta casa -dijo fray Bartolomé esa tarde, enfáticamente, como si se hubiera enterado de los exabruptos que estallaban en su ausencia.

Aldonza lo miraba con devoción y se esforzaba por creerle cada palabra.

– ¿Supones, hija, que no me dolió sacarlo de aquí? -preguntó sin mencionar a Núñez da Silva, como de costumbre-. ¿Crees que no me afectó enviarlo detenido a otra ciudad? ¿No sufrí cuando les confisqué algunos bienes? -se respaldó en la crujiente silla y apoyó las manos sobre el abdomen-. Lo hice por Cristo. Lo hice padeciendo, hija, pero lo hice con firme convicción.

¿Era honesto? A Francisco le sobrevino una arcada cuando la sotana olorosa le tocó la nariz. Si no era del todo honesto, trataba de parecerlo. El muchacho se enrolló junto al gato. El animal no lo rechazó, lo cual era un buen signo. La mano regordeta del comisario descendió sobre sus cabellos y le frotó suavemente el cráneo. Surtía un efecto adormecedor. Comprendió por qué su gato se la pasaba durmiendo. Pero Francisco no quería dormir: quería lapidarlo a preguntas. Lo haría esa misma tarde. Mientras esperaba el instante adecuado como una fiera al acecho, se iba enterando sobre el destino de Felipa e Isabel.

– ¿Te das cuenta, hija? -repetía el fraile-. Es lo mejor para ellas y para ti y para todos.

– Pero, ¿de dónde saco la dote?

– Ya veremos, ya veremos. Primero, lo primero: ¿estás decidida?

Aldonza retorció sus dedos. Fray Bartolomé se inclinó y le palmeó irreverente mente las rodillas, mientras con la mano izquierda seguía revolviendo los cabellos de Francisco. En ese gesto había algo de excesiva confianza que asustó al muchacho.

– Recuerda que las acecha el peligro -añadió-. Su padre está procesado por la Inquisición y…