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¿Decía Lucía que había 201 fajos? Pues entonces eran 201 millones, porque cada uno de los atados contenía cien billetes, dictaminó Félix Roble tras escuchar sus agitadas explicaciones. Mientras el vecino conducía, ella recontó su tesoro: sí, 201. De manera que tenían suficiente para el rescate. Ramón estaba salvado: porque le devolverían sano y salvo, ¿no era así? Pero entonces a Lucía le asaltó una idea aterradora:

– Le han torturado.

– ¿Cómo dice? -preguntó el anciano.

– ¿De qué otra manera podían saber los terroristas que tenían que pedir doscientos millones? Han torturado a Ramón y por eso le han sacado la información.

– Tranquila, mujer, tranquila. No lo creo. Ya tenían que conocer lo del dinero antes de secuestrarle, porque, si no, ¿para qué molestarse en hacerlo? Pudieron sacar el dato por otro lado, no sé, quizá algún empleado del banco les dio el chivatazo…

El hombre de la cripta, pensó ella. El hombre de la cripta podía ser tan buen profesional que dedujera, con tan sólo sopesar las cajas en el aire, cuántos millones se acurrucaban dentro. El hombre de la cripta podía ser un infiltrado de Orgullo Obrero, o tal vez un delator mercenario que vendiera sus conocimientos al mejor postor, ora a un grupo terrorista, ora a una divorciada dispuesta a exprimir a su ex marido, ora a unos pandilleros de la zona salvaje de Madrid. Quizá en ese mismo instante el hombre de la cripta hubiera empuñado el teléfono negro de las delaciones y estuviese informando a algún facineroso de que acababa de salir una palomita con más de veinte kilos de sobrepeso.

Tuvieron mucha suerte con el aparcamiento: había sitio en una esquina cerca de la casa. Antes de salir del coche estudiaron la calle con recelo, a la espera de un momento de tranquilidad y de relativo vacío de peatones. Al fin se aventuraron arrastrando el bolsón, sin entretenerse pero sin correr para no hacerse notar. Se detuvieron frente al portal, como siempre cerrado a cal y canto; Félix empezó a rebuscarse los bolsillos en pos de la llave, mientras Lucía se impacientaba.

– Tranquila… -exhortó el vecino-. Aquí la tengo. Bueno, pues ya estamos en casa.

Justo en ese momento, cuando Félix daba la vuelta a la llave, empujaba la hoja y soltaba su frase de triunfo, Lucía sintió una oscura embestida en sus ríñones. Se precipitó dentro del portal dando un traspié y escuchó el retumbar de la puerta que se cerraba a sus espaldas.

– ¿Pero qué…?

No pudo decir más: el centelleo de una hoja de metal en la penumbra cautivó su atención y la dejó muda. Frente a ella había un cuchillo de dimensiones colosales flotando en el aire, con la punta enfilada hacia su estómago. Aunque en realidad el cuchillo no flotaba en el aire por sí solo: al mango tenía adherida una mano, y la mano se continuaba en el cuerpo de un varón amenazante.

– Dame la bolsa, rápido -dijo el hombre.

La bolsa o la vida, pensó Lucía bobamente en el estupor del momento; y por encima de su agresor, que era más bien bajo, vio cómo otro hombre tenía sujeto a Félix por el cuello y le apretaba una navaja contra la garganta.

– ¡Dámelo, estúpida!

El tipo alargó la mano para coger la bolsa, pero ella se echó hacia atrás de manera instintiva. El dinero de Ramón, pensó. La vida de Ramón. Y apretó el puño que sujetaba el asa. Una actitud insensata que hubiera podido resultar fatal de no ser por la repentina aparición, en el recodo de la escalera, de un chico joven.

– ¡Ehhhhh! ¿Pero qué es esto? -gritó el muchacho.

Y se lanzó sobre el delincuente que atenazaba a Félix, que era el que más cerca le pillaba, con el mismo ardor heroico con que don Pelayo debió de lanzarse a la Reconquista. Ayudado por la sorpresa, el muchacho embistió con tal energía al asaltante que le postró de rodillas, y hubiera podido arrancarle la navaja de las manos si no hubiera sido porque el otro hombre, abandonando momentáneamente a Lucía y su bolsa, golpeó con algo contundente la cabeza del chico, que se desplomó sobre el suelo como un traje vacío.

De manera que ya estaban otra vez como al principio, pensó Lucía a mil por hora mientras repasaba de una ojeada la situación: volvían a tener el control los asaltantes.

– A ver, quietos todos. Tirad los cuchillos y levantad los brazos.

No, no tenían el control los asaltantes. Era increíble, era imposible, era sin duda el producto de una alucinación de los sentidos, pero Félix tenía una pistola en las manos, o por mejor decir un pistolón, un arma negra y enorme y de aspecto pesado y peligroso, un hierro mortal que él manejaba como si tal cosa. A Lucía casi le dio más miedo el viejo que los atracadores. La acción se congeló entonces durante unas décimas de segundo, como si todos se hubieran convertido en las figuras de sal de una maldición bíblica. Entonces el chico golpeado se removió en el suelo y se quejó, Félix bajó la vista un breve instante y los ladrones salieron disparados hacia la puerta. Abrieron atropelladamente y se lanzaron calle abajo a todo correr. También Félix salió detrás de ellos con la pistola:

– ¡Alto o disparo!

– ¿Qué hace? ¡No sea loco! -gritó Lucía.

Pero antes de que pudiera evitarlo le vio plantar los pies con firmeza en la acera, bien separados, y agarrar el pistolón delante de sí con las dos manos, como en las películas. Apuntó atentamente y luego bajó el ángulo de tiro, buscándoles las piernas. Y disparó.

Sonó un clic ridículo, impropio de un pistolón tan imponente.

– ¡Maldita sea! -farfulló Félix-. ¡Ya se me ha estropeado otra vez!

– ¿Otra vez? ¿Pero es que esto de disparar lo hace a menudo? -dijo Lucía, horrorizada.

– Tengo que engrasarla. Una pena, porque yo creo que le hubiera dado.

– ¡Por todos los santos!

Un nuevo gemido interrumpió sus palabras. El chico que les había ayudado se asomó a la puerta, apoyado de modo precario en el umbral.

– ¡Ay! Mi cabeza…

Se llevó la mano a la coronilla y luego la puso delante de sus ojos: tenía la palma embadurnada de sangre. Al constatar que estaba herido se puso blanco como la tiza y empezó a escurrirse pared abajo.

– ¡Ay, ay, ay!

– ¿Qué tienes, qué te duele, dónde te ha dado, cómo te llamas, dónde vives? -preguntó Lucía sin emplear más de medio segundo en decir todas las frases.

– ¡Ay, ay, ay!

– No es nada. Un golpecito. La sangre, que es muy escandalosa -dijo Félix, estudiándole la brecha.

– ¿No deberíamos llevarlo al hospital?

– Bueno. Dentro de un rato, cuando se recupere, si él quiere, vamos. Yo creo que no hace ni falta. Mira, ya no sangra.

Así es que le ayudaron a subir a casa de Lucía, y le lavaron la cabeza, y le dieron una copa de coñac, además de las gracias más efusivas. Se llamaba Adrián y llevaba un par de meses viviendo en los altillos del edificio, que habían sido remozados para hacer apartamentos diminutos. Era gallego, dijo, y quería ser músico. De vez en cuando tocaba la gaita con un grupo de irlandeses en un bar. Contó todo esto repantingado en el sofá de la sala, y luego colocó las piernas sobre la mesa, reposó la heroica cabeza herida en un cojín y se quedó inconcebiblemente dormido:

– ¡Ha entrado en coma! ¡Eso es del golpe! -se espantó Lucía, que tenía la pésima costumbre de pensar siempre en lo peor. Adrián tuvo la delicadeza de soltar un ronquido.

– ¡Pero qué coma ni qué nada! Está como un tronco: ya le has oído decir antes que anoche tuvo una actuación, seguro que todavía no se había acostado -dijo Félix-. Mejor que se quede aquí un rato, así comprobamos que está bien.

Le abandonaron en la sala, pues, arropado amorosamente con una manta, y se trasladaron los dos a la cocina. Los dos y la bolsa de loneta, que habían dejado a la vista, en el disimulo de su aparente inocencia, durante toda la conversación con el muchacho.