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Nils está a punto de deslizarse por la piedra. Se bañará por última vez antes de volver a casa.

– ¡Nils! -grita una aguda voz infantil.

Él no vuelve la cabeza, pero oye cómo la grava y las piedrecitas de la cuesta sobre la playa se desprenden y resbalan, y después pasos apresurados que se acercan.

– ¡Nils! ¡Mamá también me ha dado caramelos! ¡Muchísimos caramelos!

Quien llega es su hermano. Axel, tres años menor que él y desbordante de energía. Lleva un bulto de tela gris en la mano.

– ¡Mira!

Axel se acerca rápidamente y se coloca junto a la gran piedra, mira excitado a Nils y luego deshace el paquete de tela y muestra su contenido.

Hay una pequeña navaja y caramelos, toffees de un color oscuro brillante.

Nils cuenta hasta ocho. A él su madre sólo le ha dado cinco antes de salir, pero ya se los ha comido y de pronto su corazón se desboca de ira.

Axel coge uno de sus caramelos, lo observa, se lo mete en la boca y mira el mar reluciente. Mastica lenta y placenteramente, como si los caramelos no fueran sólo suyos sino también de la playa y del agua y del cielo que les cubre.

Nils mira a lo lejos.

– Me voy a bañar -dice señalando el agua con la mirada.

Y a continuación salta a la arena, se quita los pantalones cortos y los coloca sobre la piedra.

Le da la espalda a Axel y se encamina hacia las olas, balanceando los pies sobre las brillantes piedras cubiertas de algas. Pequeñas algas marrones se le pegan entre los dedos de los pies.

El agua está caliente por el sol y, al lanzarse Nils, a unos metros de la playa, se levanta espuma a su alrededor. Durante el verano ha aprendido a bucear. Toma aliento, se sumerge bajo el agua, culebrea hacia el fondo de piedra, da la vuelta y sube volando, de nuevo, hacia el resplandor del sol.

Axel se queda junto a la orilla.

Nils se desliza por el agua, salpica alrededor y da volteretas entre las burbujas que estallan junto a su cabeza. Nada unos cuantos metros mar adentro, tan lejos que ya no hace pie.

Bajo la superficie hay una gran roca, una piedra errática tendida como un monstruo marino adormecido. Nils se sube encima gateando, se levanta con los pies apenas cubiertos y luego se tira al agua. Aquí no hace pie. Flota, patalea y ve que Axel continúa en la orilla.

– ¡¿Aún no sabes nadar?! -grita.

Sabe que su hermano no puede.

Éste no responde, pero la vergüenza y la rabia hacen que su mirada, tras el flequillo, se dirija oscurecida al suelo. Se quita los pantalones cortos y los coloca sobre la piedra junto al envoltorio.

Nils nada tranquilamente alrededor de la roca, primero a braza, luego a espalda, para mostrar lo sencillo que es cuando se sabe. Patalea y vuelve a subirse a la roca.

– ¡Yo te ayudo! -le grita a Axel, y durante un rato piensa hacerlo realmente: por una vez, ejercer de hermano mayor y enseñar a Axel a nadar. Pero le llevaría demasiado tiempo. Le saluda con la mano-. ¡Ven!

Axel da un vacilante paso en el agua, tantea con los pies sobre las piedras y agita los brazos, como si intentara mantener el equilibrio al borde del abismo. Nils mira en silencio los inseguros pasos de su hermano pequeño por la playa.

Después de cuatro pasos, a Axel el agua le llega por los muslos y observa a Nils paralizado.

– ¿No te atreves? -pregunta Nils.

Una broma; bromeará un poco con su hermano.

Axel niega con la cabeza. Nils se tira rápidamente de la roca y nada hacia la playa.

– No es peligroso -asegura-. Haces pie casi todo el rato.

Axel anda a tientas tras él, se inclina hacia delante. Nils se echa hacia atrás, y el hermano pequeño da un involuntario paso adelante.

– Bien -dice Nils. Ahora el agua le llega a la cintura-. Un paso más.

Axel hace lo que le dicen, da un paso y luego levanta la vista hacia Nils con una sonrisa nerviosa. Éste le devuelve la sonrisa y asiente con la cabeza, y Axel da otro paso más.

Nils se echa hacia atrás y se deja caer de espaldas con los brazos abiertos, para mostrar la blandura del agua.

– Todo el mundo sabe nadar -dice-. Yo he aprendido solo.

Mueve los pies lentamente, alejándose hacia la roca. Axel le sigue, pero no aparta los pies del fondo. El agua le llega al pecho.

Nils se sube otra vez a la roca.

– ¡Te faltan tres pasos! -exclama.

Aunque no es del todo cierto: son siete u ocho. Pero Axel da un paso, dos pasos, tres pasos, se ve obligado a estirar el cuello para mantener la cabeza por encima de la superficie, y todavía le quedan tres metros hasta la roca.

– Tienes que respirar -dice Nils.

Axel toma aire y emite un corto jadeo. Nils se sienta sobre la piedra y le tiende las manos.

Entonces su hermano pequeño se lanza hacia delante. Pero es como si se arrepintiera enseguida, pues respira hondo y la boca y la garganta se le llenan de agua fría, agita los brazos y mira fijamente a Nils. La roca está justo fuera de su alcance.

Nils contempla unos segundos la lucha de Axel en el agua; luego se agacha y tira del hermano hasta ponerlo a salvo en la roca.

Axel se aferra a ella, tose y respira entrecortadamente. Nils se levanta a su lado y dice lo que le ha rondado la cabeza todo el tiempo:

– La playa es mía.

Acto seguido se tira de la piedra recto como un palo, sale a la superficie a unos metros y nada con largas y seguras brazadas hasta tocar con las manos las piedras de la playa: su broma se consuma. Ahora puede disfrutar de ella. Agita la cabeza para quitarse el agua de los oídos y se acerca al bloque de piedra donde Axel ha dejado el paquete.

Los pantalones cortos que éste se ha quitado también se encuentran allí. Nils los coge, le parece ver una pulga en una costura, y los lanza a la playa.

Luego se inclina sobre el hatillo. Allí están los caramelos de toffee apilados, relucientes al sol, y Nils coge uno y se lo introduce lentamente en la boca.

Oye que un berrido furioso cruza el agua desde la roca, pero no presta atención. Mastica con cuidado, traga y coge otro toffee.

A lo lejos se oye un chapoteo. Nils levanta la mirada; su hermano pequeño, finalmente, se ha lanzado al agua desde la roca.

Nils comienza a secarse al sol, y se obliga superar un primer impulso de ir hacia Axel. En lugar de eso, coge un tercer toffee de la tela sobre la piedra.

El chapoteo continúa allá a lo lejos, y Nils alza la vista. Axel, por supuesto, no hace pie e intenta desesperadamente subirse de nuevo a la roca. Pero sus manos resbalan.

Nils mastica el toffee. Hay que tomar impulso para subirse a la roca.

Axel no tiene impulso y se da la vuelta para alcanzar la playa. Agita los brazos de modo que el agua salpica a su alrededor, pero no avanza. Mira a Nils con los ojos abiertos de par en par.

Él le devuelve la mirada, se traga el toffee y coge otro.

Allá a lo lejos, el chapoteo se debilita rápidamente. El hermano grita, pero Nils no oye lo que dice. Luego las olas rodean la cabeza de Axel.

Entonces Nils da un paso hacia el agua.

La cabeza de Axel aparece de nuevo, pero ya a menos altura que antes. En realidad, Nils apenas ve el pelo mojado. Entonces se vuelve a hundir. Algunas burbujas de aire surgen en la superficie, pero una pequeña ola las barre.

Nils toma impulso, salta al agua. Sus pies levantan espuma y lucha con sus brazos; su mirada está fija en la roca. Pero Axel no aparece.

Nils nada con rapidez hacia la roca, y cuando casi ha llegado se sumerge, pero no se le da bien tener los ojos abiertos bajo el agua. Los cierra y tantea en la fría oscuridad, no nota nada con las manos y sube de nuevo al sol. Se agarra con las manos alrededor de la roca, tose y se encarama a ella.

Mire a donde mire, alrededor sólo hay agua. El resplandor del sol sobre las olas oculta todo lo que se encuentra bajo la superficie.