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Escuchaba absorto lo que yo le decía. Me di cuenta de que estaba sopesando todos los aspectos. Las niñas, por su condición de conversas, podrían ser expulsadas de la comunidad judía y perder su fortuna. Fluria me había hablado de eso. Pero yo me aferraba a la idea de una Rosa apasionada pretendiendo ser una indignada Lea para rechazar a las fuerzas que amenazaban a la judería, y sin duda nadie en Norwich reclamaría que la otra gemela se presentara también allí.

– ¿No lo ves? -dije-. Es una historia que se ajusta a todos los puntos importantes.

– Sí, muy bien pensada -contestó, pero seguía ensimismado.

– Explica por qué se fue Lea. La influencia de lady Margaret le hizo aceptar la fe cristiana. Y le entró el deseo de reunirse con su hermana cristiana. El Señor sabe bien que todo el mundo en Inglaterra y en Francia arde en deseos de convertir a la tribu de los judíos en cristianos. Y resulta sencillo explicar que Meir y Fluria han hecho tanto misterio del asunto porque para ellos se trataba de una doble desgracia. En cuanto a ti y a tu hermano, sois los tutores de las gemelas conversas. Todo está muy claro en mi mente.

– Lo veo -dijo despacio.

– ¿Crees que Rosa podrá representar el papel de su hermana Lea? -pregunté-. ¿La crees capaz de una cosa así? ¿Nos ayudará tu hermano? ¿Te parece que Rosa estará dispuesta a intentarlo?

Pensó en esas cosas largo rato, y luego dijo sencillamente que teníamos que ir a ver a Rosa de inmediato, aunque era tarde y, como era evidente, ya oscurecía.

Cuando miré por la pequeña ventana de la celda, sólo vi oscuridad, aunque podía ser debido al espesor de la nieve que caía.

De nuevo tomó asiento y se dedicó a escribir una carta. Y me la iba leyendo en voz alta mientras escribía.

– Querido Nigel, tengo gran necesidad de ti, porque Fluria y Meir, mis queridos amigos y amigos de mis hijas, se encuentran en un grave peligro debido a sucesos recientes que no puedo explicarte, pero que te confiaré en cuanto nos encontremos. Te pido que vayas de inmediato a la ciudad de Norwich y allí me esperes, porque esta misma noche emprenderé viaje hacia allí. Preséntate al lord sheriff, que guarda a muchos judíos en la torre del castillo para protegerlos, y hazle saber que conoces bien a los judíos en cuestión, y que eres el tutor de sus dos hijas -Lea y Rosa-, que se han hecho cristianas y viven ahora en París, bajo la guía del hermano Godwin, su padrino y su devoto amigo. Ten en cuenta, por favor, que los habitantes de Norwich no saben que Meir y Fluria tienen dos hijas, y están muy extrañados por el hecho de que la única niña que conocen se haya marchado de la ciudad.

»Insiste en que el lord sheriff mantenga en secreto estas noticias hasta que yo pueda verte y te explique con más detalle por qué hemos de emprender estas acciones ahora.

– Espléndido -dije-. ¿Crees que tu hermano hará lo que le pides?

– Mi hermano hará cualquier cosa por mí -contestó-. Es un hombre amable y cariñoso. Le diría más cosas de estar seguro de que no hay peligro de que la carta caiga en malas manos.

De nuevo secó sus muchas frases y su firma, plegó la carta, la cerró con lacre y luego se levantó, me rogó que esperara un momento y salió de la habitación.

Estuvo algún tiempo ausente.

Al mirar a mi alrededor la habitación, con su olor a tinta y a pergamino viejo, a piel de encuadernar y a brasas, se me ocurrió la idea de que yo podría pasar aquí feliz mi vida entera, y que de hecho estaba viviendo una nueva vida tan superior a nada de lo que hubiera conocido antes, que casi me entraban ganas de llorar.

Pero no era momento para pensar en mí mismo.

Cuando Godwin volvió, estaba sin aliento y parecía algo más tranquilo.

– La carta partirá mañana por la mañana, y viajará con mucha más rapidez que nosotros camino de Inglaterra, porque la he enviado a la atención del obispo que rige la sede de St. Aldate y la mansión solariega de mi hermano, y él entregará la carta en propia mano a Nigel. -Me miró y de nuevo asomaron las lágrimas a sus ojos-. Yo no podría haber hecho esto solo -me dijo, agradecido.

Tomó su manto del clavo del que colgaba, y el mío también, y nos abrigamos para afrontar la nieve que caía fuera. Empezó a envolverse las manos en los trapos que había dejado a un lado, pero yo metí la mano en mi bolso al tiempo que murmuraba una oración, y saqué un par de guantes.

«¡Gracias, Malaquías!»

Él miró los guantes y, con un gesto de asentimiento, tomó los que le ofrecía y se los puso. Vi que no le gustaban la piel fina ni el adorno del ribete, pero había una tarea que teníamos que llevar a cabo.

– Ahora, vamos a ver a Rosa -dijo-, para contarle lo que ya sabe y preguntarle qué quiere hacer. Si no quiere hacer lo que le pedimos, o piensa que no va a ser capaz, iremos nosotros a testificar a Norwich por nuestra cuenta.

Hizo una pausa y murmuró «testificar», y supe que le asustaba la cantidad de mentiras que implicaba.

– No pienses en ello -dije-. Habrá un baño de sangre si no lo hacemos. Y esas dos buenas personas, que no han hecho nada malo, morirán.

Asintió, y salimos al exterior.

Un chico con una linterna, y con el aspecto de un bulto de ropas de lana, nos esperaba fuera, y Godwin le dijo que íbamos al convento donde vivía Rosa.

Pronto caminábamos apresurados por las calles oscuras; pasamos más de una vez delante de la puerta de una taberna ruidosa, pero en general avanzamos a tientas detrás del chico que alzaba en alto la linterna, bajo la nieve espesa que volvía a caer.

14 Rosa

El convento de Nuestra Señora de los Ángeles era grande, macizo y lujosamente dispuesto. La inmensa sala en la que nos recibió Rosa contaba con el mobiliario más hermoso y lujoso que yo había visto nunca. El fuego del hogar fue de inmediato alimentado y atizado para nosotros, y dos jóvenes monjas, con gruesos hábitos de lana y algodón, nos sirvieron pan y vino en la larga mesa. Había muchos taburetes con almohadones y los tapices más espectaculares que nunca haya visto en ninguna parte. Los suelos brillantes de mármol estaban cubiertos por alfombras.

En los candelabros de las paredes ardían los velones, y era fascinador ver cómo los gruesos vidrios coloreados y emplomados en forma de rombo de los ventanales captaban el reflejo de las luces.

La abadesa, una mujer impresionante de cuya mera presencia emanaba un halo de autoridad, era sin duda buena amiga de Godwin, y se retiró tan pronto como anunciamos el motivo de nuestra visita.

En cuanto a Rosa, vestida con un hábito blanco superpuesto a una gruesa túnica que podía haber sido un camisón, era la imagen de su madre, a excepción de sus sorprendentes ojos azules.

Por un momento me asombré al ver fundidos en su rostro el color de la tez de la madre y la vibración del padre. Los ojos eran parecidos a los de Godwin hasta un punto desconcertante.

El cabello negro, espeso y rizado, caía suelto sobre sus hombros y su espalda.

A los catorce años era ya plenamente una mujer, tanto por sus formas como por el porte.

En su persona se habían reunido y fundido todas las cualidades de sus padres.

– Has venido a decirme que Lea ha muerto, ¿verdad? -dijo de inmediato a su padre, después de que él la besó en ambas mejillas y en la frente.

Él empezó a llorar. Se sentaron el uno junto a la otra, frente al fuego.

Ella sostuvo las manos de él entre las suyas, y asintió más de una vez como si hablara consigo misma sobre aquello. Y luego, dijo de nuevo en voz alta:

– Si te dijera que Lea se me ha aparecido en sueños, mentiría. Pero cuando me he despertado esta mañana, no sólo he sabido de cierto que ella había muerto, sino que mi madre me necesitaba. Ahora vienes con este monje y sé que no estarías aquí a estas horas si por alguna razón no se me necesitara con urgencia.