– Me había olvidado de ellos.
– Charlie no se olvidaría. Tenemos que hacer lo que él habría querido. -Acarició la nariz de Frankie con los labios-. Sé que quieres hacer preguntas, hablar, y lo haremos. Pero hay faena que hacer primero.
Su hija movió la cabeza en señal de asentimiento.
– Faena. Darling. -Se dirigió al baño, y sus movimientos traslucieron cierta decisión-. No tardaré, mamá.
– Sé que no. Cogeremos unos bollos abajo, en la cafetería, y nos pondremos en camino.
La puerta se cerró de un portazo detrás de Frankie, y Grace exhaló un suspiro de alivio. Hasta ese momento, todo iba bastante bien. Si podía mantener a su hija ocupada, la herida no cicatrizaría, pero evitaría que se pasara cada momento del día recordando. Era el mismo remedio que debería prescribirse a sí misma. Pero no había duda de que iba a estar muy ocupada. Estaba siendo arrastrada de nuevo a aquel horror del que creía haber escapado hacía nueve años. Aunque en realidad nunca había creído que se hubiera acabado. ¿Por qué, si no, había preparado y hecho la mochila y explorado aquel bosque? Había sabido que aquello había terminado.
Se sentó en la silla a esperar que Frankie saliera del baño.
– Está… diferente. -Frankie clavó la mirada en los establos-. Sigo esperando ver a Charlie saliendo del granero o del establo y tomándome el pelo porque me he levantado tarde.
– Yo también. -Grace salió del coche-. Pero él no va a hacer eso, cariño. Así que tenemos que acostumbrarnos a ello. ¿Por que no corres y empiezas tu faena? Tengo que entrar y hacer algunas cuantas cosas en la casa.
Frankie desvió la mirada hacia su cara.
– ¿Qué cosas? ¿Algo que tenga que ver con Charlie?
– Sólo en parte. Tengo que reunir algunos documentos importantes y enviárselos a su abogado.
– ¿Y qué más?
– Tengo que hacer el equipaje con nuestra ropa.
Frankie guardó silencio durante un instante.
– Está bien; no podremos vivir aquí nunca más. Ésta era la casa de Charlie. Voy a echarla de menos.
– Volveremos. Él querría que volviéramos.
La niña estaba sacudiendo la cabeza.
– Frankie, escúchame. Las cosas van a cambiar durante algún tiempo, pero te prometo que seguirás teniendo este lugar y los animales. ¿Me crees?
La pequeña asintió con la cabeza.
– Tú nunca me mientes. -Empezó a dirigirse al establo-. Tengo que ver a Darling. Es listo, pero tampoco lo entenderá.
Tampoco. Frankie no comprendía nada, pero confiaba en Grace para hacer las cosas correctamente. No podía decepcionarla.
– Estaré ahí dentro de una hora, y empezaremos a ejercitar a los caballos.
Su hija levantó la mano en señal de aprobación antes de desaparecer en el interior del establo.
Grace se la quedó mirando fijamente durante un instante antes de darse la vuelta y subir los escalones de la parte delantera de la casa. Le había prometido que estaría allí al cabo de una hora, y eso era muy poco tiempo. Pero no quería que Frankie estuviera sola más de lo necesario.
– Grace.
Se puso tensa y se volvió para mirar a Kilmer, que se acercaba por el camino en dirección a la casa.
– No quiero que estés aquí.
– Pero me necesitas.
– Y un cuerno.
– Entonces me necesita Frankie. -Kilmer llegó hasta el porche-. Puedes ser tan independiente como quieras, pero no arriesgarás la vida de la niña.
– No me digas cómo tengo que cuidar de mi hija. -Cerró los puños con las manos a los costados. ¡Joder!, Kilmer no había cambiado un ápice. Ni en carácter ni en aspecto. Ya debía de estar frisando los cuarenta, pero los años habían sido amables con él. Alto, delgado… aparentemente delgado, porque nadie era más consciente que ella de la fuerza y resistencia que se escondían detrás de aquella delgadez. Pero era su cara lo que había encontrado tan fascinante hacía nueve años. No era exactamente guapo. Unos ojos negros y hundidos, pómulos prominentes y labios finos y firmes. Lo que siempre había encontrado fascinante era su expresión; o la falta de ella. Había una tranquilidad, una desconfianza, una contención que la habían desafiado desde el mismo instante de conocerlo.
– Ni me atrevería, -Kilmer sonrió-. No, cuando has hecho un trabajo tan excelente. Es absolutamente maravillosa, Grace.
– Sí, sí que lo es.
– Sólo estoy sugiriendo que te aproveches de mi ayuda para sacaros de este apuro. Después de todo, tienes derecho a exigirme algunas cosas.
– Ella no está en ningún apuro del que no pueda sacarla yo. Y no tengo ninguna intención de exigir nada, No quiero que te metas en mi vida.
– Siendo así, tendré que insistir. -Su voz era suave, pero destilaba un atisbo de dureza-. Te he dejado en paz mientras he podido, porque era más seguro para las dos. Pero la situación ha cambiado. Tengo que intervenir.
– Insiste cuanto te plazca. No tienes derecho a…
– Soy el padre de Frankie. Esto me da un condenado montón de derechos.
Las palabras la golpearon como una bofetada en pleno rostro.
– Eso no lo sabes. Y juraré ante cualquier tribunal que no eres el padre.
– El ADN, Grace. La magia del ADN. -La miró con los ojos entrecerrados-. Y el cálculo del tiempo es correcto. No creo que fueras capaz de tener otro amante y concebir en el breve lapso de tiempo transcurrido entre que me dejaste y su nacimiento.
– No me la vas a quitar.
– No es ésa mi intención. -Kilmer hizo una pausa-. Mira, te prometo que no intentaré quitártela. Ni siquiera le diré que soy su padre. Sólo deseo asegurarme de que las dos estéis a salvo.
– Vete a la mierda. -Grace giró sobre sus talones y abrió la puerta delantera-. No te necesitamos. Tenemos a Robert, y la CIA nos protege.
– Os protegerán mientras les seas útil. Pero no tardaréis en revelaros como un estorbo.
– ¿Por qué?
– Porque he roto mi acuerdo con ellos. -Kilmer hizo un gesto de impaciencia-. Mira, lo importante es que Marvot ha soltado a sus perros. Ha ofrecido una recompensa de cinco millones de dólares por tu cabeza. Y otra de tres millones por la de Frankie.
– ¿Qué?
– Viva o muerta en el caso de Frankie. A ti, te prefiere viva, porque podrías resultar valiosa, pero la niña le trae sin cuidado.
Grace sacudió la cabeza en señal de incredulidad.
– No.
– Sí. Sé que te ha estado buscando desde aquella incursión. Pero cuando volví a la escena y me convertí en una amenaza, decidió echar mano de todos sus recursos. Hizo correr la voz hace un mes, y todos los cazadores de recompensas y matones baratos de Europa y Estados Unidos se han puesto a buscarte como locos. Kersoff debió de haber sobornado a alguien de la CIA y le tocó la lotería. Donavan se enteró a través de uno de sus contactos de que Kersoff había tenido suerte y se dirigía en tu busca. -Apretó los labios-. Entonces decidí que era hora de comprobar qué tal era Tallanville.
– Tres millones de dólares por Frankie. -La monstruosidad que ello entrañaba la intimidó-. Una niña pequeña…
– Sabes que eso no supondría ninguna diferencia para Marvot. No llevas tanto tiempo apartada de la acción.
– Lo suficiente. -Grace tuvo un estremecimiento-. ¿Por qué?
– Le robé algo que apreciaba. Él sabía que sólo era la primera incursión y quiso castigarme. Ya conoces a Marvot. Es un firme partidario de la eliminación a gran escala. No tiene nada que envidiar a la Mafia.
– Frankie…
– Sé que es una mierda. No imaginé que te encontraría o encontraría a Frankie -dijo con aspereza-. Se suponía que la Compañía os protegería. Pero la jodieron.
– Y, claro, no es culpa tuya -dijo Grace con sarcasmo.
– No he dicho eso. Asumo toda la responsabilidad. Sólo te estoy explicando mis motivos porque pensé que te afectarían. Me equivoqué, y tengo que arreglarlo.