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Zorrita levantó la mano para tranquilizar a Falcón y asintió con la cabeza.

– No estáis consiguiendo nada de los sospechosos detenidos y los dos cabecillas han sido «ejecutados» -dijo Zorrita-. ¿Así que adonde más tienes que ir?

– He decidido examinar de cerca la violencia -dijo Falcón-. ¿Dónde accede a esa clase de violencia una panda de tipos sofisticados y conspiradores, como Lucrecio Arenas y César Benito?

– Tal como decías, todos los informativos y periódicos, aparte del ABC, llaman a esto Conspiración Católica. En vista de la obsesión nacional con el Opus Dei, la campaña de relaciones públicas de la Iglesia para contrarrestar todo esto ha sido una campaña sin precedentes -dijo Zorrita-. ¿Tiene el Opus Dei alguna división de Artefactos Explosivos Improvisados?

Los dos hombres se sonrieron.

– Lo que sabemos por nuestros sospechosos detenidos y otras investigaciones es que las motivaciones de Arenas no eran precisamente sus creencias católicas -dijo Falcón-. El jengüí hablaba desde el corazón.

– Y César Benito se dedicaba a la construcción -dijo Zorrita.

– Donde siempre hay grandes cantidades de dinero negro, que puede esconderse en el mundo de los paraísos fiscales.

– Pero no vais a llegar a ninguna parte siguiendo la pista del dinero -dijo Zorrita.

– Sólo a que indudablemente existe una labor de blanqueo de dinero en todo esto y que los dos hombres estaban forrados de propiedades en la Costa del Sol.

– La mafia rusa -dijo Zorrita-. Sé que hay una reacción visceral cuando se oyen las palabras «blanqueo de dinero» y «Costa del Sol» en la misma frase, pero después del reciente escándalo del Ayuntamiento de Marbella…

Falcón asintió.

– ¿Y tú crees que van a ser más fáciles de investigar que el mundo de los paraísos fiscales? -preguntó Zorrita.

– Simplemente observemos de cerca la violencia -dijo Falcón, levantando el dedo-. En las fechas próximas al atentado del 6 de junio hubo cinco manifestaciones violentas. La primera fue el asesinato de Tateb Hassani, que era una pieza fundamental de la conspiración, porque redactó en caracteres árabes los planes extremistas de tomar Andalucía. Apareció en el basurero de Sevilla, envenenado y mutilado, la mañana de la explosión. Asesinado porque: a) sabía demasiado, b) siempre sería un punto vulnerable de la conspiración y. c) con aquel suceso se manchaban las manos de todo el mundo. La segunda manifestación violenta fue la bomba en sí, que, como decía, estaba pensada para apuntar como sospechoso al extremismo musulmán, al tiempo que se incrementaba el prestigio de Fuerza Andalucía, convirtiéndolo en el socio predilecto del dirigente Partido Popular.

– La tercera, presumiblemente, fue el asesinato de la mujer de Esteban Calderón -dijo Zorrita-, que desbarató la investigación sobre el atentado de Sevilla.

– Y la cuarta y la quinta fueron las ejecuciones de Lucrecio Arenas y César Benito -dijo Falcón-. Tenían que morir en cuanto detuvimos a la otra mitad de la conspiración, porque había vínculos directos entre ellos. Era cuestión de tiempo hasta que Arenas y Benito delatasen a los terroristas que habían contratado.

– Así que hay un motivo claro en cada caso.

– Excepto en el de Calderón -dijo Falcón.

– Él pegaba a su mujer, eso estaba claro, y nunca lo ha negado -dijo Zorrita-. Si no la mató, ¿por qué no llamó a la policía cuando descubrió el cadáver de su mujer en el piso? ¿Por qué intentó deshacerse del cadáver en el río?

– Cometió un grave error de juicio.

– Y que lo digas.

– Otra perspectiva -dijo Falcón-. ¿Qué era lo peor que le podía pasar a nuestra investigación sobre el atentado de Sevilla?

– Estoy de acuerdo, perder a Calderón en aquel momento fue un desastre para vosotros.

– Estaba en la cúspide de su carrera -dijo Falcón-. Iba bien encaminado. Mantenía alejados a los medios de mi equipo, de los tipos de contraterrorismo y del CNI. Si estuvieras en la cima de tu carrera, ¿elegirías ese momento para matar a tu mujer?

– Eligió ese momento para empezar a maltratarla.

– Y eso es importante.

– ¿Por qué?

– Porque creo que cuando Marisa Moreno vio a Inés en los jardines Murillo de alguna manera descubrió que estaba siendo maltratada -dijo Falcón-. Acabo de hablar con ella, para formarme una idea de sus orígenes familiares. Su madre natural «desapareció» en Cuba. Su actitud ante su padre muerto no es precisamente respetuosa. Era, como Calderón, un mujeriego empedernido. Tenía más tiempo para la madrastra sevillana que ella para él.

– Esto no va a llevar a ninguna parte en los tribunales, Javier.

– Lo sé; lo que intento hacer aquí es encontrar debilidades. El único asesinato sobre el que tengo una muy ligera duda es el de Inés.

– Pero yo no, Javier.

– Dos horas después de ir a ver a Marisa, esta tarde recibí una llamada anónima que me dijo que no metiera la nariz en los asuntos que no eran de mi incumbencia.

– No fui yo -dijo Zorrita con cara de póquer.

Se rieron.

– ¿Qué más te contó Marisa? -preguntó Zorrita-. Tendrás algo más que eso.

– Decidí ir a ver a Marisa para clavar un clavo en el avispero, para ver qué pasaba -dijo Falcón-. Lo único que tenía para ir allí era algo que encontró una de mis agentes mientras intentaba sacar a la luz algún trapo sucio sobre Marisa.

– Marisa no tenía antecedentes penales, lo sé -dijo Zorrita.

– Lo único que encontró mi agente fue que Marisa había dado parte de la desaparición de su hermana.

– ¿Cuándo?

– Hace ocho años.

– Te estás aferrando a una esperanza vana, Javier.

Falcón estaba tentado de contarle a Zorrita lo de la talla de madera de Marisa, pero otro vistazo al álbum de fotos de la mesa le disuadió de hacerlo. Se sentía débil ante la firmeza de Zorrita, pero aun así resistió la tentación de señalar todos los demás defectos menores que había encontrado.

– Marisa no es tonta -dijo Falcón-. Si despreciases a tu padre mujeriego, ¿te sentirías atraído por un mujeriego incorregible?

– Dudo que fuera la primera vez que ocurría -replicó Zorrita, que aún se sentía tan sólido como una roca.

– Su hermana volvió a desaparecer, pero esta vez era mayor de edad.

– Así que Marisa no recurrió a la policía.

– Su hermana es la única pariente que tiene Marisa. El padre, la madre y la madrastra murieron. ¿Te encogerías de hombros si tu hermana se volviese a escapar?

– Si no me importase, sí -dijo Zorrita.

– A ella sí le importa -dijo Falcón.

– Te queda mucho camino que recorrer con esto, Javier.

– Lo sé -dijo Falcón-. Sólo quería preguntarte si te importaría que escarbase un poco.

– Escarba, Javier. En vista de cómo vas, acabarás en Buenos Aires.

Capítulo 6

Distrito de La Latina, Madrid. Viernes, 15 de septiembre de 2006,19.45

Todavía brillaba el sol del atardecer, pero ya estaba en un punto bajo del cielo, así que las calles tortuosas de Madrid ya habían oscurecido. Falcón viajaba en el asiento trasero de un coche patrulla que le había proporcionado Zorrita. Se sintió idiota al salir de la Jefatura y acomodarse en el vehículo. El conductor le vio por el rabillo del ojo. Falcón le dijo que siguiera mirando al frente.

El conductor lo dejó en la estación de metro de Ópera y Falcón hizo un trayecto de una sola parada hasta La Latina. Examinó a los otros ocupantes del vagón de metro. Todavía le dolía la reacción desdeñosa de Zorrita con respecto a su teoría sobre Marisa Moreno. ¿Estaba sacando de quicio los elementos del caso? Todo parecía peligrosamente plausible a las tres de la mañana, pero ridículo a las diez. ¿Y de verdad era necesaria tanta cautela en su cita con Yacub? ¿En serio había espías en cada esquina vigilándole? Una vez que la mente flaqueaba, siquiera una sola vez, siempre quedaba una sombra de duda, no sólo para la gente que le veía desde fuera.