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– Se me ocurrió por primera vez cuando volvíamos después de la noche con los rusos. Luego, cuando salí a matar a Mustafá Barakat, me di cuenta de cuánto había cambiado y de que ya no podía con ese trabajo -dijo-. Deberías estar contenta. Sé que nunca te gustó.

– No me entristece mucho, la verdad -dijo ella-. ¿Y a qué te vas a dedicar?

– Todavía no lo he pensado.

– Vende tu casa. Vive con lo que saques. Podrías pintar…

– Puede que aprenda a navegar en yate -dijo Falcón, aplastándole el hombro-, para que no me abandones.

– Podríamos vivir cerca del mar, en Valencia -dijo Consuelo-. El agente inmobiliario ha vuelto a llamar hoy.

– Ya estoy oliendo la paella en la playa.

Y en lugar de pensar en el futuro, recordó lo que había hecho justo antes de salir a cenar aquella noche: encontró la hojarasca de una planta marchita en el rincón oscuro bajo la galería, la cogió por el cogote y la tiró a la basura.

Agradecimientos

Éste es el último libro del cuarteto de Javier Falcón en Sevilla, y quisiera aprovechar esta oportunidad para dar las gracias al pueblo sevillano por ser tan comprensivo ante la invención de este caos ficticio en las calles de su hermosa y relativamente tranquila ciudad.

Mis amigos de Sevilla, Mick Lawson y José Manuel Blanco, como de costumbre, han sido extraordinarias fuentes de información, un enorme apoyo y magníficos anfitriones. Ahora han quedado liberados de lo primero, pero espero que lo último continúe. En cuanto a lo intermedio, los escritores siempre necesitan apoyo.

Agradezco a Nick Ricketts que me haya proporcionado un trabajo remunerado, tan necesario cuando era escritor en ciernes, y asesoramiento sobre las partes marineras de esta novela.

Muchas gracias al magnífico Ravi Pillai y su asistente, el doctor Hassan Katash, que con sus habilidades quirúrgicas permitieron que Robert Wilson siguiera adelante. Gracias también a mi amigo y colega Paul Johnston, autor del género policiaco, por todo su apoyo.

Por último, parece ridículo dar las gracias a Jane, porque mi gratitud es tan inmensa y profunda que, a su lado, estas palabras resultan míseras. Jane ha sido una torre de fortaleza en mis horas bajas, un pilar de sabiduría cuando me fallaba el cerebro, un faro de luz que me infundía esperanzas de futuro. ¿Qué más puede pedir un escritor? Sólo quisiera que también escribiese los libros.

Robert Wilson

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