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El volvió a asentir y plegó el mapa.

– Me hablaron muy bien de ti en Takht-i-Suleiman, me dijeron que nunca te quejabas. Y lo más importante, que sabías cuándo permanecer en silencio.

Ella se encogió de hombros.

– Había muchos otros a los que les encantaba hablar.

– Siempre los hay. -Rebuscó en su bolsillo-. Tengo algo para ti.

Era una pistola. Una miniatura automática del tamaño de su mano. La cogió curiosa, eyectó el cargador de cinco balas y tiró atrás del cañón.

– ¿Nueve milímetros?

– Sí. Rusa. Una Malyah.

La sopesó con una mano, volvió a meter el cargador y le puso el seguro. Ambos sabían que si se veía obligada a utilizarla, el fin no andaría lejos.

– ¿Ellos decidieron que yo también fuera armada?

– Sí.

Lucy abrió la cremallera del cuello de su parka impermeable, sacó la capucha y volvió a cerrarla tras meter la pistola en el compartimento. Si no se ponía la capucha sobre la cabeza, ésta tapaba perfectamente el ligero bulto del arma.

Mansoor asintió aprobador.

– ¿Puedo preguntarte algo?-dijo ella.

– Pregunta.

– Parece que nos estamos tomando nuestro tiempo. Un reconocimiento hoy, un día de descanso mañana… ¿A qué estamos esperando? ¿Por qué no actuamos de una vez? Ahora que el pescador ha muerto, cada día es una probabilidad más de que nos…

– ¿Nos descubran? -Y sonrió.

– Por aquí no muere gente de un disparo todos los días -insistió ella-. Se movilizará mucha gente: detectives, patólogos, forenses, especialistas en balística… ¿Qué les puede decir de nosotros la bala, por ejemplo?

– Nada. Es de un calibre estándar.

– Quizá lo sea en Pakistán, pero no aquí. La gente de seguridad no es estúpida, Faraj. Si huelen una pista, la seguirán. Enviarán a sus mejores hombres, y ya puedes irte olvidando de esa idea preconcebida del fairplay británico. Si tienen la más ligera sospecha de lo que pretendemos hacer (y si registran el bungalow tendrán algo más que eso) nos matarán en el acto, tengan pruebas contundentes o no las tengan.

– Estás furiosa -comentó él, divertido. Ambos eran conscientes de que era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

La chica bajó los puños hasta apoyarlos en la mesa. Cerró los ojos intentando recuperar el control.

– Estoy diciendo que si nos matan no podremos cumplir con nuestra misión. Y cada día que pasa es más factible que… que nos encuentren y que nos maten.

El la miró impertérrito.

– Hay cosas que no sabes. Hay razones para esperar.

Sus miradas se encontraron y la chica pensó que Mansoor parecía tener cincuenta años, no los treinta que realmente tenía.

Asintió con la cabeza aceptando sus palabras.

– Sólo digo que no subestimes a la gente contra la que nos enfrentamos.

– No los subestimo, créeme. Conozco a los británicos y lo letales que pueden llegar a ser.

Ella tomó los prismáticos, abrió la puerta y salió fuera. Escudriñó el horizonte a derecha e izquierda.

– ¿Algo interesante? -preguntó Mansoor cuando volvió.

– Nada.

Advirtió que los ojos de la chica estaban fijos en la parka que contenía la Malyah.

– ¿Ocurre algo?

Ella sacudió la cabeza.

Retrocedió un paso insegura en dirección a la puerta y se detuvo.

– ¿Ocurre algo? -insistió él.

– Nos están buscando. Lo presiento.

– Lo sé -reconoció él.

24

Ajustándose el abrigo, Liz se instaló en un banco frente al mar. Las marismas estaban sumergidas y la marea lamía ansiosamente el muro que la contenía. Una gaviota tomó tierra junto a ella, vio que Liz no tenía comida que ofrecerle y volvió a elevarse manteniendo sus alas abiertas contra el viento. Hacía frío y el cielo estaba tomando un ominoso tono gris pizarra por el horizonte, pero de momento Marsh Creake seguía bañada de luz.

Según Goss, la cinta de la cámara de seguridad del Fairmile llegaría de Norwich a mediodía. El hombre del Cuerpo Especial le confesó que se había sorprendido al verla allí tan temprano, ya que la investigación de Whitten no había aportado pistas nuevas sobre el asesino de Ray Gunter. El comisario le dijo a Goss que estaba «un noventa y ocho por ciento seguro» de que el asesinato tenía relación con el contrabando de drogas. Su teoría era que Gunter estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, vio cómo llegaba un cargamento a la orilla y por eso recibió una bala. Whitten no estaba especialmente preocupado por el atípico calibre de la bala; según él, los gánsteres británicos utilizaban cualquier arma que les caía en las manos.

Liz siguió dándole vueltas a lo que le habían contado Peregrine Lakeby y Cherisse Hogan. A otro nivel, tomó una decisión respecto a Mark. Para ella, la relación estaba terminada. Habría momentos en los que echaría de menos su voz o su contacto, pero tendría que resistir y superarlos. Sabía que, muy pronto, esos momentos se volverían cada vez más fugaces hasta desaparecer. Desaparecerían hasta los recuerdos físicos.

No sería un proceso indoloro, pero sí familiar. La primera vez fue la peor. Pocos años después de unirse al servicio, acudió a la fiesta de inauguración de una exposición fotográfica. La fotógrafa era una mujer que conociera en sus años universitarios. No es que fuese una gran amiga, y seguro que había confeccionado bastantes listas de direcciones antes de decidirse por la definitiva. Entre los asistentes se encontraba un hombre de su misma edad, bastante guapo aunque desaliñado. Se llamaba Ed y, como ella, sólo había tenido un leve contacto con la anfitriona.

Ambos terminaron escapándose a un pub del Soho. Allí, Liz descubrió que Ed era documentalista televisivo por cuenta propia, y que estaba preparando un programa sobre el estilo de vida de los viajeros New Age. Había acompañado durante un período de dos semanas a una especie de tribu urbana viajando de campamento en campamento a bordo de un viejo autobús, y por su aspecto descuidado y tostado por el sol, bien podía ser tomado por uno de ellos.

Decidió ser precavida, pero su atracción mutua tenía un aire de inevitabilidad, y no tardaron en pasar las noches juntos en un reconvertido almacén de Bermondsey que compartían con un cambiante número de artistas, escritores y cineastas. Le mintió, le dijo que trabajaba en uno de los departamentos de personal del Ministerio del Interior, que estaba satisfecha de su puesto aunque no entusiasmada y que no podía llamarla al trabajo. Ed, que superficialmente no parecía del tipo posesivo, no aparentó tener ningún problema con la situación. Sus investigaciones le hacían viajar a menudo durante varios días, incluso semanas, y ella siempre tenía cuidado de no preguntarle detalles de esas ausencias para que él hiciera lo mismo con ella. La mayor parte del tiempo mantenían vidas físicamente separadas, pero con reencuentros apasionados. Ed era inteligente, divertido y veía el mundo desde una perspectiva oblicua de lo más fascinante. La mayoría de los fines de semana eran una fiesta para ella, o lo más parecido a una fiesta. Tras pasar una semana gris trabajando en el grupo contra el crimen organizado, el mundo artístico, calidoscópico del cual formaba parte parcialmente, le resultaba una maravillosa válvula de escape.

Un domingo por la mañana, yacía en su cama de Bermondsey rodeada de periódicos, contemplando el lento avance de las barcazas de carga por el Támesis.

– ¿Dónde dijiste que trabajabas exactamente? -preguntó Ed mientras hojeaba un colorido suplemento dominical.

– En Westminster -respondió Liz vagamente.

– ¿Dónde de Westminster exactamente?

– En Horseferry Road. ¿Por qué?

Él le dio un sorbo a su taza de café.

– No, por saberlo.

– Por favor, ahora no quiero pensar en el trabajo. Es fin de semana.

– ¿Es la Horseferry House de la calle Dean Ryle o la Grenadier House de la calle Horseferry?