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Parker, por ejemplo. Si volvía mañana, si realmente era tan estúpido como para volver a esta ciudad, no importaría cuánto ruido y problemas armase. Toda la organización local podía interrumpir sus negocios por un día y salir a capturar al maldito bastardo, como mil gatos cazando a un ratón, y eso significaría su fin. Si es que volvía. Cosa que no era nada probable que sucediera.

Hubo un golpe en la puerta. Calesian miró a Dutch y lo vio allí sentado, con las cejas levantadas, pensando si debía entrar o no esa persona. Era su propio estudio, su propia casa, y le permitía a Calesian ordenarle si debía o no decir «Adelante»; hasta ahí había llegado el control de Calesian, quien resistió el impulso de sonreír mientras asentía: «Sí, puedes dejar entrar a quien sea».

– Adelante -dijo Buenadella y entró el doctor Beiny, con aspecto soñoliento y malhumorado. Pero era su aspecto de siempre, excepto en los momentos en que se metía en problemas graves; entonces parecía bien despierto y aterrorizado.

– ¿Cómo está? -preguntó Calesian.

– Respira -respondió el doctor-. Eso es todo.

– ¿Y el dedo?

– ¿Qué dedo? -preguntó el doctor, asombrado.

– Se supone que debe cortarle otro.

El doctor miró a Buenadella, que dijo:

– Le dije que no lo hiciera, Hal.

¿Un motín?

– ¿Por qué diablos no? -preguntó Calesian.

– Dijo que era demasiado peligroso, que el tipo podía morir del shock. Y no sabemos dónde está Parker, ni cómo mandárselo.

El matiz de ruego en la voz de Buenadella tranquilizó a Calesian. Y era cierto que no sabían dónde estaba Parker, o cómo ponerse en contacto con él. Le habían dejado recados en la casa de Al Lozini, Jack Walters y Nate Simms, pero hasta ahora el tipo no había vuelto a salir a la superficie. Quizá no volviera a hacerlo, quizá ya había tenido bastante y se había marchado. Calesian trataba de acomodar esa actitud con su recuerdo de Parker, y, según pasaban las horas, le parecía cada vez más probable la idea de una retirada definitiva. De modo que, magnánimo, les dijo a Dutch y al doctor.

– Entonces está bien. Pero, doctor, si volvemos a tener noticias de Parker, lo quiero aquí de inmediato. Lo quiero aquí con una sierra en la mano.

– Lo que usted diga.

– Pero, ¿y si lo mata? -preguntó Buenadella.

– Después de mañana -contestó Calesian-, no lo necesitamos vivo.

– No quiero oír eso -dijo el doctor Beiny. Súbitamente se sentía nervioso-. Me voy a casa -afirmó-. Si necesitan de mí, llámenme y vendré.

Calesian le dedicó una sonrisa burlona.

– Es muy amable al hacer visitas a domicilio, doctor -dijo.

Beiny se marchó y cerró la puerta tras de sí. Dutch preguntó:

– Piensas matarlo, ¿no es así?

Pensando que se refería al doctor, Calesian miró sorprendido a Dutch y le dijo:

– ¿Qué? ¿Para qué?

– Has dicho que no lo necesitamos vivo después de mañana.

– Ah, Green. Bueno, qué importa, ya está muerto, ¿no? Si no fuera por nuestro doctor, hace mucho que estaría muerto.

– Está vivo, Hal.

– No si dejamos de atenderlo -dijo Calesian-. Además, no tenemos que matarlo. Todo lo que tenemos que hacer es sacarlo de esa cama, ponerlo en un coche y llevarlo fuera de la ciudad. Dejarlo a un lado de la carretera, como Parker dejó al pobre Mike Abadandi. Mike murió, ¿no?

– Mucha gente está muriendo -respondió Buenadella con aire fúnebre-. ¿Y dónde diablos está Frankie Faran?

– Bajo una piedra -dijo Calesian-. Debe de estar bien escondido con una botella y una chica. No te preocupes por Frank Faran, ése es de los que corren cuando las ven venir.

– Debería haber dicho algo, al menos. -Buenadella jugueteaba con sus lápices-. No habría desaparecido así como así.

– Tranquilízate -le indicó Calesian-. Tenemos todo bajo control. Mañana son las elecciones y después se termina el jaleo.

– Ojalá ya fuese miércoles -expresó Buenadella.

Calesian soltó una risa. Él deseaba lo mismo, pero no podía admitirlo ante Dutch. De modo que se rió y dijo condescendiente:

– Pobre viejo Dutch.

Y caminó hasta los ventanales para mirar, distraído, el jardín iluminado por los faroles. Miró hacia arriba, al cielo, pero las luces encendidas de la casa le impedían ver nada que no fuera negrura. Siguió mirando de todos modos, con un semblante deliberadamente despreocupado, como si observase por placer una luna llena, blanca como la leche, recorriendo un cielo estrellado.

XLIII

Era una noche de luna nueva; no había luna. Al anochecer, un arco muy fino había perfilado el círculo donde debiera de haber brillado la luna, pero a las once y media de la noche hasta eso se había desvanecido. Las estrellas parpadeaban con el calor, salpicando un inmenso cielo negro.

La carretera estatal 219, que salía de la ciudad por el Noroeste, estaba oscura e invisible como los bosques de pinos a través de los cuales pasaba. Un hombre que caminase por la carretera tendría que haberse dejado llevar por lo que sintieran sus pies: la dureza del asfalto, las piedras, la textura blanda del polvo, más que por lo que tenía frente a sus ojos; salvo cuando veía un automóvil oculto tras sus faros.

A las once y cuarto, un Mercury Montego recién robado pasó hacia el Norte, conducido por Mike Carlow, con Stan Devers a su lado y Wycza recostado en el asiento trasero. Diez minutos después, los siguió Nick Dalesia, con Hurley y Mackey sentados a su lado en el asiento delantero del recién robado Plymouth Fury. Se cruzaron con algunos coches que iban hacia el Sur, pero no vieron a ninguno que fuera en la misma dirección que ellos.

Siete millas al norte de la ciudad de Tyler, en un halo de neón rojo y amarillo que mantenía apartada la oscuridad, había una elegante construcción de dos pisos, blanca, que ahora funcionaba bajo diferente administración. El cartel luminoso junto a la carretera decía:

tony florio’s

riviera

Cena-Baile

En escena: Paul Patrick y The Heat Exchange

Podía haber sido importado directamente de la calle principal de Las Vegas. Los pinos del otro lado de la carretera, iluminados por la luz del cartel, parecían irreales, un decorado, como si el cartel tuviese más vitalidad, fuera más auténtico que ellos y los hubiera superado.

La noche del lunes parecía espléndida en el Riviera de Tony Florio; de hecho, todas las noches eran buenas allí. El aparcamiento detrás del edificio principal estaba casi lleno cuando, a las once y veinte, entró en él el Plymouth y se estacionó cerca del Mercury, que ya lo esperaba.

En el interior, Tony Florio saludaba en persona a sus clientes habituales, y sonreía y murmuraba alguna palabra amistosa a cualquier parroquiano que lo reconociese. Ex boxeador de peso ligero, el cuerpo de Florio se había redondeado y vuelto más pesado desde los días en que se ganaba la vida en el ring, pero la cara cuadrada y marcada por los puños no había cambiado casi nada, y con el uso secreto de tinte para el pelo, la masa de rizos negros cayendo sobre la frente era la misma que habían caricaturizado los dibujantes en todas las revistas deportivas en los viejos tiempos. Los ojos de Florio eran amistosos, sus manos estrechaban con fuerza las de sus invitados, sus modales eran expansivos y confiados y, por lo que sabían la mayoría de los parroquianos, este sitio era propiedad de Tony Florio, instalado y pagado con el dinero que había ganado en sus años de boxeador profesional. Muy poca gente sabía que Florio, como la mayoría de los boxeadores profesionales, había sido, en sus días de gloria, nada más que un bien cuya propiedad se repartían individuos y grupos. Y cada bolsa se dividía en cien partes, de las cuales la principal la recibía el gobierno federal. Y lo que le había correspondido a él, Florio se lo había gastado de inmediato en sitios muy parecidos a este Riviera.