Выбрать главу

¿Pero qué importaba quién fuera el dueño mientras el lugar fuera tan divertido? Y para los clientes masculinos de más edad, Tony Florio seguía siendo un nombre reconocible; estrecharle la mano era un placer de una clase no muy frecuente en un rincón perdido como Tyler.

Cuando entraron Dalesia, Hurley y Mackey, Florio los miró desde donde se encontraba, casualmente al lado del jefe de camareros, y en un instante hizo una observación típica de dueño de un restaurante: Eran extraños, nuevos en el lugar, de modo, que lo más probable era que fueran viajantes que pasaban por la ciudad y buscaban diversión por una noche. Tendrían encima unos cientos, pero no lo suficiente como para salvar la noche, ni para hacer saltar la banca. Era posible que un taxista de la ciudad los hubiera traído hasta aquí para una cena tardía en el comedor principal -llamado oscuramente The Spa-, pero no era probable. Definitivamente no eran del tipo de los que concurrían al Corral, donde las parejas jóvenes bailaban al ritmo del conjunto de rock The Heat Exchange…

¿Vendrían a jugar? En ese caso, tendrían que traer una tarjeta consigo, de uno de los seis comerciantes, nueve jefes de bares y siete taxistas de la ciudad en cuyo buen criterio había confiado Florio.

Y cuando Florio se adelantó para darles su cordial bienvenida, resultó que tenían una tarjeta, pero su origen fue una sorpresa. Al leer el nombre familiar escrito con letra bien conocida, en una tarjeta que también conocía, Florio dijo:

– Ajá. -Levantó la vista, estudió a los tres y añadió-: De modo que conocen a Frankie Faran.

– De los viejos tiempos del sindicato -respondió Ed Mackey y le dirigió a Florio su sonrisa más dura.

Florio reconoció esa sonrisa y esa clase de hombre. Era la clase de expresión que solía encontrarse a veces entre sparrings profesionales, tipos cuya meta en la vida era probar que podían soportar más que cualquier otro. Tipos así eran peligrosos, porque siempre querían medirse con alguien o algo, pero una vez que se aprendía a manejarlos, eran como niños. Éste, por ejemplo, perdería hasta su último centavo en el piso de arriba si se le daba la oportunidad.

De manera que habría que darle la oportunidad.

– Está bien -dijo Florio-, los amigos de Frank son mis amigos. ¿Les apetecería una copa antes de cenar? -Y como los vio mirar a su izquierda, hacia la entrada del bar (llamado el Saloon), les dedicó una sonrisa más amplia y agregó-: Ahí no. En privado. -Se volvió y llamó a un camarero que no era camarero, cuyo cometido era guiar a los clientes que no iban ni al Saloon, ni al Spa, ni al Corral, y una vez que el camarero estuvo a su lado, Florio le indicó-: Muéstreles mi oficina a estos caballeros, por favor, Angy. -A los tres hombres les dijo-: Estaré con ustedes dentro de un minuto.

– Muy amable, señor Florio -contestó Nick Dalesia, y los otros dos asintieron, con sonrisas ligeramente beligerantes en sus rostros.

En el comedor, Mike Carlow, Stan Devers y Dan Wycza cenaban tortilla francesa y filetes a la tártara. Carlow estaba sentado de tal manera que podía ver la entrada principal, donde había tenido lugar el diálogo entre Florio y los otros tres, y dijo:

– Bien, ya están dentro.

Ninguno de los otros dijo nada ni levantaron la vista de su plato. Después de su comentario, Carlow también siguió comiendo.

Wiss y Elkins dejaron el Pontiac -su propio automóvil- en una calle lateral y caminaron por la London Avenue junto a escaparates oscuros de tiendas ya cerradas, en dirección al Teatro del Arte Adulto, a una manzana y media de allí. Eran las doce menos veinte; la London Avenue estaba desierta. El último pase en el Arte Adulto había terminado hacía quince minutos y una veintena de hombres se habían dispersado en diferentes direcciones con caras que indicaban que no habían pasado un rato muy satisfactorio. Ahora las aceras estaban vacías de peatones y la carretera vacía de tráfico. En el interior de las tiendas brillaban apenas las luces que quedaban encendidas toda la noche, y los arcos de luz blanca sobre la calle iluminaban el silencio y la inactividad. El cielo estaba tan negro como el terciopelo del escaparate de un joyero.

Wiss llevaba consigo un maletín de cuero negro con asa de bronce, como los que usaban los médicos en los tiempos en que hacían visitas a domicilio. Elkins caminaba con las manos en los bolsillos, mirando constantemente a izquierda y derecha, hacia adelante y hacia atrás, por encima del hombro. Parecían un par de obreros nocturnos que fueran a hacer una reparación. Cuando llegaron al Teatro del Arte Adulto se detuvieron a mirar los carteles.

Había en ese momento un programa doble: Hombre hambriento y Muñeca de pasión. Las carteleras mostraban fotos en blanco y negro de chicas ligeramente entradas en carnes en ropa interior arrodilladas en camas o tirándose del pelo entre sí, o besándose o tapándose con los brazos, situadas en rincones muy iluminados de habitaciones vacías.

Había cuatro puertas de cristal que conducían al vestíbulo de la sala, pero tres de ellas tenía flechas rojas que señalaban hacia la cuarta. Por ella se entraba a un pasillo flanqueado por una barandilla cromada que conducía a la taquilla, donde se pagaba pero no se recogía ninguna entrada. Eliminando las entradas, la administración -Dutch Buenadella- podía mentir a todo el mundo sobre la cantidad de personas que habían pagado por ver la película.

Había grandes ventajas en el hecho de falsear el número de público asistente. Esta noche, por ejemplo, una típica noche de lunes, generalmente malas para las películas X, ciento dieciocho personas habían pagado cinco dólares cada una por entrar. De cada cinco dólares, ni siquiera uno le correspondía a la ciudad y al estado en concepto de impuestos; un dólar sesenta correspondía al distribuidor de las películas y otra fracción debía pagársele al sindicato de los proyeccionistas; eso dejaba alrededor de dos cuarenta por cada cinco dólares al dueño de la sala. Pero las cuentas de esta noche indicarían que sólo ochenta y siete personas habían pagado por ver el programa doble, lo que significaba que treinta y una personas, que habían pagado ciento cincuenta y cinco dólares, no entraban en la cuenta. Lo cual quería decir que ochenta dólares y sesenta centavos no serían pagados ni a la ciudad, ni al estado, ni al distribuidor, ni al sindicato de proyeccionistas, y que en marzo, los setenta y siete dólares cincuenta centavos restantes no serían declarados como parte de los ingresos de la corporación en la declaración de impuestos.

Para Dutch Buenadella, esta posibilidad de mentir tenía una ventaja adicional. No estaba solo en esta operación; tenía socios. Toda la organización local era una red continua de ejecutivos, de manera que parte del robo de Buenadella afectaba al bolsillo de Al Lozini, parte al bolsillo de Ernie Dulare, y otra parte al bolsillo de Frank Schroder. Sus socios sabían que él defraudaba en la declaración de impuestos, al sindicato y al distribuidor, de modo que él no podía decirles a ellos que sólo habían venido ochenta y siete espectadores esta noche. Pero sí podía decirles que habían venido ciento once. Podía llevar no dos, sino tres libros de cuentas y, además del escamoteo normal, podía conseguir un extra de treinta y cinco dólares para él solo. Todas las noches del año. Lo que significaba algo así como trece mil dólares libres de impuestos de ganancia puramente personal.

Frank Faran no había sabido de este robo extra que Buenadella se llevaba a casa todas las noches y que guardaba en una caja fuerte en su oficina, pero sí sabía acerca del subterfugio regular. Y Wiss, mirando la puerta de cristal más próxima, mientras seguía frente a las carteleras, murmuró:

– Todo lo que tenemos que hacer es soplar para abrir esa puerta.

– No antes de las doce -respondió Elkins. Miró su reloj y agregó-: Dentro de dos minutos.