– Creo que me quedaré aquí hasta la primavera -dijo Hurley, y se sentó en una de las sillas vacías de la mesa.
Dalesia deambuló un poco más, consideró la posibilidad de acercarse a la mesa solitaria de Chemin-de-fer, con su chica de cabello oscuro, pero fue a una de las mesas de dados; la mayoría de las clientas femeninas se apiñaban allí, apostando a diestro y siniestro. Dalesia, cuya única superstición era su relación mística con el número nueve, hizo un par de apuestas. Echó una mirada al reloj mientras el hombre con los dados rojos los soplaba y vio que tenía veinte minutos todavía en los que perder cien dólares.
En una de las mesas de ruleta, Mackey tenía una expresión de la más profunda concentración y escribía números en la libreta. Apostaba en todas las tiradas, y sus apuestas eran siempre a la segunda docena o a la primera línea de números, el uno, dos, tres o el cero o el doble cero. Prácticamente perdía todas las veces, pero su expresión no se alteraba en ningún momento. Su aspecto era exactamente el mismo que el de cualquier jugador con un sistema, y todos los empleados de la mesa lo notaron a los cinco minutos. Lo mismo pasó con varios jugadores, algunos de los cuales empezaron a seguirlo a pesar de que perdía siempre.
En la mesa de cartas, mientras los otros jugadores no quitaban su vista del escote de la chica que los atendía, Hurley le miraba las manos. Era hábil, pero no parecía hacer nada mecánicamente. Ni tenía por qué hacerlo; las apuestas eran bastante fuertes y la emoción en la mesa era constante.
Mackey perdió sus cien dólares en ocho minutos. Con el mismo gesto preocupado, sin dejar de tomar notas en su libreta, fue hacia la ventanilla de la caja, sacó distraídamente la cartera del bolsillo y dijo:
– Mejor deme… -Se detuvo, pasó un dedo por los billetes y sacó cinco de veinte-: Cien nada más -concluyó.
– Gracias, señor.
Parecía volver poco a poco a una plena conciencia de lo que le rodeaba. Cuando la muchacha le enviaba hacia su lado las veinte fichas, dijo:
– Eh, señorita…
– ¿Sí, señor?
– ¿Hay un administrador por aquí?
– ¿Alguna queja, señor?
– Quiero pedir un crédito. -Parecía a punto de echar su cartera sobre el depósito de metal, y aún no había cogido sus fichas-. Tengo identificación, todo en regla, eh… -Vaciló, luego cogió las fichas y se las guardó distraídamente en el bolsillo de la chaqueta.
– Sí, señor -dijo la chica-. Hable con el señor Flynn.
– Gracias -contestó Mackey, y al segundo se sobresaltó, al recordar que Flynn era el nombre que él estaba usando. Thomas Flynn; él y Parker, y varias personas más, tenían documentos de identidad con ese nombre-. ¿Flynn, dijo?
– Sí, señor. -Inclinada, con el pelo casi tocando el cristal, ella le señaló a Mackey la izquierda diciéndole-: La puerta de su oficina está en ese lado, señor.
– Mi nombre es Flynn -dijo Mackey.
La chica le dirigió una sonrisa ausente.
– Qué coincidencia -respondió.
– Es una bendición -dijo Mackey-. Tengo el presentimiento de que voy a ganar esta noche.
– Bueno, espero que así sea, señor. ¿Aviso al señor Flynn de que usted quiere verlo?
Él pareció reflexionar un momento, y luego tomar una decisión.
– Sí -contestó-. Será lo mejor.
– Gracias, señor -dijo la muchacha mientras levantaba el auricular del teléfono y Mackey se apartaba de su ventanilla.
Dalesia, que perdía cada vez que apostaba al nueve, estaba devolviendo poco a poco sus cien dólares a la casa. Cuando el dado llegó a él, pasó de lanzarlo y se lo ofreció al jugador que tenía a su lado, y mientras lo hacía, se dio cuenta de que Mackey caminaba en dirección a una puerta de madera.
Había un hombre de traje negro, corbata negra y camisa blanca junto a la puerta, que miraba hacia la sala del mismo modo que un policía en su garita mira al tráfico. Cuando Mackey se aproximó se volvió hacia él y le dirigió una mirada inexpresiva.
– ¿Puedo ayudarlo en algo, señor?
– Me enviaron a ver al señor Flynn -contestó Mackey.
– Sí, señor. ¿Y su nombre es?
Mackey sonrió como pidiendo disculpas:
– Flynn -respondió.
La cara del hombre no había sido hecha para sonreír, pero aún así lo intentó.
– Bueno, qué coincidencia -comentó.
– Supongo que sí.
El hombre cogió el auricular de un teléfono que había en la pared junto a la puerta.
– ¿Son parientes, por casualidad?
– Nunca se sabe, ¿no es cierto? Tendré que preguntarle.
– Sí, señor. -Y al teléfono, dijo-: Hay un señor Flynn aquí que quiere verlo. Perfecto. -Colgó y le dijo-: Pase, por favor.
– Gracias -contestó Mackey y la puerta zumbó. La abrió, el zumbido cesó y entró en una oficina de recepcionista como cualquier otra, excepto que ésta no tenía ventanas. En las paredes había colgadas varias fotografías enmarcadas de Tony Florio en sus días de boxeador. En su escritorio de metal verde había sentada una recepcionista, que le sonrió y preguntó:
– ¿Señor Flynn?
– Exacto. Supongo que es una coincidencia, ¿eh?
– Claro -respondió ella-. El señor Flynn está atendiendo una llamada, pero estará con usted en unos minutos.
– Gracias.
Le extendió un gran documento.
– Mientras espera, ¿podría rellenar estos papeles? Le ahorrará tiempo.
El documento era un cuestionario de cuatro páginas.
– Por supuesto -contestó él-. Por supuesto.
La joven le señaló una mesa que estaba arrimada a una pared.
El cuestionario pedía información acerca de todo, salvo su opinión sobre las ovejas. Lo llenó con una letra pequeña y temblorosa, encubriendo las mentiras dentro de un nivel más o menos realista, y cuando lo hubo terminado se lo entregó a la recepcionista, quien le sonrió, le dio las gracias y se lo llevó de inmediato al jefe, todavía ocupado con su llamada.
Las revistas que se podía leer allí eran Forbes y Business Week. Mackey leyó algo durante unos cinco minutos, hasta que sonó un interfono en el escritorio de la recepcionista y se puso en pie para abrirle la puerta que daba a la oficina interior.
El señor Flynn era un hombre bajo y calvo, con algunos kilos de más, pero seguía moviéndose con agilidad. Llevaba una chaqueta rojiza y una pajarita azul y roja, y se había levantado de su escritorio para darle un firme y amistoso apretón de manos a Mackey. El cuestionario estaba abierto sobre el escritorio, y por la cara de Flynn, Mackey supo que había llamado al número de teléfono que había puesto en el cuestionario, diciendo que era el del «edificio local de su compañía», y había hablado con Parker. Parker, simulando voz de portero, debía de haber dicho que ése era el edificio de apartamentos donde los ejecutivos de la compañía General Texachron se hospedaban cuando los asuntos de negocios los llevaban a Tyler y que sí, el señor Thomas Flynn residía temporalmente allí, aunque en ese momento no se encontraba en el apartamento.
Pero antes de hablar de General Texachron o de otros detalles inventados para el cuestionario, tenían que decirse unas palabras sobre la coincidencia y Mackey deseaba haber elegido cualquier otra de sus identidades disponibles, pero para ese entonces el señor Flynn del casino se había convencido de que no estaban emparentados y podían pasar al asunto que más les interesaba.
En el piso de abajo, Mike Carlow, Dan Wycza y Stan Devers habían omitido unánimemente el postre y estaban saboreando una taza de café. Carlow miró su reloj y dijo:
– Es hora de hacer nuestra escena.
Wycza apartó su taza.
– Está bien -contestó; se secó los labios con la servilleta y se puso en pie. Mientras Devers y Carlow se quedaban en la mesa, Carlow con las manos ocultas bajo el mantel, Wycza cruzó el salón hacia Tony Florio, situado cerca del jefe de camareros.