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Trismon Sorel volvía a hablar con él, intentando llamar su atención. Se obligó a escuchar.

—Ana no puede ser revivida y sanada —estaba diciendo Sorel— no como usted esperaba cuando sacó su cuerpo de las criomatrices. Pero a usted sí que podemos ayudarle.

—¿A mí?

—Sin duda. Podemos curarlo. Hay pruebas que demuestran que se intentó encontrar un remedio hace trescientos años, pero está claro que fracasó. Ahora disponemos de técnicas superiores. Pueden poner fin a su obsesión por Anastasia. Evidentemente, solo se haría con su consentimiento.

—¿Tengo elección?

—Tiene usted un número infinito de elecciones. El derecho a la autodeterminación…, incluso a la autodestrucción, si lo desea… es fundamental. —Trismon Sorel se inclinó hacia delante—. Ahora me gustaría hablarle a título personal, confidencialmente. Espero que acepte la cura y disfrute de su nueva vida. Siento una enorme simpatía por usted. He registrado todo el banco de datos mientras conversábamos, y su sufrimiento me parece único. No he encontrado empresa ni sacrificio comparable al suyo en ninguna parte, en ninguna.

—No he sufrido. —Drake había tomado una decisión—. No he hecho ningún sacrificio. Y sé lo que me gustaría.

—Dígame.

—Me gustaría que se clonara a Ana, como usted sugiere.

—Estamos de acuerdo, así se hará. Pero ¿en cuanto a usted?

—Quiero quedarme aquí el tiempo necesario para asegurarme de que la clonación de Ana puede llevarse a cabo sin problemas. Luego me gustaría irme.

—¿Irse? —Trismon Sorel no daba crédito a sus oídos—. ¿Irse de dónde? ¿Adónde? El universo se abre ante usted, pero nosotros podemos ofrecerle todo lo que ansíe su corazón.

—No, eso no es cierto. No pueden ofrecerme a la Anastasia que conozco y amo. Y eso es lo que quiero…, lo único que quiero. Métanme en las criomatrices, junto al cuerpo de Ana. Déjennos viajar juntos al futuro.

—Pero ya se lo he dicho, la verdadera Ana, la Ana que usted conocía, no está en ese cuerpo. Se han destruido demasiadas células en el cerebro. Ana se ha ido.

—Se ha ido. Pero ¿adónde?

—Drake Merlin, esa pregunta es irrelevante. Es igual que preguntar adónde va el viento cuando deja de soplar, o el perfume de una flor cuando esta se marchita.

—Hoy parece una pregunta irrelevante. Pero quizá no lo sea siempre. Usted mismo me ha dicho que tengo infinidad de elecciones. Mi elección es sencilla, y la repetiré: quiero que me metan en las criomatrices de Plutón. ¿Tengo ese derecho?

—Sí. —Trismon Sorel no lograba disimular su decepción y su asombro—. No podemos negárselo. Pero le ruego que lo reconsidere. Puede volver a las criomatrices durante tanto tiempo como desee, pero ¿cuándo será despertado? ¿Dentro de un siglo? ¿De cinco?

—No lo sé. Quiero poner esta condición a mi congelamiento: despiértenme cuando haya nuevas pruebas en los bancos de datos que parezcan relevantes para la recreación de la personalidad original de Anastasia. No antes.

—Se puede hacer. Pero debo ser sincero con usted. No creo que aparezcan jamás esas pruebas. Si lo que espera es dormir hasta que pueda regresar su Ana, creo que dormirá usted eternamente.

Lo tienes todo que perder. Estás sano, eres productivo, estás en la cima de tu carrera. Y me pides que lo tire todo por la borda, que te ayude a apostar por que algún día, sabe Dios cuándo, quizá, y solo quizá, puedan revivirte. No te das cuenta, Drake, no puedo ayudarte. A través de un abismo de ocho siglos, las palabras de Tom Lambert resonaron en la cabeza de Drake.

—Ya he escuchado antes ese razonamiento —dijo Drake— y resultó estar equivocado. Correré el riesgo. No es mayor que los que ya he corrido en el pasado. ¿Podemos empezar… ahora?

—Si insiste. —Trismon Sorel levantó una mano. Drake estaba levantándose de su asiento—. Pero hay otra cosa. Mientras hablábamos, se ha celebrado una reunión de mente colectiva a la que han asistido todos los seres humanos que entraban dentro del radio de la señal. Se ha llegado a una conclusión. Se le concederá su deseo, pero con una condición: no estará usted solo. Tendrá usted compañía en su viaje al futuro, del mismo modo que todos compartimos con alguien nuestra suerte, alguien que siempre está a nuestro lado, en lo bueno y en lo malo.

—No quiero a ninguna mujer dentro de la criomatriz conmigo, aparte de Ana. Tampoco quiero a ningún hombre.

—No condenaríamos a ningún ser viviente a un destino tan incierto. Su acompañante no residirá en las criomatrices. Será un Servidor, diseñado para cumplir órdenes, exactamente igual que mi Servidor personal. —Trismon Sorel indicó con un gesto la pequeña esfera rodante con su cabeza de escobilla metálica, que aguardaba pacientemente a su lado—. Mientras usted no requiera sus servicios, permanecerá latente y en contacto con los bancos de datos. Cuando necesite usted un compañero o un ayudante, estará ahí para obedecer sus órdenes.

Sorel se levantó.

—Acompáñeme. Se están iniciando los preparativos para la clonación de Ana. Mientras dure el procedimiento, le explicaré las innumerables virtudes de la clase Servidora. Y podrá decidir el aspecto y el nombre de su propio modelo personal, que se adentrará con usted en el desconocido terreno del futuro.

11

El regreso de Ana

Drake se despertó deprisa y con facilidad, alcanzando la consciencia plena al instante. Se sentía descansado y lleno de vitalidad, en absoluto dolorido o debilitado. Lo primero que pensó fue que algo había salido mal. Se suponía que tendría que haberse sumido en un criosueño. En vez de eso estaba despertando, a medida que desaparecían los efectos de la primera droga tranquilizadora criónica.

Abrió los ojos, esperando ver las instalaciones del criolaboratorio y el rostro de Trismon Sorel. Se encontró, en cambio, cómodamente sentado en un sillón mullido. Una mujer con los rasgos marcados, el cabello de ala de cuervo y la tez oscura de una gitana se sentaba frente a él. Lo observaba atentamente. Cuando abrió los ojos, la mujer asintió sin decir nada.

—¿Qué ha pasado? —Drake sentía la boca un poco seca, pero eso era de esperar tras la sedación—. ¿Por qué no he entrado en criosueño?

—¿Qué le hace pensar que no ha sido así? —La mujer enarcó una ceja—. ¿No cree usted en el progreso? El arcaico barbarismo de la agonía del despertar es desde hace tiempo cosa del pasado. Hoy día la descongelación no se distingue en nada de despertar tras un sueño natural.

No hablaba en universal sino en un perfecto inglés, sin acento ni pausas.

Drake miró a su alrededor. Lo último que recordaba haber visto era el criolaboratorio, en las profundidades del estéril interior de la Luna. Ahora había vuelto a la Tierra, sujeto a su asiento por el familiar tirón de la gravedad estándar. La ventana alargada de la sala daba a una playa de arena y un océano revuelto. Soplaba el viento en la calle. Podía oír las ráfagas que gemían alrededor del exterior del edificio y ver diminutas chispas de luz solar reflejadas en distantes gorras blancas.

De repente supo dónde se encontraba. Ana y él, en uno de sus contados viajes al extranjero, habían pasado un mes trabajando en Italia. Se habían tomado dos semanas extra de vacaciones al finalizar el encargo, y habían alquilado un pequeño chalet en la Península de Sorrento, al sur de Nápoles. Allí estaba ahora. Las agitadas aguas que veía pertenecían al Mar Tirreno, parte del Mediterráneo; la pequeña isla que se divisaba al oeste era Capri.

Reconocía incluso la habitación y los muebles de la casa.

¿Los reconocía, después de más de ochocientos años?

Su momento de placer fue borrado por el miedo.