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Ella asintió y después dijo algo totalmente estúpido:

– Podría ser una coincidencia.

– Podría ser -convino él.

– ¿Tienes algo más?

– Acabamos de empezar, pero hemos buscado el registro de su móvil.

– ¿Y?

– Hizo una llamada justo después de sacar el dinero.

– ¿A quién?

Lance Banner se echó atrás y cruzó las piernas.

– ¿Te acuerdas de un chico un poco mayor que nosotros, un jugador de baloncesto, Myron Bolitar?

13

En Miami, Myron cenó con Rex Storton, un nuevo cliente, en un restaurante superenorme que eligió Rex porque pasaba mucha gente por allí. El restaurante era uno de esas cadenas tipo Bennigans o TGI Fridays o algo igual de universal y espantoso.

Storton era un actor ya mayor, una antigua superestrella que buscaba un papel independiente que lo hiciera salir del Loni Anderson Dinner Theater de Miami y lo devolviera al escalón más alto de Los Ángeles. Rex estaba resplandeciente con un polo rosa con el cuello levantado, pantalones blancos con los que un hombre de su edad no debería tener nada que ver y un tupé gris brillante que no estaba mal del todo cuando estabas sentado frente a él en la mesa.

Durante años Myron sólo había representado a atletas profesionales. Cuando uno de sus jugadores de baloncesto quiso ir más allá y dedicarse al cine, Myron empezó a conocer actores. De esta forma inició la nueva rama del negocio, y ahora llevaba clientes de Hollywood casi exclusivamente y dejaba la gestión de deportes a Esperanza.

Era raro. Siendo un atleta, se diría que Myron se relacionaría mejor con alguien de una profesión similar. No era así. Le gustaban más los actores. Los atletas solían detectarse muy pronto, a edades muy tempranas, y subían al estatus de dioses desde el principio. Entraban en la camarilla de los líderes en la escuela. Se les invitaba a todas las fiestas. Se ligaban a las chicas más guapas. Los adultos los adulaban. Los profesores los dejaban en paz.

Los actores eran diferentes. Muchos de ellos habían empezado en el extremo opuesto del espectro. Los atletas son los reyes en casi todas las ciudades. Los actores son a menudo los chicos que no entraron en el equipo y se buscaron otra actividad. A menudo eran demasiado bajitos -¿no ha conocido alguna vez a un actor personalmente y ha notado que era poca cosa?- o les faltaba coordinación. Así que se dedican a actuar. Después, cuando llegan al estrellato, no están acostumbrados al tratamiento. Les sorprende. De algún modo lo aprecian más. En muchos casos -si no en todos- los hace más humildes que a sus homólogos atletas.

Había otros factores, claro. Dicen que los actores salen al escenario para llenar el vacío que sólo el aplauso puede llenar. Aunque sea cierto, hacía que los actores estuvieran más deseosos de agradar. Mientras los atletas estaban acostumbrados a que la gente se doblegara a su voluntad y acababan creyendo que era su derecho en la vida, los actores llegaban a eso desde una posición de inseguridad. Los atletas necesitan ganar. Necesitan vencer. Los actores necesitan sólo el aplauso y, en consecuencia, la aprobación.

Eso hacía más fácil trabajar con ellos.

Sin duda era una completa generalización -Myron era un atleta, al fin y al cabo, y no se consideraba una persona difícil- pero como tantas generalizaciones, algo tenía de verdad.

Para engatusarlo, le vendió a Rex el papel en aquella película independiente como «un ladrón de coches mayor y travestido, pero con corazón». Él aceptó. Sus ojos no cesaban de pasear por la sala, como si estuvieran en un cóctel y esperara que apareciera alguien más importante. Mantenía un ojo fijo en la entrada, como todos los actores. Aquel tipo era mundialmente famoso por detestar a la prensa. Se había peleado con los fotógrafos, había demandado a las revistas del corazón. Exigía intimidad. Sin embargo, siempre que Myron cenaba con él, el actor elegía una mesa en el centro de la sala, de cara a la puerta, y siempre que entraba alguien, miraba, sólo un segundo, para asegurarse de que le hubieran reconocido.

Sin dejar de mover los ojos, dijo:

– Sí, sí, lo pillo. ¿Tendré que ponerme un vestido?

– En algunas escenas, sí.

– Ya lo he hecho.

Myron arqueó una ceja.

– Profesionalmente, quiero decir. No seas listillo. Y se hizo con gusto. El vestido tiene que ser de buen gusto.

– ¿Qué? ¿No quieres nada con el escote muy bajo?

– Muy gracioso, Myron. Eres la monda. Ahora que lo pienso, ¿tendré que pasar una prueba?

– Sí.

– Por el amor de Dios, he hecho ochenta películas.

– Lo sé, Rex.

– ¿No puede echarles un vistazo?

Myron se encogió de hombros.

– Eso ha dicho.

– ¿Te ha gustado el guión?

– Sí, Rex.

– ¿Cuántos años tiene el director?

– Veintidós.

– Por Dios. Yo ya era veterano cuando él nació.

– Te pagarán el vuelo a Los Ángeles.

– ¿En primera?

– Turista, pero te puedo conseguir clase business.

– Ah, ¿a quién quiero engañar? Me sentaría en el ala con sólo el cinturón si el papel es bueno.

– Ése es el espíritu.

Una madre y una hija se acercaron a Rex y le pidieron un autógrafo. Él sonrió majestuosamente y se hinchó como un pavo. Miró a la madre y le dijo:

– ¿Son hermanas?

Ella se marchó riendo.

– Otra clienta feliz -dijo Myron.

– Estoy para complacer.

Una rubia pechugona se acercó a pedirle autógrafo. Rex la besó con fuerza. Cuando se largó, le mostró a Myron un pedazo de papel.

– Mira.

– ¿Qué es?

– Su teléfono.

– Genial.

– ¿Qué puedo decir, Myron? Amo a las mujeres.

Myron miró hacia su derecha.

– ¿Qué?

– Estaba pensando -dijo Myron- ¿cómo lo resistirá tu contrato prematrimonial?

– Qué gracioso.

Comieron pollo frito. O tal vez ternera, o gambas. Una vez en la freidora, sabía todo igual. Myron sentía los ojos de Rex posados en él.

– ¿Qué? -dijo Myron.

– Es duro reconocerlo -dijo Rex-, pero sólo me siento vivo bajo los focos. He tenido tres esposas y cuatro hijos. Les quiero a todos. Lo pasé bien con ellos. Pero sólo me siento realmente yo cuando estoy bajo los focos.

Myron no dijo nada.

– ¿Te parece lastimoso?

Myron se encogió de hombros.

– ¿Sabes otra cosa?

– ¿Qué?

– En el fondo del fondo, creo que casi todos somos así. Deseamos la fama. Queremos que la gente nos reconozca y nos pare por la calle. La gente dice que es un fenómeno nuevo, por los programas de telerealidad, pero yo creo que siempre ha sido así.

Myron estudió su lastimosa comida.

– ¿Estás de acuerdo?

– No lo sé, Rex.

– Para mí, el foco se ha reducido un poco, tú ya me entiendes. Se ha ido apagando poco a poco. He tenido suerte. Pero he conocido estrellas de un solo éxito. Esos no vuelven a ser felices. Nunca más. Pero en mi caso, como ha ocurrido lentamente, me he podido acostumbrar. E incluso ahora la gente me reconoce. Por eso ceno fuera todas las noches. Sí, sé que es horrible, pero es así. E incluso ahora, que tengo más de setenta años, sueño en volver a disfrutar del más brillante de los focos. ¿Entiendes a qué me refiero?

– Sí -dijo Myron-. Por eso te quiero.

– ¿Cómo es eso?

– Eres sincero. La mayoría de actores me dice que es sólo por el trabajo.

Rex soltó un bufido.

– Menuda tontería. Pero no es culpa suya, Myron. La fama es una droga. La más potente. Estás enganchado, pero no quieres reconocerlo. -Rex le dedicó la maliciosa sonrisa que solía derretir el corazón de las chicas-. ¿Y tú qué, Myron?

– ¿Qué pasa?

– Como he dicho, lo del foco. A mí se me ha ido apagando lentamente. Pero tú, el mejor jugador de baloncesto universitario del país, con una carrera profesional por delante…