Con el reloj avanzando hacia el plazo establecido por las atroces condiciones del testamento de su tío abuelo, no podía permitirse distraerse con una quisquillosa fiera testaruda e independiente, una mujer que Tristan sospechaba que era soltera por voluntad propia y que además poseía una lengua mordaz y, cuando decidía hacer uso de ella, podía mostrarse extremadamente prepotente.
No servía de nada pensar en la joven. Pero parecía que no era capaz de parar de hacerlo.
Se movió para relajar los hombros, luego volvió a recostarse en la pared. El hecho de tener que tomar el control de su herencia, acostumbrarse a tener a una tribu de ancianas a su alrededor a diario, viviendo en sus casas y complicándole la vida, además de tener que considerar el mejor modo de asegurarse una esposa, había hecho que el pequeño asunto de conseguir una amante o cualquier otra posibilidad de alivio sexual quedara relegado a un lejano rincón de su mente. Aunque, si analizaba sus circunstancias, no era una sabia decisión.
Leonora había chocado contra él y había hecho que saltaran chispas. Sus posteriores encuentros no habían sofocado la llama. Su desdén altivo era el equivalente a un evidente desafío, un desafío al que él reaccionaba instintivamente.
Su artimaña de la mañana de usar la conexión sensual que había entre ellos para distraerla de los ladrones, aunque había sido sensata desde el punto de vista táctico, desde el personal había sido una imprudencia. Lo había sabido en ese mismo momento. Sin embargo, había utilizado fríamente la única arma que le garantizaba las mayores posibilidades de éxito, porque su objetivo primordial había sido asegurarse de que la mente de Leonora se centrara en otros temas que no fueran el ladrón.
Fuera, el viento aulló. Volvió a erguirse, se estiró en silencio y luego volvió a apoyarse contra la pared.
Por suerte para todos, él era demasiado mayor, demasiado prudente y demasiado experimentado como para permitir que la lujuria dictara sus actos. Durante el día, había trazado un plan para encargarse de Leonora. Dado que se había topado con ese misterio y ella, independientemente de lo que su tío y hermano pensaran, estaba en peligro, era comprensible, en vista de su formación y carácter, que decidiera resolver la situación y hacer desaparecer la amenaza. Haría lo correcto y adecuado. Sin embargo, una vez solucionara el asunto, la dejaría en paz.
El lejano roce del metal sobre la piedra llegó a sus oídos. Sus sentidos se centraron, se agudizaron esforzándose por captar cualquier prueba más que indicara que el ladrón estaba cerca.
Llegaba un poquito más temprano de lo que había esperado, pero quienquiera que fuera probablemente fuera un principiante.
Tristan había regresado a la casa a las ocho, y lo había hecho por el camino trasero, ocultándose entre las sombras del jardín posterior. Cuando entró por la cocina, se fijó en que los trabajadores sólo tenían unas pocas herramientas en un rincón. La puerta lateral estaba tal como él la había dejado, con la llave en la cerradura, pero no girada. Una vez preparada la escena, se retiró a la garita y dejó abierta con un ladrillo la puerta que daba a la escalera de la cocina.
La garita contaba con una vista completa del vestíbulo de la planta baja, la escalera que subía a los pisos superiores y la puerta que daba a la escalera de la cocina. Nadie podía entrar desde la planta baja o desde los otros pisos y acceder al sótano sin que él lo viera.
No es que esperara que alguien llegara por allí, pero le facilitaría la vía libre al ladrón. Estaba dispuesto a apostar a que se dirigiría a algún lugar del sótano y quería dejar que pusiera manos a la obra antes de intervenir, porque deseaba contar con pruebas que confirmaran sus sospechas. Luego pretendía interrogarlo, por supuesto, ya que era difícil imaginar qué esperaría robar un auténtico ladrón en una casa vacía.
De repente, captó el leve sonido de una suela de cuero sobre la piedra. Venía de la puerta principal. Contra todo pronóstico, alguien iba a entrar por allí.
Una fluctuante figura apareció en el vidrio grabado al aguafuerte de los paneles de la puerta. Tristan salió sin hacer ruido y se fundió entre las sombras.
Leonora metió la pesada llave en la cerradura y miró a su fiel compañera.
Se había retirado a su dormitorio supuestamente para dormir. Los sirvientes habían cerrado puertas y ventanas y se habían acostado. Había aguardado hasta que el reloj dio las once, pensando que a esa hora la calle estaría desierta. Después, bajó al piso inferior evitando la biblioteca, donde Humphrey y Jeremy aún estudiaban detenidamente sus libros, cogió la capa y salió por la puerta principal.
Sin embargo, había alguien a quien no podía evitar tan fácilmente. Henrietta la miró parpadeando, con las fauces abiertas, lista para seguirla adondequiera que fuese. Si hubiera intentado dejarla en el vestíbulo principal y salir sola a esa hora, la perra habría aullado.
Leonora la miró con los ojos entornados.
– Chantajista. -Su susurro se perdió en el fuerte viento-. Pero recuerda -continuó, más para reforzar su propio coraje que por Henrietta-, estamos aquí sólo para ver qué hace el ladrón. No debes hacer ningún ruido.
El animal miró la puerta y luego la acarició con el hocico. Leonora giró la llave, complacida al comprobar que se deslizaba sin problemas. La sacó, se la guardó en el bolsillo y luego se pegó la capa más al cuerpo. Cogió la perra por el collar y giró el pomo de la puerta. La abrió lo suficiente como para que el animal y ella pudieran entrar. El viento soplaba con fuerza, así que tuvo que soltar a Henrietta para poder cerrar con las dos manos en silencio.
Lo logró. Soltó un suspiro de alivio y se volvió.
El vestíbulo principal estaba sumido en la oscuridad. Se quedó inmóvil hasta que se le adaptó la vista, mientras la sensación de vacío, la extrañeza de un lugar conocido desprovisto de cualquier mobiliario la llenaba.
Oyó un débil chasquido.
A su lado, Henrietta se sentó, erguida, y reprimió un gemido, no de alarma sino de excitación.
Leonora se quedó mirándola. El aire a su alrededor se movió. Se le erizó el vello de la nuca; los nervios se le crisparon. Instintivamente, tomó aire…
Una dura palma le tapó la boca, un férreo brazo le rodeó la cintura y la pegó a un cuerpo que parecía esculpido en roca. Su fuerza la envolvió, atrapándola, sometiéndola sin el más mínimo esfuerzo. Una oscura cabeza se inclinó para acercarse a ella y una voz en la cual la furia apenas estaba contenida le siseó al oído.
– ¿Qué diablos hace aquí?
Tristan apenas podía creer lo que veía.
A pesar de la oscuridad, pudo ver los ojos de Leonora, abiertos como platos por la conmoción. Pudo sentir cómo se le aceleraba el pulso, cómo la dominaba el pánico.
Estaba convencido de que esa reacción se debía sólo en parte a la sorpresa y percibió su propia respuesta a ese hecho, pero la refrenó sin piedad.
Alzó la mirada y estudió el entorno con los sentidos. No pudo detectar ningún otro movimiento en la casa. Pero, así y todo, tampoco podía hablar con Leonora, ni siquiera en susurros, en el vestíbulo principal, porque en aquella estancia desprovista de cualquier mobiliario, con sus superficies pulidas y limpias, cualquier sonido resonaría.
La cogió con más fuerza de la cintura, la levantó en el aire y se la llevó hasta la salita que habían dispuesto para entrevistar a las mujeres. Se tomó un momento para asombrarse por lo previsores que habían sido. Tuvo que quitarle la mano de la cara para girar el pomo, entró y cerró la puerta tras ellos.
Aún la tenía sujeta por la cintura en volandas, manteniéndole la espalda pegada a él.