—O paras o me tiro.
Gino me miró, aminoró la marcha y dio la vuelta por un sendero lateral deteniéndose al pie de un talud coronado por una gran roca. Paró el motor, echó el freno y, mirándome fijamente, dijo con impaciencia:
—Bueno, habla. ¡Ánimo!
Pensé que quería dejarme de veras y empecé a hablar con un ímpetu y una pasión que hoy, al pensar de nuevo en aquello, me parecen al mismo tiempo ridículos y conmovedores. Le explicaba cuánto lo quería y llegué a decirle que no me importaba nada la boda, que me conformaría con seguir siendo su amante. Él me escuchaba, con el ceño adusto, moviendo la cabeza y repitiendo de vez en cuando: «No, no, por hoy basta. Tal vez mañana estaré más tranquilo». Pero cuando le dije que me conformaría con ser su amante, rebatió con firmeza: «No, o casados o nada».
Así discutimos un buen rato, y varias veces, con su perversa lógica, me empujó a la desesperación y me arrancó nuevas lágrimas. Después, gradualmente, su actitud inflexible pareció cambiar, y por último, tras haberle besado y acariciado inútilmente tantas veces, creí haber conseguido una gran victoria al convencerle para que pasara conmigo a los asientos de atrás y me tomara en un incómodo abrazo que mi ansiedad por agradarle me hizo parecer demasiado breve y afanoso. Debería darme cuenta de que al portarme así no conseguía ninguna victoria, sino que, por el contrario, me ponía aún más en sus manos, porque me mostraba más dispuesta a entregarme a él, no por puro impulso de amor, sino para amansarlo y convencerlo cuando ya no bastaban las palabras, y ésta es precisamente la conducta de todas las mujeres que aman y no tienen seguridad de ser amadas, pero estaba demasiado cegada por aquella perfección de actitud que su falsedad le consentía. Hacía y decía siempre las cosas que convenía hacer y decir y en mi inexperiencia no me daba cuenta de que aquella perfección era más propia de la imagen convencional de amante que yo misma me había creado que del hombre real que tenía delante.
Pero habíamos fijado la fecha de la boda y yo empecé inmediatamente los preparativos. Decidí con Gino que, por lo menos en los primeros tiempos, viviríamos con mi madre. Además de la habitación grande, de la cocina y de la alcoba, había en el piso una cuarta habitación que por falta de dinero nunca habíamos amueblado. Teníamos allí las cosas inservibles y los trastos viejos. Podéis imaginar en qué consistían éstos en una casa como la nuestra en la que todo parecía viejo e inservible. Al cabo de muchas discusiones, optamos por un programa mínimo: amueblaríamos aquella habitación y yo me haría un poco de ajuar. Mi madre y yo éramos muy pobres, pero sabía que mi madre había ahorrado algo y que había reunido aquellos ahorros para mí, para poder afrontar cualquier eventualidad, como ella decía. Lo que no estaba claro era de qué eventualidades se trataba, pero desde luego no figuraba la de un matrimonio mío con un hombre pobre y de porvenir inseguro. Fui a mi madre y le dije:
—Ese dinero lo has ahorrado para mí, ¿verdad?
—Sí.
—Pues bien, si quieres verme feliz, dámelo ahora para preparar la habitación en que vamos a vivir Gino y yo… Si es verdad que lo ahorraste para mí, éste es el momento de emplearlo.
Esperaba reproches, discusiones y, al fin, una negativa. Pero mi madre acogió con mucha tranquilidad mi petición, mostrando otra vez aquella sardónica serenidad que tanto me desconcertó la noche después de mi visita a la villa de Gino.
—¿Y él no va a dar nada? —se limitó a preguntar.
—Claro que dará —mentí—. Ya me lo ha dicho… pero también yo debo contribuir.
Mi madre estaba cosiendo junto a la ventana y para hablar conmigo había interrumpido el trabajo.
—Ve a mi habitación —dijo—. Abre el primer cajón del armario y verás una caja de cartón… Allí encontrarás la libreta de ahorro y unas joyas. Coge la libreta y también las joyas… te las regalo.
Las joyas eran bien poca cosa: un anillo, dos pendientes y una cadenilla de oro. Pero siendo yo niña, aquel mísero tesoro escondido entre trapos y apenas entrevisto en circunstancias extraordinarias había encendido mi fantasía. Abracé impetuosamente a mi madre. Ella me rechazó, sin enfado, pero con frialdad diciendo:
—Cuidado, que tengo la aguja… Puedes pincharte…
Pero yo no estaba satisfecha. No me bastaba haber obtenido todo lo que quería y aún más. Quería también que mi madre fuese feliz como yo.
—Pero mamá —exclamé—, si tienes que hacerlo sólo para darme gusto, no quiero nada.
—Desde luego, no lo hago para darle gusto a él —repuso volviendo a su costura.
—¿Aún no crees que me casaré con Gino? —le pregunté cariñosamente.
—Nunca lo he creído y hoy menos que nunca.
—Y entonces, ¿por qué me das dinero para amueblar la habitación?
—Al fin y al cabo, no es un gasto inútil. En todo caso, te quedarán los muebles y las sábanas. Ajuar o dinero, da lo mismo.
—¿Y no vas a venir conmigo de compras?
—¡Por favor! —gritó—. No me interesa nada. Hacedlo vosotros. Id los dos de compras. Yo no quiero saber nada.
Era verdaderamente intratable cuando se hablaba de mi boda, y yo comprendía que aquel modo de comportarse no se debía tanto a la conducta, al carácter o a las condiciones de Gino, como a su modo de ver la vida. No había despecho en la actitud de mi madre, sino solamente una especie de trastorno completo de las ideas comunes. Las otras mujeres esperan con tenacidad que sus hijas se casen, pero mi madre, desde hacía mucho tiempo y con la misma tenacidad, esperaba que yo no me casara.
Así había como una tácita apuesta entre mi madre y yo. Ella quería que mi boda no se realizara y que yo me convenciera de la bondad de sus ideas y yo quería que la boda se llevara a cabo y que mi madre se convenciera de que mi modo de pensar era justo. Así, me afirmé aún más en la idea de casarme como si estuviera jugando mi vida a una sola baza, desesperadamente. Y sintiendo todo este tiempo, con mucha amargura, que mi madre espiaba hostilmente todos mis esfuerzos y se prometía su fracaso.
Debo recordar aquí una vez más que la maldita perfección de Gino no se desmintió ni siquiera con motivo de los preparativos para la boda. Yo había dicho a mi madre que Gino contribuiría a los gastos, pero era mentira, porque hasta aquel día Gino ni siquiera había aludido al asunto. Así que me sorprendió y me dejó sumamente contenta que Gino, sin que yo le pidiera nada, me ofreciera una pequeña suma diciéndome que no podía darme más por el momento porque tenía que mandar dinero a menudo a sus familiares. Hoy, cuando pienso en aquel ofrecimiento, no encuentro otra explicación que la extremada fidelidad, no exenta de complacencia, al papel que había decidido representar. Fidelidad originada, tal vez, en el remordimiento por el engaño de que me hacía víctima y por la tristeza de no poder casarse conmigo, como ya deseaba realmente. Triunfante, me apresuré a informar a mi madre de la oferta de Gino. Ella se limitó a observar que era muy reducida, pero suficiente para deslumbrarme.
Aquél fue un período de mi vida muy feliz. Me encontraba con Gino todos los días y hacíamos el amor donde podíamos: en los asientos traseros del coche, de pie en un rincón oscuro de una calleja, o en el campo tendidos en un prado o en la villa, en la habitación de Gino. Una noche me acompañó hasta casa e hicimos el amor en el descansillo delante de la puerta, a oscuras, echados en el suelo. Otra vez, en un cine, acurrucados en la última fila, justo debajo de la cabina de proyección. Me gustaba mezclarme con él en la muchedumbre en los tranvías y lugares públicos, porque la gente me empujaba contra él y aprovechaba la ocasión para apretar mi cuerpo al suyo. Experimentaba una continua necesidad de estrechar su mano o de pasarle los dedos por el pelo o hacerle alguna caricia, en cualquier sitio, aun en presencia de otras personas, haciéndome la ilusión de pasar desapercibida, como suele suceder siempre que se cede a una pasión irresistible. El amor me gustaba enormemente y quizás amaba al amor más que al mismo Gino sintiéndome llevada a hacerlo no sólo por el cariño hacia él, sino por el placer que me proporcionaba el acto mismo. Desde luego no pensaba que el mismo placer lo recibiría también de otro hombre que no fuera Gino. Pero me daba cuenta, de una manera oscura, de que el celo, la destreza y la pasión que ponía en aquellas caricias no se explicaban sólo con nuestro amor. Tenían un carácter autónomo, como de una vocación que, aun sin la ocasión que suponía Gino, no tardaría en manifestarse.