—Por cierto, ¿ha conseguido recuperar el diamante del Temerario?
—No, a pesar del registro minucioso que mis hombres efectuaron en el Crisantemo Rojo y en su tienda. Pero hemos logrado meter a Yuan Chang entre rejas. Gracias a la traición de una mujer, la amiga de uno de los hermanos Wu, pudimos tenderle una trampa. Lo pillamos en un barco recibiendo una considerable cantidad de opio y de cocaína. Perdió la sangre fría y dos policías resultaron heridos, pero acabó siendo detenido junto con varios de sus hombres.
—¿Y lady Mary?
—Parece una santa. He interrogado personalmente al chino y, sin entrar en detalles, le he dicho que sabía que el diamante obraba en su poder, pero no he conseguido hacer que «salpique» a su cómplice. Es un hombre de una gran paciencia y no quiere perder esa baza que tiene guardada en la manga.
—¿Hasta qué punto participó ella en el asesinato de George Harrison?
—Yo creo que interpretó el papel de la anciana lady de la que es prima y a la que veía a menudo, quizá lo suficiente para conseguir la adhesión de personas al servicio de una señora conocida por su tacañería; de ahí la mujer que la acompañaba y el coche..., a no ser que éste fuera alquilado. Pointer ha investigado por ahí, pero no ha averiguado nada. Todavía tenemos trabajo para rato. En cuanto a nuestra encantadora lady, lleva una agradable vida mundana y aprovecha la publicidad que el proceso Ferrals está dando a su esposo. Casi todos los fines de semana recibe en Exton Manor..., que continúa sometido a estrecha vigilancia.
—¿Sir Desmond sigue sin saber nada?
—¿De las actividades de su mujer? No, no sabe nada. Ya se lo dije, quiero pillarla con las manos en la masa. Pero del peligro que lo amenaza, sí. Después de la detención de Yuan Chang, le «revelé» en el transcurso de una conversación que, según ciertas informaciones sobre las que no me extendí, el chino andaba detrás de su colección de joyas imperiales. De modo que está sobre aviso; ahora es cosa suya tomar las precauciones necesarias.
—No servirán de gran cosa si no sospecha de su mujer, puesto que es con ella con quien cuenta Yuan Chang.
—Tampoco sospecha que vigilamos su castillo. En realidad, el hecho de que el jefe de la banda esté en prisión no me basta. En primer lugar, porque un día u otro conseguirá salir; y en segundo lugar, porque ignoramos muchas cosas acerca de la gente que trabaja para él. Y me temo que son muchas, así que...
—Es evidente que, en esas condiciones, sólo se puede esperar.
—Sobre todo —apostilló Vidal-Pellicorne cuando el superintendente se hubo marchado— porque a nosotros nos importa un comino que aparezca o no el dichoso diamante. El que nos interesa es el auténtico, y a veces me pregunto si algún día encontraremos su rastro.
—Ya que has puesto al corriente a Aronov, espera a que te conteste. Él, que siempre lo sabe todo, quizá tenga alguna idea —repuso Morosini con un vago resentimiento, recordando el paseo por Hyde Park durante el cual el Cojo le había hecho prometer que dejaría que Solmanski y los abogados se ocuparan solos de la suerte de Anielka—. Si me disculpas, me voy a dormir. Una travesía difícil y un policía inquieto es excesivo para un hombre viejo y cansado como yo.
Arrellanándose en el sillón, Adalbert acercó las plantas de los pies al fuego de la chimenea y empezó a apartarse el rebelde mechón que, una vez más, le caía sobre la nariz.
—Sólo una pregunta más que no te agotará: ¿cuáles son tus sentimientos por la adorable lady Ferrals? ¿Todavía la quieres, o bien has acudido volando en su auxilio obedeciendo a tu famoso instinto caballeresco?
—Ésa, amigo mío, es una pregunta a la que responderé cuando la haya visto.
De nuevo la pequeña habitación gris, estrecha, mal iluminada por una ventana alta, de nuevo la mesa de madera, las dos sillas y después la puerta que una mujer de uniforme abrió para dejar paso a la joven viuda. Aldo se inclinó conteniendo un suspiro de alivio.
Durante todo el camino había temido esa entrevista tan deseada. Como sabía que había estado enferma, temía ver aparecer una sombra, la forma casi descarnada de la deslumbrante muchacha de la que tan fácilmente se había enamorado. Temía ver un semblante pálido, hundido por la angustia y el sufrimiento, unos ojos enrojecidos, hinchados, llenos de un infinito cansancio, pero Anielka estaba igual que como la recordaba en su última entrevista: el mismo vestido negro enfundaba su cuerpo delgado y gracioso, los cabellos rodeaban como una aureola su fino rostro de tez purísima y, sobre todo, en sus grandes ojos dorados brillaba una chispa de alegría. Al verlo, desplegó una sonrisa, un poco temblorosa quizá, pero sonrisa al fin y al cabo.
—¿Has vuelto? —susurró, como si no se lo creyera.
—¿Acaso no me has llamado?
—Sí..., pero sin mucha fe. Wanda podría haberse equivocado al escribir la dirección y, por lo tanto, la carta podría no haberte llegado, o podrías haber estado ausente. ¿Por qué te fuiste?
—Por una razón muy sencilla: mi presencia era necesaria en casa. Pero ya ves que no he dudado ni un instante en volver. ¿Cómo estás? La última vez que quise visitarte estabas enferma, hospitalizada.
—Lo sé. Por un momento creí que iba a morir y casi me alegraba, pero ya estoy mejor... Porque vienes a ayudarme, ¿verdad?
—Desde que me ofrecí a hacerlo —le reprochó con dulzura—, reconocerás que no es mía la culpa si me he hallado tanto tiempo en la imposibilidad de prestarte ayuda.
Un impulso súbito la empujó hacia él con los brazos extendidos. Él le asió las manos y las estrechó contra sí, apesadumbrado al notarlas tan frías.
—¡Dios mío! ¡Estás helada!
Iba a abrazarla cuando la voz de la funcionaría llegó hasta ellos:
—Tienen que sentarse uno a cada lado de la mesa. Es el reglamento.
—¡Vaya reglamento tan ridículo! —masculló Morosini, quien, sin soltar a Anielka, hizo que se sentara y se instaló frente a ella—. Bien, intentemos ahora ponernos a trabajar —dijo con una sonrisa tan abierta que ella no pudo por menos de devolvérsela.
No obstante, la inquietud no lo abandonaba. La sentía frágil, nerviosa. Su mirada inestable era la de un ser acosado. ¿Podría, en tales condiciones, obtener una confesión de ella?
—Supongo —prosiguió en voz más baja— que deseas decirme algo.
—Sí. Sin duda tú eres la única persona del mundo con quien puedo ser sincera sin correr peligro, y es así por una sola razón: Ladislas no te ha visto nunca, no te conoce, y sus amigos tampoco.
—Yo sí que lo conozco a él —dijo Aldo, que no tenía ninguna dificultad en ver en la pantalla fiel de su memoria al joven vestido de negro de los jardines de Wilanow—. Y cuando me interesa, no olvido una cara. ¿Sabes por casualidad dónde hay alguna posibilidad de encontrarlo?
—Quizás. Es una posibilidad bastante pequeña, pero es la única que me queda si no quiero que me condenen.
—¿Por qué no has hablado antes? Si no con la policía, puesto que temes las represalias, al menos con tu padre.
—¿Mi padre? Él sólo sabe actuar de una forma: empleando la fuerza. Si encuentra a Ladislas, lo matará sin darle tiempo de exhalar un suspiro. ¡Sólo presta oídos a su odio!
—Quizá se los preste de vez en cuando a su amor. Al fin y al cabo, eres su hija, y la única forma de salvarte es conducir al polaco vivito y coleando ante los jueces.