– ¿Por qué éste en concreto?
– Aquel que encuentre algo de interés en Groenlandia, debe comunicarlo al Museo Nacional de Nuuk. Desde allí, lla-llamarán al Museo Mineralógico y al Instituto Metalúrgico de Copenhague. El hallazgo sería entonces registrado como algo de interés nacional y, por tanto, decomisado.
Se inclina hacia delante.
– Toerk dice que pesa unas cincuenta toneladas. Es el mayor meteorito que se ha encontrado hasta ahora. Trajeron oxígeno y acetileno en la expedición del 91. Cortaron unas muestras. Toerk dice que contiene diamantes. Materias y sustancias que no existen en la tierra.
De no haber sido por la situación penosa en la que nos encontramos, tal vez me hubiera parecido conmovedor que, en estos momentos, sea como un niño. El entusiasmo del niño al pensar en la sustancia misteriosa, los diamantes, el oro al final del arco iris.
– ¿Isaías?
– Participó en la expedición del 91. Es-estaba c-con su padre.
Así debió ser, por supuesto.
– Se escapó del barco en Nuuk. Tuvieron que dejarlo atrás. Loyen lo encontró y lo envió a casa.
– Y tú, Foejl -digo-. ¿Qué pintabas tú? ¿Qué querías de él?
Cuando se da cuenta de lo que quiero decir, su rostro se encierra y se hace muy duro. Durante estos minutos, cuando, de todos modos, ya es demasiado tarde, llego hasta los rincones más recónditos de su ser.
– Yo no lo toqué, por supuesto. Allí arriba, sobre el tejado. Lo quería, como nunca a-antes…
Su tartamudeo ahoga la frase. Espera hasta que la tensión haya desaparecido.
– Toerk sabía que había cogido algo. Una cinta. El glaciar se había movido. Estuvieron buscándolo durante quince días sin encontrarlo. Fi-finalmente, Toerk fletó un helicóptero y voló hasta Tule. Para encontrar a los esquimales que habían participado en la expedición del 66. Los encontró. Pero e-ellos no qui-quisieron acompañarle. Por lo que le dieron una descripción de la ruta. Ésa era la cinta que robó el Barón. La que tú encontraste.
– Y La Incisión Blanca, ¿cómo llegaste a vivir allí?
Conozco la respuesta.
– Ving -digo-. Fue Ving. Te colocó allí para que vigilases a Isaías y a Juliana.
Sacude la cabeza.
– Al revés, claro -digo- Tú ya estabas allí. Ving trasladó a Isaías y a Juliana al edificio para que estuvieran cerca de ti. Tal vez para que descubrieras cuánto sabían y cuánto recordaban. Ésa es la razón por la que la petición de Juliana de ser trasladada a un piso más bajo, cerca del suelo, no fue aceptada. Tenían que estar cerca de ti.
– Seidenfaden me contrató. No había oído hablar de los otros dos. No, hasta que tú no los encontraste. Había buceado para Seidenfaden antes. Es ingeniero de transportes. Entonces comerciaba con antigüedades. Estuve sacando imágenes de dioses del lago Liai en Birmania para él, antes del estado de excepción.
Pienso en el té que me hizo, en su sabor, que recordaba a los trópicos.
– Más tarde, volví a encontrarme con él en Copenhague por casualidad. Estoy sin trabajo. No tengo dónde vivir. Me ofrece vigilar al Barón.
No existe ni una sola persona para quien no le suponga un alivio ser obligado a contar la verdad. El mecánico no es un mentiroso por naturaleza.
– ¿Y Toerk?
Su mirada se hace distante.
– Es el que lleva a cabo lo que se propone.
– ¿Qué sabe de nosotros? ¿Sabe que estamos aquí en este momento?
Sacude la cabeza.
– Y tú, Foejl, ¿quién eres tú?
Su rostro se torna inexpresivo. Ésta es la pregunta que nunca en su vida se ha planteado.
– Alguien que quiere ganar un poco de dinero.
– Espero que sea mucho -le digo-. Tiene que compensarte por la muerte de dos niños.
Su boca se convierte en una ranura.
– Dame un trago -le pido.
La botella está vacía. Saca otra del cajón. Llego a ver una cajita redonda de plástico azul y un paño para bruñir que envuelve un rectángulo.
El alcohol se evapora con una rapidez sorprendente.
– ¿Loyen, Ving, Andreas Fine?
– F-fueron descartados desde el comienzo. S-son demasiado viejos. Ésta tenía que ser nuestra expedición.
Detrás de sus tópicos puedo oír la voz de Toerk. La ingenuidad resulta, a veces, atractiva. Hasta que es seducida. Entonces pasa simplemente a ser entristecedora.
– Entonces, cuando empiezo a ser incómoda, os ponéis de acuerdo para que tú, sin llamar la atención, me sigas.
Sacude la cabeza.
– No tenía ni la menor idea de todo esto, no había oído hablar de ello, ni tampoco de Toerk y Katja. Y eso sucedió más tarde. Lo que tú y yo descubrimos juntos era nuevo para mí.
Ahora lo veo tal como es. No es una visión decepcionante. Sencillamente es una imagen más compleja de la que vi en un primer momento. Toda infatuación es simplificadora. Como las matemáticas. Verlo a él nítidamente significa volverme objetiva, abandonar la ilusión de un héroe y retornar a la realidad.
O tal vez ya esté ebria después de los primeros tragos. Eso es lo que pasa cuando únicamente bebes en contadas ocasiones. Te emborrachas en cuanto las primeras moléculas son absorbidas en las mucosas de la cavidad bucal.
Se levanta y se acerca al ojo de buey. Yo me inclino hacia delante. Cojo la botella con una mano. Con la otra, tiro del cajón y palpo el paño. Está envuelto alrededor de una pieza de metal redonda y estirada.
Lo miro. Veo su pesadez, su lentitud, su energía, su resolución, su codicia y su ingenuidad. Su necesidad de un líder, su peligrosidad. También observo su solicitud, su calor, su paciencia, su pasión. Y me doy cuenta de que sigue siendo mi única oportunidad.
Entonces cierro los ojos y hago tabla rasa interiormente. Al suelo cae nuestra mutua mendacidad, las preguntas sin contestar, las sospechas fundadas y las enfermizas. El pasado es un lujo que ya no nos podemos permitir.
– Foejl -digo-, ¿tienes que sumergirte hasta donde se encuentra esa piedra?
Ha asentido con la cabeza. No he oído si ha dicho algo. Pero ha hecho un gesto de asentimiento. Esta afirmación obstruye, por un instante, el paso a todo lo demás.
– ¿Por qué? -me oigo decir a mí misma.
– Está sumergida en un lago de agua de fusión. Está casi cubierta por el agua. Aparentemente está muy cerca de la superficie del hielo. Seidenfaden cree que no será muy difícil llegar hasta ella. Bien a través de un túnel de agua de fusión o bien a través de las aperturas de una grieta que hay justo después del asiento. El problema surgirá cuando tengamos que sacarla de allí. Seidenfaden piensa que deberíamos ensanchar el túnel que desagua el lago y luego sacar la piedra por allí. Tendrá que ser ensanchado con explosivos. Todo esto será trabajo que tendrá que hacerse debajo del agua.
Me siento a su lado.
– El agua -digo- se hiela alrededor de los cero grados Celsius. ¿Qué explicación te ha dado Toerk a este fenómeno? ¿Cómo se explica que haya agua alrededor de la piedra?
– ¿No tiene algo que ver con la presión en el hielo?
– Sí, así es. Tiene que ver con la presión. Cuanto más desciendas en un glaciar, más calor hará. Debido a la presión que ejercen las masas de hielo que hay encima. El Indlandsis está a 23 °C bajo cero a una profundidad de quinientos metros. Quinientos metros más abajo, la temperatura es de 10 °C bajo cero. Como el punto de fusión depende de la presión, de hecho, puede encontrarse agua a temperaturas por debajo de los cero grados. Tal vez hasta los -1,6 c -1,7 °C. Existen glaciares templados, en los Alpes o en las Montañas Rocosas, en los que se encuentra agua de fusión a partir de los treinta metros de profundidad.
El mecánico asiente con la cabeza.
– Fue exactamente así como lo explicó Toerk.
– Pero Gela Alta no está en los Alpes. Es uno de los glaciares llamados «fríos». Y es muy pequeño. Ahora mismo, la temperatura en su superficie debe de ser de diez grados bajo cero. La temperatura en el fondo debe ser similar. El punto de fusión bajo presión debe de estar alrededor de los cero grados Celsius. Lo cual significa que es imposible que se forme ni una sola gota de agua en estado líquido en ese glaciar.