Выбрать главу

El secretario del Tribunal lo miró desconcertado.

– ¿Querías obligarlo a adoptar esa postura?

– Será un placer hundir a ese hijo de puta.

– Supongo que permanecerás toda la noche en vela redactando un discurso -dijo Louise.

– Mi esposa todavía no conoce mis métodos -respondió Danton, soltando una carcajada-. Pero tú sí los conoces, ¿no es cierto, Pâris? No necesito escribir un discurso, amor mío, soy perfectamente capaz de improvisarlo.

– Pero imagino que redactarás por anticipado un resumen del mismo para la prensa, incluyendo lo de «tumultuosos aplausos»…

– Veo que vas aprendiendo -contestó satisfecho Danton. Luego se volvió hacia Pâris y le preguntó-: ¿Mencionó Saint-Just a Camille?

– Lo ignoro. En cuanto comprendí lo que se traían entre manos en el comité, me apresuré a venir a informarte. Supongo que Camille no corre peligro.

– Esta tarde fui a la Convención, pero me marché enseguida. Lo vi charlar con Robespierre.

– Sí, tengo entendido que los dos se comportaron con gran cordialidad. ¿Crees que es posible que…? -Pâris se detuvo. Era difícil preguntarle a alguien si creía que su mejor amigo había renegado de él.

– Mañana, en la Convención, le obligaré a enfrentarse a Saint-Just. Imagínate el cuadro. Nuestro hombre, la viva imagen de la rectitud, comportándose como si acabara de devorar un filete, y Camille burlándose de él y refiriéndose a 1789. Un truco barato, pero al público en la galería le entusiasmará. Eso pondrá furioso a Saint-Just (cosa nada sencilla, dado que cultiva esa imagen de estatua griega), pero te garantizo que Camille lo conseguirá. En cuanto nuestro hombre empiece a bramar, Camille adoptará un aire de impotencia. Eso hará que Robespierre se ponga en pie y entre todos montaremos una emotiva escena. Estoy seguro de que ganaré yo. Iré enseguida a ver a Camille… No, lo planificaremos todo mañana. Es mejor que lo deje en paz en estos momentos. Ha recibido malas noticias de casa. Ha muerto un familiar suyo.

– ¿Su padre?

– No, su madre.

– Lo lamento -dijo Pâris-. En tal caso, puede que Camille no esté de humor para esos juegos. ¿No sería preferible que adoptaras una estrategia menos arriesgada, Danton?

Rue Marat, a las nueve y media de la tarde.

– Hubiera regresado a casa enseguida -dijo Camille-. ¿Por qué no me dijo mi padre que mi madre estaba enferma? Vino a verme, se sentó en esa silla que ocupas tú ahora. No me dijo una palabra.

– Quizá no quería disgustarte. Quizá creían que se recuperaría.

Un día, hacia finales del año pasado, se había presentado un desconocido, un hombre distinguido de unos sesenta años, delgado, con aire distante y una abundante cabellera gris. Lucile había tardado unos minutos en comprender de quién se trataba.

– Mi padre jamás ha procurado evitarme disgustos -respondió Camille-. En realidad, mis sentimientos (y los de los demás) le tienen sin cuidado.

Había sido una breve visita, de un par de días de duración. Jean-Nicolas fue a verlo porque había leído El viejo cordelier y deseaba decir a su hijo lo mucho que le había gustado y lo mucho que le admiraba a él; quizás incluso que le echaba de menos, que quería que fuera a visitarlos de vez en cuando.

Pero cuando trató de hacerlo se apoderó de él una profunda turbación, como una jovencita sonrojándose ante un pretendiente. Mientras su hijo le miraba desconcertado, se le formó un nudo en la garganta y no pudo articular palabra.

Fue uno de los peores ratos que Lucile había pasado en su vida. Fabre también estuvo presente, quejándose de todo, como de costumbre. Pero al ver al anciano señor Desmoulins tratando en vano de expresar sus sentimientos, se emocionó. Lucile y Camille le vieron enjugarse una lágrima. Hubiera sido más lógico que hubieran llorado ellos, dijo más tarde Fabre, no les faltaban motivos para sentirse disgustados. Cuando Jean-Nicolas cesó al fin de esforzarse en hablar, padre e hijo se abrazaron breve y fríamente. «Creo que ese hombre tiene un grave defecto en el corazón», dijo Fabre más tarde, cuando todo hubo pasado.

Hubo otro aspecto relacionado con la visita que ni siquiera Fabre se atrevió a mencionar, el aspecto de «¿serás capaz de sobrevivir a ello?».

– Es curiosa la relación que existe entre Georges-Jacques y su madre -comentó Camille-. Puede que ella sea una arpía insoportable, pero se llevan divinamente. Lo mismo que tú y tu madre.

– Somos uña y carne -respondió Lucile secamente.

– En cambio, nadie diría que estoy emparentado con mi madre -prosiguió Camille-. Quizá Jean-Nicolas me encontró debajo de un arbusto. Durante toda mi vida he intentado en vano complacerlo, aunque no desespero de conseguirlo algún día. Aquí me tienes, padre, he cumplido diez años y leo a Aristófanes con la misma facilidad que mis hermanas leen cuentos infantiles. Muy bien, ¿pero por qué nos ha enviado Dios un hijo tartamudo? Mira, padre, he aprobado todos los exámenes habidos y por haber, ¿estás satisfecho? Sí, ¿pero cuándo vas a empezar a ganarte la vida? ¿Recuerdas, padre, que siempre me hablabas de la necesidad de organizar una revolución? Pues acabo de ponerla en marcha. Te felicito, pero ése no es el futuro que habíamos previsto para ti; además, ¿qué dirán los vecinos? -Camille sacudió la cabeza con tristeza y añadió-: Cuando pienso en la cantidad de cartas que le he escrito… Podría haberme dedicado a aprender el arameo o algo más provechoso, como el sistema que había ideado Marat para ganar a la ruleta.

– No sabía que hubiera inventado un sistema para ganar a la ruleta -respondió Lucile.

– Sí, pero como tenía ese aspecto tan infame no le dejaban entrar en los casinos.

Ambos permanecieron unos minutos en silencio tras haber agotado el tema de la madre de Camille. Él no la conocía, ella no conocía a su hijo. Eso era precisamente lo que le desesperaba a él, la sensación de no haber tenido una segunda oportunidad para estrechar sus lazos con ella.

– La vida es un juego complicado -dijo Lucile-. Me acuerdo con frecuencia de Hérault. Hace dos semanas que lo encerraron en la cárcel. Sabía que iban a arrestarlo. ¿Por qué no se fugó?

– Es demasiado orgulloso.

– Lo mismo que Fabre. ¿Es cierto que van a arrestar a Lacroix?

– Eso dicen. Y a Philippeaux. Uno no puede desafiar impunemente al comité.

– Pues tú los has desafiado. Llevas cinco meses atacando al comité.

– Sí, pero Max me respalda -contestó Camille-. No pueden tocarme aunque quieran. No pueden hacer nada sin su aprobación.

Lucile sintió un escalofrío y se arrodilló ante el hogar.

– Mañana les pediré que nos manden más leña de la granja -dijo.

Cour du Commerce.

– El diputado Panis está aquí -dijo Louise, profundamente alarmada.

Era la una menos cuarto de la mañana del 12 de Germinal. Danton llevaba puesta una bata.

– Discúlpame, ciudadano. Los sirvientes están acostados y nosotros nos disponíamos también a retirarnos. Acércate al fuego, hace frío fuera. -Danton se arrodilló ante la chimenea.

– No te preocupes por eso -dijo Panis-. Van a arrestarte.

– ¡Cómo! -exclamó Danton-. Estás confundido. Fabricius Pâris ha venido a verme.

– No sé lo que te habrá dicho, pero no estaba presente en la reunión de los dos comités. Lindet estaba allí. Fue él quien me envió. Han emitido una orden de arresto contra ti. No van a permitirte que te defiendas ante la Convención. Jamás volverás a aparecer ante ella. Irás directamente a la cárcel, y de allí al Tribunal.

Danton guardó silencio durante unos momentos, pálido y desconcertado.