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Ish y Ezra discutieron en privado el caso de George y Maurine, y concluyeron que la pareja, gente de buena voluntad, era aceptable. Ish pensó sonriendo que era como admitir a un nuevo socio en un club, pero los candidatos eran tan escasos, que no se podía ser demasiado exigente. Llevaron a George y Maurine a San Lupo.

Ish y Maurine descubrieron que les había ocurrido algo parecido. Cuando Maurine era niña, y vivía en Dakota del Sur, la había mordido una serpiente de cascabel.

A finales de año, Em dio a luz otro hijo al que llamaron Roger. Los habitantes de San Lupo eran ahora siete adultos y cuatro niños, sin contar a Evie. En ese entonces, al principio en broma, empezaron a llamarse a sí mismos la Tribu.

El año 5 no trajo ningún acontecimiento extraordinario. Molly y Jean tuvieron cada una un hijo. Ezra, dos veces padre, estaba muy contento. Ese año fue bautizado el año de los toros. En efecto, los bovinos se multiplicaron como anteriormente las hormigas y las ratas. Se veía pocas veces un caballo, raramente un carnero. Pero en las aún intactas praderas el número de cabezas de ganado vacuno alcanzó proporciones catastróficas. Los miembros de la Tribu podían comer carne a discreción, aunque a veces dura como suela. Pero uno salía de paseo y corría el peligro de encontrarse cara a cara con un toro furioso. Un tiro de revólver podía terminar con el problema, pero luego había que arrastrar el cadáver lejos de las casas, o aguantar el hedor. Todos se hicieron expertos en el arte de esquivar los cuernos puntiagudos. Esto al fin se convirtió en un deporte al que llamaron «el juego del toreo».

El año 6 fue memorable. En el curso de los doce meses, las cuatro mujeres dieron a luz. Aun Maurine, que parecía tener demasiados años. Em había predicado con el ejemplo, y ahora tener hijos era un honor. Todos los miembros de la Tribu habían vivido algún tiempo solos, y habían conocido lo que llamaban la Gran Soledad. El recuerdo de aquellas horas de horror todavía no se había borrado. Aun ahora, la Tribu no era más que una llamita, amenazada por las tinieblas. Cada nuevo niño parecía reanimar aquella claridad vacilante, y afirmar la esperanza de vencer la oscuridad y la muerte. Al terminar el año el número de niños se elevaba a diez y superaba ya al de adultos. Sin contar a Evie, que no participaba de ningún grupo.

Pero fue un año memorable también por otras razones. Hubo una gran sequía, y pocos pastos, y los flacos bovinos, demasiado numerosos, iban de un lado a otro en busca de comida. Enloquecidos por el hambre, una noche echaron abajo la cerca del huerto. El ruido despertó a los hombres, que descargaron sus fusiles casi a bocajarro contra las asustadas bestias. Pero el huerto quedó arrasado y, amarga ironía, sin que un solo animal satisficiera su hambre.

Luego aparecieron las langostas. Cayeron del cielo un día y devoraron todo lo que había escapado al ganado. Comieron las hojas de los árboles, y las frutas, hasta que los carozos colgaron de las ramas desnudas de los árboles. Poco después las langostas murieron y un olor nauseabundo apestó la atmósfera.

Y cientos de cadáveres de vacas cubrían los lechos secos de ríos y pantanos. El hedor se hizo intolerable. Y la tierra estaba tan oscura y desnuda que parecía que nunca se recobraría.

La colonia estaba horrorizada. Ish intentaba explicar a sus compañeros que eran calamidades naturales en aquel período de transición. En condiciones atmosféricas adecuadas, la invasión de langostas, por ejemplo, era inevitable, pues los insectos proliferaban en campos donde nadie los perseguía. Pero la fetidez y el aspecto desolado de la tierra los hacía sordos a todas las explicaciones. George y Maurine buscaron consuelo en los rezos. Jean se burló abiertamente y declaró que los sucesos de los últimos años no invitaban a confiar en Dios. Molly, presa de una verdadera neurastenia, sufría crisis de llanto. A pesar de la lógica de sus razonamientos, Ish desesperaba del porvenir. Sólo Ezra y Em parecían resignarse.

Los niños mayores no se mostraban muy afectados. Bebían con entusiasmo su leche condensada, y el hedor de la descomposición no parecía quitarles el apetito. John —a quien llamaban Jack—, de la mano de su padre, miró distraídamente una vaca que agonizaba al sol. El espectáculo le parecía natural.

Pero los niños de pecho, salvo el último bebé de Em, parecían absorber con la leche la angustia de sus madres. Se agitaban y lloriqueaban. Las madres se inquietaban todavía más. Era un círculo vicioso.

Octubre fue una larga pesadilla.

Y luego ocurrió un milagro. Dos semanas después de las primeras lluvias, una alfombra verde cubrió las colinas. Renació la felicidad. Molly y Maurine lloraron de alegría. Ish mismo se sintió aliviado, pues la desesperación de los otros había hecho tambalear su confianza en el poder de recuperación de la tierra. Hasta se había preguntado si no habrían muerto todas las semillas.

Cuando llegó el solsticio de invierno, todos se reunieron otra vez al pie de las rocas para grabar un número y bautizar el año. Titubearon un momento. Si se quería guardar un buen recuerdo, podían llamarlo el año de los cuatro niños. Pero era también el de las vacas muertas y el de las langostas. Al fin y al cabo, había sido un año de desgracias, así que se lo llamó simplemente el año malo.

El año 7 no fue mejor. De pronto, los pumas invadieron toda la región. No se podía salir sin un fusil y un perro que daba la alarma y no se separaba de las piernas del amo. Los pumas no se atrevían a atacar al hombre, pero mataron a cuatro perros, y uno nunca podía saber si alguna fiera no le caería encima desde la rama de un árbol. Los niños vivieron encerrados en las casas. Ish adivinaba sin esfuerzo las causas de la invasión. El año de los toros había sido un buen año para los pumas, y se habían multiplicado. La sequía había diezmado luego los rebaños, y las fieras carniceras bajaban de las montañas.

Un día ocurrió el accidente que todos temían. Ish apuntó mal con su fusil a un puma, y sólo le rozó el lomo. El animal, furioso, saltó sobre él y lo hirió seriamente antes que Ezra pudiese intervenir. Ish cojeó desde entonces un poco, y no podía quedarse sentado mucho tiempo en la misma posición. Se cansaba mucho al conducir el coche, pero por ese entonces las carreteras estaban ya muy estropeadas, los coches se descomponían fácilmente, y no había muchos lugares donde ir. Aquel año fue bautizado el año de los pumas.

El año 8 fue relativamente tranquilo. Se lo llamó el año de la visita a la iglesia. El nombre divertía a Ish, pues implicaba que el experimento había comenzado y terminado al mismo tiempo.

Aquellos siete americanos pertenecían a muy distintos cultos, y no había entre ellos ningún fervoroso creyente. Ish había estudiado el catecismo en la infancia, pero cuando Maurine le preguntó a qué religión pertenecía, dijo que era escéptico. Ella, que nunca había oído la palabra, no la entendió, y desde entonces llamó a Ish miembro de la iglesia escéptica.

En cuanto a Maurine, era católica, como Molly. Las dos mujeres se persignaban de cuando en cuando, o rezaban un Ave María, pero no podían confesarse ni asistir a misa. Aparentemente, pensaba Ish, la Iglesia católica no había previsto que un día no habría nadie en el trono de San Pedro, y que los fieles sólo serían dos ovejas sin pastor.

George era metodista, y diácono. Pero carecía de elocuencia, y era incapaz de organizar una congregación. Ezra toleraba cualquier creencia, pero rehusaba toda profesión de fe. Sus convicciones no eran, pues, muy profundas. Jean había sido miembro de una vociferante secta moderna, los Hijos de Cristo. Pero en el momento del Gran Desastre, las plegarias de los fieles habían quedado sin respuesta, y había perdido la fe. Em, que no recordaba voluntariamente el pasado, era reticente. A Ish le parecía que no rezaba nunca. Pero de cuando en cuando, y aparentemente sin entusiasmo religioso, entonaba algunos cánticos y spirituals con su cálida voz de contralto.