Выбрать главу

Me levanté, recordando el arroyo como lo había visto al principio.

—Se me cruzó en el camino —le dije—. No, creo que daré unos pasos aguas abajo, como sugeriste. Con un salto en el aire, ella también se levantó.

—Nadie puede saber hasta dónde lo llevará el paso siguiente.

—Una vez oí una fábula sobre un gallo —dije—. El que la contó dijo que era sólo un cuento bobo para niños, pero pienso que había en él cierta sabiduría.

Decía que el siete es un número de la suerte. Con ocho el gallo se pasó de la raya.

Di siete zancadas.

—¿Ves algo? —preguntó la pequeña Tzadkiel. —El arroyo, la hierba y a ti, nada más.

—Entonces tienes que retroceder. No lo cruces o acabarás en otro sitio. Despacio.

Volví la espalda al agua y di un paso.

—¿Ahora qué ves? Baja la mirada de los tallos de la hierba a las raíces.

—Oscuridad.

—Entonces da un paso más.

—Fuego… un mar de chispas.

—¡Otro! —Tzadkiel aleteaba a mi lado como una cometa pintada.

—Sólo tallos como de hierba común.

—¡Bien! Ahora medio paso.

Avancé con cautela. Mientras conversábamos en el prado, habíamos estado todo el tiempo en sombras; ahora fue como si una nube más negra oscureciera la faz del sol, de modo que ante mí apareció una franja de oscuridad, no más ancha que mis brazos abiertos pero profunda.

—¿Y ahora qué?

—Tengo delante el crepúsculo —le dije. Y luego, aunque más que verla la sentía—: Una puerta en penumbras. ¿Debo pasar?

—Eres tú quien decide.

Me acerqué más y me pareció que el prado estaba extrañamente inclinado, como lo había visto desde el refugio de la montaña. Aunque sólo la tenía a tres pasos detrás de mí, la música del Madregot sonaba distante.

Tenues letras flotaban en la oscuridad; sólo un momento después advertí que estaban al revés y que las más grandes componían mi nombre.

Entré en la sombra y el prado desapareció; me perdí en la noche. Tanteé con las manos y toqué una pared de piedra. La empujé y se movió, primero reacia, luego más fácilmente, aunque con la resistencia de los grandes pesos.

Como si sonara junto a mi oreja, oí el campanilleo cristalino de la risa de la pequeña Tzadkiel.

XLI — Severian de su cenotafio

Graznó un cuervo; y cuando la piedra retrocedió vi el cielo estrellado y la sola estrella brillante (azul ahora de velocidad) que era yo. Una vez más estaba entero. ¡Y cerca! Ni la bella Skuld, la del alba, brillaba tanto ni tenía un disco tan amplio.

Por largo tiempo —al menos por un tiempo que me pareció largo— estudié mi otra identidad, lejana todavía allende el círculo de Dis. Una o dos veces oí rumor de voces, pero no me molesté en averiguar de quiénes eran; y cuando al fin miré alrededor estaba solo.

O casi. Un gamo me observaba desde la cresta de una colina baja, a mi derecha, con un débil fulgor en los ojos y el cuerpo perdido en la profunda oscuridad de los árboles que coronaban la cima. A mi izquierda, una estatua miraba fijamente con ojos ciegos. Por fin cantó un grillo, pero la hierba estaba enjoyada de escarcha.

Como en el prado del Madregot, sentí que me encontraba en un lugar conocido y que no era capaz de identificarlo. Pisaba piedra, y la puerta que había empujado también era de piedra. Tres peldaños angostos llevaban a una extensión de hierba cortada. Bajé, y detrás la puerta se cerró silenciosamente, cambiando de naturaleza —o eso pensé entonces— mientras se movía; de modo que una vez cerrada dejó de parecer una puerta.

Yo estaba de pie en una cañada muy estrecha, de cien pasos a lo sumo de linde a linde, entre colinas redondas. En las colinas había puertas, algunas no más anchas que si fuesen de habitaciones privadas, algunas más grandes que el portal del obelisco que se alzaba detrás de mí. Las puertas y los embanderados senderos que llevaban a ellas me dijeron que estaba en los terrenos de la Casa Absoluta. La larga sombra del obelisco no era proyectada por la luna sino por el inicial cuarto creciente del sol, y apuntaba hacia mí como una flecha. Yo estaba en el oeste: dentro de una guardia o menos el horizonte subiría a ocultarme.

Por un momento lamenté haber dado la Garra al quiliarca; quería leer la inscripción grabada en la puerta de piedra. Luego me acordé de la vez en que había examinado a Declan en la oscuridad de la cabaña, y me acerqué más y leí.

En Honor de
SEVERIAN EL GRANDE
Autarca de Nuestra Comunidad
Legítimo Primer Hombre de Urth
Memorabilus

Era un encumbrado bloque de calcedonia azul, y me sentí conmocionado. Me consideraban muerto, eso parecía evidente; y habían elegido ese agradable valle para representar mi lugar de reposo. Yo habría preferido la necrópolis vecina a la Ciudadela — el sitio donde realmente he de reposar al final, o al menos debería creerse que reposo—, o la ciudad de piedra, a la cual podría aplicarse mucho mejor mi primera observación.

Eso me indujo a preguntarme en qué parte de los terrenos estaba, así como a especular sobre si el monumento lo habría erigido el padre Inire o alguna otra persona. Cerré los ojos, dejando que la memoria vagara a su antojo, y para mi asombro encontré el pequeño escenario que con Dorcas y Calveros había remendado para el doctor Talos. Era exactamente el mismo lugar, y mi absurdo monumento se alzaba donde en otro tiempo yo había fingido tomar al gigante Nod por una estatua. Recordando aquel monumento, miré al que había visto al entrar de nuevo en Briah y descubrí que era, como había pensado, una de esas inofensivas criaturas medio vivas. Ahora se me acercaba lentamente, los labios curvados en una sonrisa arcaica.

Durante un aliento admiré el juego de mi luz en sus miembros pálidos, pero me pareció que sólo habían pasado dos o tres guardias desde que el amanecer llegara a las faldas del monte Tifón, y la vitalidad que sentía ahora no me ponía en disposición de contemplar estatuas ni buscar descanso en alguno de los recluidos cobijos dispersos en los jardines. No lejos de donde había visto el gamo, un umbral oculto daba acceso a la Casa Secreta. Corrí hasta él, murmuré la palabra que lo gobernaba y entré.

¡Qué extraño, pero qué bueno, era pisar de nuevo esos pasajes angostos! La sofocante constricción y los peldaños acolchados, como de escalera colgante, convocaban mil recuerdos de citas y enredos: cacerías de lobos blancos, castigos a prisioneros de la antecámara, reencuentros con Oringa.

De haberse cumplido, como en un principio había planeado el padre Inire, que sólo él y el Autarca reinante conocieran esos pasillos tortuosos y esas confinadas cámaras, habrían sido muy parecidos a cualquier mazmorra en todo caso menos agradables. Pero los Autarcas se los habían revelado a sus amadas, y esas amadas a sus propios galanes, de modo que no habían tardado en albergar al menos una docena entera de intrigas en cualquier noche amable de primavera, y a veces quizá cien. El administrador provincial que llevaba a la Casa Absoluta ciertos sueños de aventura o romance raramente se daba cuenta de que la gente pasaba con pie leve a una ana de su cabeza dormida. Entretenido con reflexiones de este cariz, había caminado una media legua o más (parándome de tanto en tanto para espiar salas públicas y apartamentos privados por las mirillas de las puertas) cuando tropecé con el cadáver de un asesino.

Yacía de espaldas, como seguramente había yacido por lo menos desde hacía un año; la marchita carne de la cara había empezado a desprendérsele, de modo que sonreía como quien descubre que al fin y al cabo la muerte no es sino una broma. La mano estirada había soltado el dique envenenado que aún tenía en la palma. Mientras me inclinaba a inspeccionarlo, me pregunté si se las habría arreglado para herirse a sí mismo; cosas mucho más extrañas habían ocurrido dentro de la Casa Absoluta. Más probablemente, decidí, había caído víctima de una supuesta víctima; abordado, quizá, una vez que se reveló lo que se intentaba, o abatido por alguna herida antes de ponerse a salvo. Por un momento pensé en tomar el digue para reemplazar el cuchillo que había perdido hacía tantas quilíadas, pero la idea de esgrimir una hoja envenenada era repugnante.