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Para conseguir estos tipos, con todos sus defectos y sus virtudes, hacen falta muchos siglos. Son gente vieja, gente ya de vuelta, que al sentirse claudicante se quiere afianzar encerrándose en una limitación deliberada. Esta vejez inteligente y cauta es, a mi juicio, el verdadero espíritu de Francia, el que yo he creído encontrar en estos tipos admirables que pasean prudentemente abotonados por los paseos de esta pequeña ciudad meridional de Francia.

No sé si esta visión parcial será absolutamente exacta. Hemos caído en la Francia más vieja, en la más trabajada por el paso de las civilizaciones. La Provenza es el camino de la cultura clásica hacia Centroeuropa. Toda esta tierra está sembrada de grandes nombres que pesan demasiado: Aviñón, Arlés, Montpellier, Nimes…

La verdadera fuerza vital de Francia debe venir de arriba abajo; esta zona comprendida entre el Garona y el Ródano debe dar la levadura, el fermento de esa gran masa que se cuece en París.

Todavía, antes de salir de Bezieres un curioso espectáculo: los niños.

A media tarde, por todas las callejuelas de la ciudad se ve en cada momento una mujer que va empujando lentamente un cochecito desde el que sonríe al firmamento un bebé, un delicioso bebé, limpio, sano, fuerte, sonrosado, envuelto en encajes. La madre francesa es la más amorosa, la más celosa de sus hijos. Pobres y ricos, todos ponen en el hijo todas sus ilusiones. Lo miman y cuidan como una verdadera maravilla. Si no, no los tienen.

Y esto es lo terrible para Francia. El niño se considera como un artículo de lujo, como un producto de selección que exige tales sacrificios, que sólo cuando se está en disposición de soportarlos se acepta. No es fácil ver en Francia ese espectáculo de chicos sucios con la panza al sol que viven poco menos que como los animalitos domésticos. Pero éste es precisamente el peligro.

Conseguirán las madres francesas, con su alto sentido de la maternidad, dar al mundo un producto de selección, un tipo de humanidad cada vez más perfecto, pero cada vez más escaso. Y Francia —como todo el mundo sabe— se perderá por ahí por la despoblación.

Para que un pueblo sea fuerte y pueda hacer gala de su vitalidad —doloroso, pero cierto—, es necesario que haya muchos miles de criaturas lanzadas al mundo un poco insensatamente, a la ventura, a vivir y crecer como los pajarillos y los ganados. Esto, para un hombre civilizado, es imposible de aceptar. Pero es verdad.

La vitalidad de un país está en los niños que se mueren por abandono, porque no se les puede atender porque son demasiados. Ya Rusia se encargará de confirmar esta teoría.

A espaldas del bulevar, en un remanso que forma la acera por donde la gente pasa aprisa, ha colocado su catrecillo de tijera un chansonnier que, al mismo tiempo que mueve trabajosamente su formidable acordeón, canta esas letrillas picarescas que son la flor de París.

Las empleaditas que pasan taconeando bizarramente camino de sus oficinas, los obreros, los guardias, los chicos, los proveedores, toda esa masa humana que se mueve en oleadas por las calles de París se detiene unos segundos ante el chansonnier y continúa después su camino sonriendo con el ánimo un poco regocijado por haber cogido de través alguna frase feliz de este magnífico bigardo del acordeón, que con tanto desenfado toma el pulso a París en sus cancioncillas.

Ése es el verdadero prodigio espiritual de París; que toda su vida múltiple, que toda su espiritualidad difusa cabe en una cancioncilla. París subyuga, porque en medio de su variedad tiene siempre un tono y un ritmo que lo recoge entero en una frase. Todo cabe en un cuplé. Pero para conseguir este cuplé, para destilar esta letrilla y esta melodía fácil que el gran bigardo del acordeón está ensayando en una esquina mientras la gente pasa aprisa, ¡cuánto tiempo, cuántas cosas, cuánto esfuerzo!

París está muy hecho, muy trabajado; es la única ciudad definitivamente terminada que conozco. Todas las demás ciudades dan la impresión de estar haciéndose, de no haber cuajado todavía algo de campamento; Brujas, Venecia, Toledo no son ya más que relicarios.

Este encanto de madurez, de plenitud que tiene París es único en el mundo. Todo tiene ya una pátina que lo dignifica y proyecta hacia atrás en el tiempo, y, sin embargo, todo está vivo y en marcha.

Frente a las grandes aglomeraciones de casas que arbitrariamente se disponen en las ciudades, París se ofrece como el más feliz resultado de una sedimentación de siglos. Es la impresión más grata de París la de que está bien hecho, bien trabajado, bien terminado. Se da uno cuenta en seguida de que ésta es nuestra gran fuerza, la fuerza de Occidente, lo que no tendrán nunca los americanos.

París teme al peligro norteamericano. Los norteamericanos son demasiado ricos, y vienen demasiado a París. Terminarán por influir en él. Y esta posible influencia del sentido yanqui sobre el sentido parisién es lo que más preocupa a quienes están atentos a la conservación de este prodigio de Occidente que es la capital de Francia.

Espiritualmente, el ciudadano de Nueva York o el de Chicago es el antípoda del parisién. Aquél ama sobre todas las cosas lo desmesurado, lo inconmensurable; éste siente una inclinación natal hacia lo mesurado, hacia lo que tiene la medida de lo humano. Sólo por esta cuidadosa ponderación, París es la primera ciudad de Europa.

Pero en París ha empezado a haber casas demasiado altas y en sus paredes gritos demasiados agrios. Los norteamericanos influyen en París. Lo estropearán todo. El dólar es demasiado fuerte, y esta gente se halla tan bien dispuesta para dejarse corromper…

Francia, que sabe sacar esa fuerza de flaqueza que es su patriotismo cuando llega el momento de peligro, debía alarmarse ahora tanto como cuando los alemanes iban hacia París. Pero los franceses, que resistieron al hierro, no resisten al oro. Es lástima. Esos tíos de Chicago lo van a estropear todo.

No sé cómo no se les ha ocurrido ya a los fabricantes de tejidos utilizar como reclamo industrial el «color de París».

París tiene un color suyo, peculiarísimo, con el que se entonan todos los colores, desde el de las fachadas de las casas hasta el de la ropa interior de las mujeres. Las cosas son de buen gusto o de mal gusto, según que estén entonadas o no con este color natural de París, que es como el fondo del tapiz sobre el que destacan los otros colores vivos de los primeros planos. Más que color, es una luz neta, cernida, fría, que resalta sobre las cosas y las empalidece un poco, rebajándolas de tono, acomodándolas a esta tonalidad amable de París.

Una de las cosas más gratas de Francia es esta simplicidad de sus uniformes militares. El extranjero puede confundir fácilmente a los carteros con los generales. Unos y otros tienen el mismo aire sencillo de humildes funcionarios que desempeñan una labor para la que el Estado les paga. Aunque esa labor haya sido la de ganar la guerra europea, este funcionario no se sale de su uniformidad. Porque el uniforme se les pone a los carteros como a los generales, no para distinguirlos, sino para uniformarlos, para que de ninguna manera se distingan.

Hay tal cantidad de negros en París, que cualquiera otra ciudad que no fuese ésta, no los soportaría. Pero el negro en París se disimula, se destiñe un poco, se hace ciudadano parisién al poco tiempo.

Negros y amarillos y cobrizos a millares; pero todos pierden un poco su color en París. Este fantástico Montparnasse es un maravilloso crisol de razas y colores. Coge a los tipos exóticos, los somete a un tratamiento intensivo de diván de café, los aculota y después los lanza a la circulación ya presentables. Lo bueno que tiene París es que se traga muchos tipos exóticos, pero los digiere bien. El tipo más parisién que me he tropezado en París había venido de Argelia cuando la guerra.