– ¡Pero qué acta ni qué cuernos! Ésta es una conversación informal entre amigos. De lo contrario, el señor Morabito habría tenido perfecto derecho a solicitar la asistencia de un abogado y nosotros habríamos tenido que facilitárselo. Por cierto, ¿lo quiere?
– ¿Qué?
– Un abogado.
– ¿Y para qué un abogado?
– Nunca se sabe. Pero si usted se siente seguro de que no lo necesita, mejor así. Sin embargo, recuerde que yo se lo he ofrecido. ¿Se encuentra mejor?
Morabito volvió a encogerse de hombros sin mirarlo.
– Pues entonces sigamos. Me parece que hemos llegado a un punto definitivo, es decir, que a los Stellino, por lo menos esta vez, tenemos que dejarlos al margen. ¿Está de acuerdo?
– De acuerdo, de acuerdo.
– ¿Usted siempre ha pagado el pizzo con regularidad?
Morabito no contestó.
– Mire, si usted reconoce haberlo pagado, la cosa quedará aquí entre nosotros tres. Pero si usted lo niega y yo descubro que lo ha pagado, igual me cabreo. Y entonces sería peor para usted, porque yo cuando me cabreo… Díselo tú, Fazio.
– Mejor estar muerto -declaró Fazio en tono sombrío.
– ¿Comprendido? Pues entonces piense bien. Vuelvo a preguntárselo. ¿Paga el pizzo con regularidad?
– Ss… í.
– ¿O sea que por ahí está en regla?
– Sí.
– Pero…
– Pero ¿qué?
– Ya no lo estaría si supongamos que voy y les digo a los hermanos Stellino que usted los ha acusado. ¿No cree que se lo tomarían a mal y vendrían a pedirle explicaciones?
Costantino Morabito pegó un respingo en la silla.
– ¿Y po… por… por qué iba usted a decirles algo así? ¡Si estábamos de acuerdo en que los Stellino no tienen nada que ver!
– ¡Pues entonces abre la boca y dime quién es el que tiene que ver! -gritó repentinamente el comisario, dando un manotazo en el escritorio que también sobresaltó a Fazio.
– ¡No lo sé! ¡No lo sé! -gritó Morabito a su vez. Y de repente rompió a llorar con desconsuelo, como haría un chiquillo asustado.
Montalbano vio encima de la mesita un paquete de pañuelos de papel, sacó uno y se lo dio. A aquellas alturas, con el de Morabito se habría podido fregar el suelo.
– Señor Morabito, pero ¿por qué se pone así? ¡Me sorprende, siendo usted un hombre tan sensato! ¿Tengo yo la culpa? ¿Qué he dicho? Fazio, échame una mano, ¿qué he dicho?
– A lo mejor se ha impresionado porque hablaba usted en dialecto -dijo Fazio con una cara más dura que el cemento.
– No me he dado cuenta; pido disculpas. Algunas veces se me escapa el dialecto.
El hombre seguía llorando. Entonces Montalbano se incorporó para inclinarse hacia él y le gritó:
– ¿Cuánto son siete por ocho? ¿Y seis por siete? ¿Y ocho por seis? ¡Conteste ahora mismo, por Dios!
Morabito, pese a estar sumido en el llanto, se llevó tal sorpresa que se giró hacia el comisario.
– ¿Ve cómo se ha calmado? Es lo que siempre digo: en los momentos de crisis, basta con repasar las tablas para que todo se arregle. -Montalbano volvió a sentarse con semblante satisfecho-. Oiga, ¿necesita algo?
– Un… un poco de agua.
– Vamos a buscársela -le dijo a Fazio. Y a Morabito-: Venimos enseguida.
Salieron al pasillo.
– Otra sacudida y se derrumba -aseguró Montalbano.
– ¿Es él quien ha pegado fuego a la tienda?
– No me cabe la menor duda. Y tiene miedo de que les echen la culpa a los Stellino. Casi me da pena: es como un ratón acosado por dos gatos famélicos: ¡la mafia y la ley!
– Pero ¿por qué iba a hacerlo?
– ¿Recuerdas la película que te conté? Para esconder algo que podría tener fatales consecuencias.
– ¿O sea?
– ¿Y si fuera él quien disparó y mató a la chica?
– Eso también es posible. Pero antes usted ha hablado de un casquillo. ¿Y si Morabito hubiera utilizado un revólver?
– Se lo pregunto enseguida. Ve a buscarle el agua; no le demos tiempo para pensar. Y prepárate para intervenir, porque ahora voy a poner toda la carne en el asador.
Morabito se bebió el vaso de un solo trago; debía de tener la garganta seca y más abrasada que su tienda.
– Tengo una curiosidad: ¿usted dispone de un arma? -preguntó el comisario, volviendo a la carga.
Morabito, que no se esperaba aquel repentino cambio de tema, se sobresaltó. El esfuerzo que hizo para contestar fue evidente. Y Montalbano comprendió que había elegido el camino adecuado.
– Sí.
– ¿Fusil, carabina, pistola, revólver?
– Un revólver.
– ¿Declarado?
– Sí.
– ¿De qué calibre?
– No lo sé. Pero es grande.
– ¿Dónde lo guarda?
– En casa. En el cajón de la mesita de noche.
– Cuando terminemos aquí, vamos a su casa.
– ¿Por qué?
– Quiero ver el revólver.
– ¿Por qué?
– Perdone, pero debe usted terminar con ese constante por qué y por qué.
El sudor había manchado la pechera de la camisa de Morabito.
– ¿Tiene calor? ¿Quiere otro pañuelo?
– Sí.
– ¿Ha utilizado recientemente el revólver? -preguntó Fazio, que había comprendido al vuelo la intención del comisario.
– No. ¿Por qué habría tenido que utilizarlo?
– ¿Nosotros qué sabemos? Tiene que decirlo usted. Por otra parte, sabremos enseguida si lo ha disparado hace poco o no.
El pañuelito se rompió entre las manos de Morabito.
– ¿C… cómo?
– Hay muchos sistemas -respondió Fazio-. Oiga, ¿ha sido víctima de tentativas de robo?
– Pues sí. En la tienda ocurre de vez en cuando que alguien…
– Lo que se llama hurto, no robo.
– No he…
– Me refería a tentativas de robo en su casa.
– No.
– ¿Nunca? -terció Montalbano, que se había tomado un descanso.
– ¿Suele tener mucho dinero en casa?
– La caja de la jornada, que ingreso en el banco al día siguiente.
– ¿Por qué no la ingresa la misma noche en el cajero automático?
– Porque dos comerciantes han sido agredidos cuando iban a ingresar la recaudación.
– O sea, que el dinero de la caja del viernes y el sábado lo ingresa usted en el banco el lunes por la mañana.
– Ss… í.
– Entonces cabe suponer que el sábado por la noche siempre tiene en casa una suma considerable.
– Sí.
– ¿Dónde suele guardar el dinero? ¿Tiene caja fuerte?
– No; en un cajón del escritorio que tengo en casa.
– ¿Vive solo?
– Sí.
– ¿Quién le arregla la casa?
– Pues mire… como viene una empresa de limpieza para el almacén, llegué a un acuerdo con ellos… -El esfuerzo que tuvo que hacer para hablar tanto lo dejó agotado. Empezó a respirar afanosamente, como si le faltara el aire.
– Señor Morabito, veo que está cansado y quisiera terminar. Conteste a mis preguntas simplemente con un sí o un no. ¿Usted descarta que el incendio haya sido doloso?
– Ss… í.
– ¿Descarta por tanto cualquier participación de los Stellino?
– Sí.
– Bien. Pues entonces sólo me queda una cosa por hacer.
– ¿Cuál?
– Convocarlo aquí mañana por la mañana a las nueve.
– ¡¿Todavía?! ¿Y para qué?
– Para un careo.
– ¿Con quién?
– Con los hermanos Stellino. Esta misma tarde los mando detener.
Gruesas lágrimas empezaron a resbalar por el rostro de Morabito. Le temblaba la papada. El temblor era tan evidente que el hombre parecía atravesado por una corriente eléctrica.
– Señor Morabito, veo que el incendio lo ha afectado mucho. Y no quiero cansarlo más. Ahora vamos a su casa a ver el revólver.
– ¡Pero es que… no… se puede!
– ¿Por qué?