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Iba a mitad de camino, y había notado que en cada cuadra había montañas de cuerpos, lo cual era muy desagradable, y en su mente solo salpicaba una pregunta:

«¿Cómo se puede llegar a ser tan miserable en la vida?» pensaba Sam.

Cuando está por llegar a la dirección que le había dado Arabelle, él nota que se acercaba una unidad militar a su lado izquierdo; Sam desesperadamente empieza a tocar la puerta del edificio que podía tratarse de la resistencia que se le había indicado; pero estos nada que abrían la puerta.

La unidad militar estaba acercándose más, y también se habían percatado de la presencia de Sam, así que ellos estaban preparando los fusiles para empezar a disparar; una vez que estaban listos para descargar la primera ráfaga, las puertas de aquel edificio fueron abiertas; pero la situación era peor de lo que podía imaginar porque se trataba de nada menos que de un cuartel Nazis.

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010 | Una entrevista inesperada

Sam es recogido inconscientemente del piso por varios militares que serían los mismos que se encargaría de llevarlo a la oficina del Reich por orden del capitán.

Cuando están casi por llegar a la oficina, Sam vuelve a estar consciente, y se da cuenta estaba siendo trasladado en la cajuela de alguna especie de transporte militar de esa época —lucia bastante extraño—. Cómo desconocía su paradero, y también a dónde iba, se acerca a la pequeña rejilla que había al frente dentro la cajuela —era lo único que conectaba visualmente con el que estuviera al volante, y también el que estuviera de copiloto—. Así que aprovecha para dirigirse al copiloto:

—¿A dónde me llevan? —preguntó Sam frunciendo la frente.
—El Reich lleva días esperándote, hacía allá vamos —respondió el copiloto.
—Esto tiene que ser un error —exclamó Sam envuelto por la confusión. 
—Toma asiento —dijo el copiloto antes de cerrar la plancha de la rejilla.

Sam toma asiento, y se convence de que el efecto de la droga quizás no duraría más que otro par de horas. Así que, Sam no tenía otra opción más que seguir el juego que era producto de sus alucinaciones.

El transporte militar detiene su curso, los militares abren lo que era la puerta de la cajuela, y lo bajan del vehículo. Sam recibe la luz del día, casi quitándole la visión porque había estado un par de horas en una cajuela sin casi iluminación —se estruja la vista intentando recobrarla—. Iba recuperando progresivamente la vista y lo poco que podía ver lo aprovechaba para observar el panorama, y se da cuenta que se trataba de alguna especie de cancillería muy en particular, y extenso.

Es escoltado por los militares hasta la oficina del Reich —solo era una fachada de lo que era la verdadera oficina—, sin embargo, esta oficina contaba con un alrededor de cuatrocientos metros cuadrados, con grandes ventanales que tenían vista a los Jardines de la cancillería. Sam estaba anonado por el diseño tan elegante de aquella oficina, había husmeado bastante para saber de qué se trataba de alguien importante, así que consideró que era hora de tomar asiento, mientras no sabía a qué o a quien debía esperar, a los cincos minutos vuelve a aparecer un sujeto, pero esta vez un oficial que pidió que lo acompañara. Él sin ponerse a la defensiva simplemente empezó a seguirlo por un pasadizo que parecía descender, o qué conducía a alguna especie de sótano. Sam inquieto se dirige al oficiaclass="underline"

—¿A dónde vamos? Me habían dicho que me estaban esperando en aquella oficina —preguntó Sam intrigado. 
—Esa oficina solo es una fachada, vamos a la verdadera oficina que está a seis metros bajo el suelo, que también es un Bunker a la vez —respondió aquél oficial con elocuencia. 
—¿Quién tendría un búnker debajo de una cancillería, ¿no es un blanco fácil? —dijo Sam con tono satírico. 
—Una persona suficientemente inteligente, de eso estoy seguro —respondió el oficial con seguridad.
—¿Estamos por llegar? —preguntó Sam.
—Sí, justo detrás de esta puerta —dijo el oficial—. Hasta aquí llego yo, el Reich quiere hablar contigo a solas.
—Gracias por el tour —dijo Sam. 
—Solo una condición —exclamó el oficial interceptando a Sam.
—¿Cuál? —preguntó Sam con curiosidad. 
—No sé qué tanto estés informado sobre la construcción de esta cancillería, pero antes de ser construida, el canciller puso como única condición: El que entra en la cancillería del Reich debe sentir que está ante la presencia de los señores del mundo —dijo el oficial con vehemencia.
—Lo tomaré en cuenta —dijo Sam indiferentemente.

Sam no podía esperar para ver de quién se podía tratar, tenía una leve especulación; pero todavía no estaba seguro de que se pudiera tratar de él. Así que con curiosidad abre la puerta, pero no encuentra a nadie en la oficina, lo cual lo tomó muy de sorpresa; pero intenta aprovechar el momento para averiguar de quién se podía tratar.

No había nada fuera de lo normal por los momentos, pero lo que si podía notar era lo estético, y el maravilloso diseño que tenía aquella oficina para estar dentro de un Búnker. Era bastante espaciosa, todo parecía estar en su lugar. No parecía casi que se tratara de un Búnker por lo iluminado que estaba. Tampoco había señal de armas, lo cual parecía bastante curioso, eso podía significar que este hombre se había ganado el respeto, y la lealtad de cada hombre que lo resguardaba a él, y a la cancillería.

Entre tanto analizar aquella oficina, hubo algo que captó mucho su atención —una bandera Nazi—, él jamás la había visto tan de cerca, y se preguntaba que podía significar, y porqué significaba mucho para ellos. Sam estaba bastante concentrando contemplando aquella bandera cuando es interrumpido por el sonido de la puerta al retiñar, puerta que había pasado desaparecido por él, durante su inspección, pero cuando voltea para ver de quién se trataba, se da cuenta que se trata de nada menos que de la persona que menos creía ver.

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—Tú... Tú eres... —dijo Sam sin poder terminar.
—Sí, soy Hitler. El tercer Reich —exclamó Hitler interrumpiendo a Sam.

011 | Una decisión importante

Quedó consternado luego de haber escuchado el nombre, nunca se imaginó que lo conocería en persona, o al menos su esencia. Era una situación tan inverosímil pero lo que no parecía encajar con su teoría, es que cómo era posible que la droga pudiera crear, esa sensación tan realista. Se preguntaba qué tipo de droga tan avanzada habían utilizado para drogarlo de tal manera.

Hitler se dirige hacia él con mucha serenidad, y empieza a contemplar la bandera del mismo modo que lo había estado haciendo Sam, y de la nada entabla una conversación:

—Simple, pero a la vez muy simbólico ¿verdad? —dijo Hitler mirándolo fijamente.
—Sí, sea lo que sea que signifique, capta mucho la atención —expresó Sam elocuentemente. 
—Veras, el significado es bastante ambiguo.... Y mucha gente desconoce que este símbolo ha pertenecido antes a muchas culturas, y religiones de antaño —dijo Hitler con vehemencia mientras volvía su mirada a la bandera. 
—Pero... ¿Para ustedes que significaba? ¿Por qué tanto orgullo en llevarla? —preguntó Sam con un tono intrigado. 
—Tomamos como emblema la esvástica para que representara la ideología de nuestro partido, en dónde declarábamos que los Arios históricos eran nuestros antepasados —explicó Hitler. 
—Sigo sin comprender. —dijo Sam confundido. 
—Lo que intento decir es que la bandera se utilizó para indicar la descendencia Ario-Germana creando así, un orgullo de pertenecer a la "raza".
—¿Porque me suena a supremacía de raza? —preguntó Sam.
—Porque de eso se trataba —afirmó Hitler—. Pero eso no tiene importancia ahora, hay cosas más importantes de las que tenemos que hablar.
—¿Cómo cuáles? Si mi memoria no falla, no tenemos nada que hablar, excepto las preguntas que tengo para hacerte —expresó Sam.