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– ¿Cómo es de largo? -pregunté, tratando de imaginarme al monstruo.

– No lo sé. Solo el cráneo debe de medir un metro o un metro veinte. -Joe pasó la mano sobre la roca que había a la derecha de la quijada y el ojo-. No veo el cuerpo.

Trozos de esquisto suelto se precipitaron por el acantilado y fueron a parar cerca de nosotros. Alzamos la vista y retrocedimos, pero no cayó nada más.

Eché un vistazo al bebé, envuelto en su capullo como una oruga. Había dejado de lloriquear y contemplaba el cielo gris con los ojos entornados. No sabía si estaba mirando las nubes que se deslizaban a toda prisa.

Playa abajo, en Charmouth, dos hombres arrastraban un bote de remos hasta la orilla para revisar las nasas. Joe y yo nos apartamos rápidamente del acantilado, como niños sorprendidos mirando un plato de pasteles. Se hallaban demasiado lejos para ver dónde estábamos o qué hacíamos, pero preferimos ser prudentes. Aunque había pocas personas que buscaran fósiles como nosotros, sin duda a la gente le interesaría algo como el cocodrilo. Y ahora lo veía con tal claridad en el acantilado, con su bosque de dientes y su ojo como un plato, que estaba segura de que pronto lo descubriría alguien más.

– Tenemos que sacar el coco -dije.

– Nunca hemos sacado algo tan grande -repuso Joe-. ¿Cómo vamos a picar un metro y pico de piedra?

Tenía razón. Yo había empleado mi martillo para extraer amos de las rocas de la playa y del acantilado, pero por lo general dejábamos que el viento y la lluvia erosionaran el acantilado y desprendieran las curis por nosotros.

– Necesitamos ayuda -dije, aunque no me gustaba reconocerlo.

Habíamos recibido mucha ayuda de los vecinos del pueblo tras la muerte de papá y no podíamos pedirles nada más sin pagar, sobre todo si tenía que ver con las curis. Fanny Miller no era la única que detestaba los fósiles.

– Preguntaremos a la señorita Elizabeth qué podemos hacer.

Joe frunció el entrecejo. Al igual que papá y mamá, siempre había desconfiado de Elizabeth Philpot. No entendía qué interés podía tener por las curis una dama como ella, ni por qué deseaba relacionarse conmigo. Cuando encontraba una curi, Joe no sentía lo mismo que la señorita Elizabeth y yo, que experimentábamos la sensación de es-lar descubriendo un mundo nuevo. Incluso entonces, ante algo tan asombroso como el cocodrilo, comenzaba a perder el entusiasmo y solo veía problemas. Yo quería hablar con la señorita Elizabeth no solo porque podía ayudarnos, sino sobre todo porque sabía que se emocionaría tanto como yo.

Estuvimos largo rato picando el cocodrilo con mi martillo y hablando de lo que íbamos a hacer. Nos quedamos tanto tiempo que nos sorprendió la marea y tuvimos que trepar por los acantilados hasta Lyme, lo que no resultó fácil con el bebé en brazos. Pobre criatura. Murió el verano siguiente. Siempre me he preguntado si el hecho de llevarlo a la playa con aquel frío lo debilitó. Claro que a mamá se le habían muerto tantos hijos que a nadie le extrañó que aquel no durara. Pero yo podría haberme quedado en casa con él y haber ido a ver el coco al día siguiente. Así es la búsqueda de fósiles: te domina, como el hambre, y solo importa lo que encuentras. E incluso una vez que lo encuentras de inmediato empiezas a buscar de nuevo porque podría haber algo mejor esperando.

Sin embargo, yo no había visto nada mejor que lo que Joe descubrió aquel día. Hizo que el rayo recorriera todo mi ser, como si despertara de un largo sueño. Me alegraba de verlo. Solo deseaba haberlo descubierto yo en lugar de Joe. Fue una sorpresa para todos que Joe encontrara un espécimen tan raro, pues no era propio de él buscar algo nuevo. Eso se me daba bien a mí. Traté de no sentir celos, pero era difícil. La gente no tardó en olvidar que había sido Joe quien lo había encontrado y en convertirlo en mi coco. Yo no los saqué de su error, y a Joe no pareció importarle. Se alegró de renunciar a la criatura y volver a ser simplemente Joe Anning en lugar de un buscador de fósiles capaz de hallar un monstruo. Era duro para él formar parte de una familia de la que se hablaba y a la que se juzgaba tanto. Si hubiera podido dejar de ser un Anning, creo que lo habría hecho. Como no podía, se guardaba para sí sus pensamientos.

A la mañana siguiente llevamos a la señorita Elizabeth a ver el cráneo. Era uno de esos días fríos y despejados que hacen que las rocas se vean con nitidez, pero no duró mucho, pues el sol invernal apenas se alzó por encima del horizonte más allá de la bahía de Lyme. A pesar del frío, no hubo que convencer a la señorita Elizabeth, que salió enseguida de casa, aunque su criada Bessy se puso a murmurar y la señorita Margaret dijo nerviosamente que los invitados que esperaban no tardarían en llegar. A medida que me hacía mayor, la señorita Margaret empezaba a parecerme un poco tonta, y prefería el carácter callado de la señorita Louise y la aspereza de la señorita Elizabeth. A esta le traían sin cuidado los invitados y quiso ver el monstruo.

Cuando llegamos al final de Church Cliffs, me quedé boquiabierta al ver con qué claridad se distinguía su contorno en la cara del acantilado. La señorita Elizabeth guardó silencio. Se quitó los guantes elegantes y se puso los de trabajo, con las puntas cortadas, para deslizar los dedos por el morro largo y puntiagudo y la masa confusa de dientes. En el extremo donde se unían las quijadas arrancó una lasca.

– Mirad -dijo-, tiene la boca un poco curvada hacia arriba como si estuviera sonriendo. ¿Te acuerdas del dibujo del cocodrilo que te enseñé en el libro de Cuvier?

– Sí, señora. ¡Pero fíjese en el ojo!

Golpeando con cuidado con el martillo dejé al descubierto una parte mayor del anillo de huesos que se superponían como gigantescas escamas de pez alrededor de un centro vacío donde debía de haber estado el globo ocular.

La señorita Elizabeth lo observó.

– ¿Estáis seguros de que eso es el ojo?

Parecía inquieta.

– No sé qué otra cosa puede ser -contestó Joe.

– No es como el ojo del dibujo de Cuvier.

– Puede que este lo tuviera malo -señalé-. Algo así como una enfermedad. O quizá el Frances no lo dibujó bien.

La señorita Elizabeth resopló.

– Solo una muchacha como tú se atrevería a poner en duda el trabajo del mejor anatomista zoológico del mundo.

Fruncí el entrecejo. No me gustaba el tal Cuvier.

Por fortuna, la señorita Elizabeth no se explayó hablando de mi estupidez, y tampoco del ojo del coco. Le preocupaban más los asuntos prácticos.

– ¿Cómo vais a sacarlo del acantilado? Debe de medir un metro veinte como mínimo.

– Tendremos que picar como nunca, ¿verdad, Joe?

Mi hermano se encogió de hombros.

– Un metro veinte de roca… ¿No será demasiado para vosotros? Necesitáis hombres que os ayuden. Hombres fuertes. -La señorita Elizabeth se quedó pensativa-. ¿Qué me decís de los hombres que están construyendo en la playa el pasaje hasta el Cobb? Tal vez ellos podrían hacerlo.

– Tal vez, señora -dije-, pero no tenemos dinero para pagarles.

– Os adelantaré el dinero. Ya me lo devolveréis cuando hayáis vendido el espécimen.

Me animé.

– Oh, ¿lo dice en serio, señorita Elizabeth? Le estaríamos muy agradecidos, ¿verdad, Joe?

Pero mi hermano no estaba escuchando.

– ¡Mary, señorita Philpot, apártense! -susurró-. ¡Viene el Capitán Curi!