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– Sonrió-. Ya te dije, mater, que en las maniobras electorales no todo se reduce al mero soborno. Apenas había ningún hombre de los que votaron que no estuviera convencido de que yo le traería suerte a Roma porque ya le había pertenecido a Júpiter Óptimo Máximo.

– Pero eso también habría podido volverse contra ti. Habrían podido sacar la conclusión de que un hombre que había sido flamen Dialis le traería mala suerte a Roma.

– ¡No! Los hombres siempre esperan que alguien les diga cómo tienen que sentirse acerca de los dioses. Sólo me aseguré de introducirme antes de que a la oposición se le ocurriera la táctica. No hay que decir que ni siquiera se les ocurrió.

Metelo Escipión no había vivido en la domus publica del pontífice máximo desde su matrimonio con Emilia Lépida varios años antes, y la estéril Licinia, esposa del Cochinillo, había muerto antes que él. La residencia oficial del pontífice máximo estaba desocupada.

Naturalmente, a ninguno de los asistentes al funeral del Cochinillo le había parecido de buen gusto comentar el hecho de que aquel único pontífice máximo no electo se lo había impuesto Sila a Roma como una broma pesada, porque Metelo Pío tartamudeaba de forma horrible siempre que se hallaba sometido a tensión. Aquella tendencia al tartamudeo había tenido como resultado que cualquier ceremonia estuviese cargada de una tensión adicional al preguntarse todos si el pontífice máximo pronunciaría como es debido todas las palabras. Porque toda ceremonia había de ser perfecta, tanto en las palabras como en la ejecución; de no salir todo perfecto, había que empezar otra vez por el principio.

No era probable que el nuevo pontífice máximo se equivocase en una sola palabra, y más cuando todo el mundo sabía que no bebía vino. Lo cual fue otra de las pequeñas estratagemas electorales de César, hacer que aquella información se barajase durante las elecciones pontificias. Y también hacer que se comentase que los hombres de edad avanzada, como Vatia Isáurico y Catulo, empezaban a chochear. Después de casi veinte años de tener que preocuparse por los tartamudeos, Roma estaba encantada de ver en el cargo a un pontífice máximo que no daría más que representaciones intachables.

Numerosos grupos de clientes y de partidarios entusiastas vinieron a ofrecerle ayuda a César para trasladarse él y su familia a la domus publica en el Foro Romano, aunque todo el barrio de Subura estaba desconsolado ante la perspectiva de perder a uno de sus más prestigiosos vecinos. En especial el viejo Lucio Decumio, que había trabajado infatigablemente por lograr todo aquello, aunque sabía que su vida nunca sería la misma cuando César se hubiera ido.

– Tú siempre serás bienvenido, Lucio Decumio -le dijo Aurelia.

– No será lo mismo -repuso el viejo con gran pesadumbre-. Siempre sabía que estabais aquí, en la puerta de al lado. Pero, ¿allí en el Foro, entre los templos y las vestales? ¡Uf!

– Anímate, querido amigo -le dijo la sesentona señora de la que Lucio Decumio se había enamorado cuando ella tenía diecinueve años-. César no piensa alquilar este apartamento ni abandonar sus habitaciones del Vicus Patricii. Dice que sigue necesitando su refugio.

¡Aquélla era la mejor noticia que Lucio Decumio oía desde hacía días!

Y allá se fue, saltando como un crío, a decirles a sus hermanos del colegio de encrucijada que César seguiría formando parte de Subura.

A César no le preocupaba lo más mínimo estar ahora firme y legalmente a la cabeza de una institución llena en su mayor parte de hombres que lo detestaban. Concluida la ceremonia de su investidura en el templo de Júpiter Optimo Máximo, convocó a los sacerdotes del colegio a una reunión que celebró allí y en aquel mismo momento. La presidió con tal eficiencia y objetividad que sacerdotes como Sexto Sulpicio Galba y Publio Mucio Escévola soltaron suspiros de encantado alivio y se preguntaron si quizás la religión del Estado se beneficiaría de la elevación de César a pontífice máximo, con todo y ser odioso políticamente. El tío Mamerco, que se estaba haciendo viejo y difícil, se limitó a sonreír; nadie sabía mejor que él lo bueno que era César para lograr que se hicieran las cosas.

Se suponía que cada dos años había que insertar veinte días extras en el calendario para mantenerlo al ritmo de las estaciones, pero una serie de pontífices máximos, como Ahenobarbo y Metelo Pío, habían descuidado esa obligación dentro del ámbito del colegio. César anunció con firmeza que en el futuro esos veinte días extras se intercalarían sin fallar. No se tolerarían excusas ni evasivas religiosas. Luego continuó diciendo que promulgaría una ley en los Comicios para intercalar cien días extras con intención de que al final el calendario y las estaciones fueran al unísono. En aquel momento estaba comenzando la estación estival, y el calendario decía que el otoño no había hecho más que terminar. Aquellos planes provocaron algunos ultrajados murmullos, pero no una oposición violenta; todos los presentes -incluido César- sabían que éste tendría que esperar hasta ser cónsul para tener alguna oportunidad de hacer que aquella ley se aprobase.

Durante una tregua en los procedimientos, César se quedó contemplando el interior del templo de Júpiter Optimo Máximo y frunció el entrecejo. Catulo seguía esforzándose por completar la reconstrucción, y las obras se habían retrasado mucho, según lo previsto una vez que se hubo levantado el revestimiento exterior. El templo era habitable, aunque nada inspirador, y carecía por completo del esplendor del antiguo edificio. Muchas de las paredes estaban enlucidas y pintadas, pero no adornadas con frescos ni con molduras apropiadas, y estaba claro que Catulo no tenía el propósito -o quizás la disposición de ánimo- de acosar a estados y príncipes extranjeros para que donasen objetos maravillosos de arte a Júpiter Óptimo Máximo como parte de su homenaje a Roma. No había estatuas macizas, ni siquiera recubiertas de oro, ni gloriosas Victorias que llevaran cuadrigas, ni pinturas de Zeuxis; ni siquiera estaba todavía la imagen del Gran Dios que sustituyese a la antigua y gigantesca figura de terracota esculpida por Vulca antes de que Roma fuera más que un niño que gateaba para subirse al escenario del mundo. Pero de momento César guardó silencio. El trabajo de pontífice máximo era vitalicio, y él aún no había cumplido treinta y siete años.

César concluyó la reunión con el anuncio de que la fiesta inaugural en el templo de la domus publica se celebraría al cabo de ocho días, y después emprendió a pie la breve bajada que llevaba desde el templo de Júpiter Optimo Máximo hasta la domus publica. Acostumbrado a la inevitable multitud de clientes que lo habían acompañado a todas partes durante tanto tiempo, y por lo tanto acostumbrado a aislarse de los parloteos, César avanzó con mayor lentitud de lo que era habitual en él sumido en sus pensamientos. Que él en verdad pertenecía al Gran Dios era indiscutible, lo que significaba que había ganado aquella elección por orden del Gran Dios. Sí, tendría que darle una pública patada en el culo a Catulo, y ocupar la mente en el urgente problema de cómo llenar el templo de Júpiter Óptimo Máximo de belleza y tesoros en unos tiempos en los que lo mejor de todo iba a parar a las casas privadas y a los jardines peristilos en lugar de a los templos de Roma, y en los que los mejores artistas y artesanos obtenían ingresos mucho mayores trabajando para particulares que para el Estado, que sólo estaba dispuesto a pagarles una miseria por ocuparse de los edificios públicos.

Había dejado la entrevista más importante para el final, pues estimaba que era mejor establecer su autoridad dentro del Colegio de los Pontífices antes de ir a ver a las vírgenes vestales. Todos los colegios sacerdotales y augurales formaban parte de su responsabilidad como titular y cabeza de la religión romana, pero el Colegio de las Vírgenes vestales disfrutaba de una relación única con el pontífice máximo. No sólo era su paterfamilias, sino que además compartía una casa con ellas.