—Es para lanzarlo —dijo el montaraz—. La anchura de más en la punta equilibra el peso del puño. Y el peso combinado de ambos ayuda a dirigir el puñal a su destino cuando lo lanzas. Mira.
Su mano se movió suave y veloz al puñal de hoja ancha en su cintura. Lo liberó de la vaina con un leve tirón y, en un movimiento fluido, lo envió dando vueltas hacia un árbol cercano.
El puñal se clavó en la madera con un satisfactorio ¡zac! Will miró a Halt, impresionado con la habilidad y velocidad del montaraz.
—¿Cómo has aprendido a hacer eso? —preguntó.
Halt le miró.
—Práctica.
Dirigió un gesto a Will para que inspeccionara el segundo puñal.
Era más largo. La empuñadura mostraba la misma construcción de discos de cuero y llevaba una corta guarda robusta. La hoja era pesada y recta, afilada en un lado, gruesa y tosca en el otro.
—Este es para cuando el enemigo se acerque demasiado —dijo Halt—. Aunque si tienes algo de arquero, nunca lo hará. Está equilibrado para lanzarlo, pero también puedes bloquear el ataque de una espada con esa hoja. Es obra de los acereros más refinados del reino. Cuídalo y mantenlo afilado.
—Lo haré —dijo el aprendiz en voz baja, mientras admiraba el puñal en sus manos.
—Es similar a lo que los skandians llaman un cuchillo saxe —le dijo Halt. Will torció el gesto ante un nombre que no conocía y Halt continuó su explicación—: Es tanto un arma como una herramienta, originalmente un sea axe, un hacha de mar, pero con los años las palabras se han ido fundiendo para convertirse en saxe. Claro está —añadió—, la calidad de nuestro acero es muy superior a la del suyo.
Will estudió el cuchillo más de cerca, contempló el débil tinte azul en la hoja, sintió el perfecto equilibrio. Con su guarda de cuero y latón, el puñal podía ser sencillo y funcional en apariencia, pero se trataba de un arma excelente y, notó Will, muy superior a las torpes espadas, en comparación, que portaban los guerreros del castillo de Redmont.
Halt le mostró cómo atarse la vaina doble al cinto de forma que su mano cayese de modo natural sobre las empuñaduras de los cuchillos.
—Ahora —dijo—, todo cuanto has de hacer es aprender a usarlas. Y ya sabes lo que eso significa, ¿no?
Will asintió con la cabeza, sonriendo.
—Mucha práctica —dijo.
Capítulo 11
Sir Rodney se apoyó en la valla de madera que rodeaba la zona de prácticas mientras observaba a los nuevos cadetes de la Escuela de Combate en su instrucción de armas. Se rascó la barbilla pensativo mientras escrutaba a los veinte nuevos reclutas, pero siempre volvía la vista a uno en particular, el muchacho alto de anchos hombros de la Sala, a quien Rodney había seleccionado en la Elección. Pensó un instante, mientras buscaba el nombre del chico. Horace. Eso era.
La instrucción tenía un formato estándar. Cada muchacho, que vestía una cota de malla y un casco y llevaba un escudo, permanecía frente a un poste de madera acolchado de la altura de un hombre. Rodney creía que no tenía sentido practicar el uso de la espada si no se iba cargado con escudo, casco y armadura, como sería el caso en una batalla. Pensaba que era mejor que los chicos se habituaran a las restricciones de la armadura y el peso del equipo desde el principio.
Además del escudo, el casco y la malla, cada muchacho sostenía asimismo una espada de prácticas suministrada por el armero. Estaban hechas de madera y se parecían poco a una espada de verdad, aparte de la empuñadura de cuero y la cruceta. De hecho, eran bastones largos, elaborados de nogal seco, curtido. Pero tenían un peso muy similar al de una hoja de acero fino, y las empuñaduras estaban lastradas para aproximarse al peso y el equilibrio de una espada de verdad.
Con el tiempo, los reclutas avanzarían hasta practicar con auténticas espadas, aunque con puntas y bordes romos. Pero para eso aún faltaban unos meses y, llegado ese momento, los reclutas menos aptos habrían sido descartados. Era bastante normal que al menos un tercio de los solicitantes de la Escuela de Combate abandonara el duro entrenamiento en los primeros tres meses. En ocasiones era por decisión del muchacho, pero en otras se debía al criterio de sus instructores o, en casos extremos, del propio sir Rodney. La Escuela de Combate era severa y el nivel, estricto.
El patio de prácticas repicaba con el ruido de la madera contra el grueso cuero curtido por el sol del acolchado de los postes de entrenamiento. Al mando del patio, el maestro de instrucción, sir Karel, ordenaba a voces los golpes habituales que se iban practicando.
Cinco cadetes de tercer año bajo la dirección de sir Morrón, un instructor ayudante, se desplazaban entre los muchachos, mientras atendían al detalle los golpes básicos de la espada: corrigiendo un mal movimiento aquí, cambiando el ángulo de un golpe allá, asegurándose de que el escudo de otro muchacho no bajase demasiado cuando golpeaba.
Se trataba de un trabajo aburrido y repetitivo bajo el ardiente sol de la tarde. Pero necesario. Aquéllos eran los movimientos fundamentales por los que estos chicos bien podrían vivir o morir en un futuro y era vital que estuvieran totalmente arraigados para ser instintivos.
Era ese pensamiento lo que mantenía a Rodney observando a Horace, Mientras Karel gritaba la cadencia básica, Rodney se había fijado en que Horace añadía un golpe ocasional a la secuencia, y lo conseguía sin retrasarse en la sincronización.
Karel acababa de comenzar otra secuencia y sir Rodney se inclinó atento hacia delante, con la mirada fija en Horace.
—¡Estocada! ¡Golpe lateral! ¡Revés lateral! ¡Descendente! —ordenaba el maestro de instrucción—. ¡Revés descendente!
¡Y allí estaba otra vez! Según Karel ordenaba el golpe de revés descendente, Horace lo soltaba pero después, casi al momento, cambiaba a un golpe de revés lateral, permitiendo que el primer golpe rebotara contra el poste para prepararle de forma instantánea para el segundo. Liberaba el golpe con una fuerza y velocidad tan sensacionales que, en el combate real, el resultado habría sido devastador. El escudo de su oponente, levantado para detener el golpe descendente, nunca podría haber respondido con la suficiente rapidez para proteger las costillas descubiertas del veloz golpe lateral que venía a continuación. Durante los últimos minutos, Rodney había advertido que el aprendiz estaba añadiendo esos golpes de más a su rutina. Lo vio al principio por el rabillo del ojo: una leve variación en el patrón estricto de la instrucción, un veloz latigazo de movimiento extra que iba y venía casi demasiado rápido para percibirlo.
—¡Descanso! —ordenó entonces Karel, y Rodney se fijó en que, mientras que la mayoría de los chicos dejaba caer sus armas y se quedaba al descubierto, Horace mantenía su posición de guardia, con la punta de la espada ligeramente por encima del nivel de su cintura y los dedos de los pies en movimiento continuo como para no perder su propio ritmo natural.
Al parecer, alguien más se había percatado del golpe extra de Horace. Sir Morton hizo acercarse con señas a uno de los cadetes mayores y habló con él mientras realizaba rápidos gestos en dirección a Horace. El recluta de primer año, con la atención concentrada aún en el poste de entrenamiento que era su enemigo, no percibió el cambio. Levantó la vista asustado cuando el cadete veterano se le acercó y le gritó.
—¡Eh, tú! El del poste catorce. ¿Qué crees que estás haciendo?
La mirada en el rostro de Horace denotaba perplejidad —y preocupación—. Ningún recluta de primer año disfrutaba ganándose la atención de los instructores o sus ayudantes. Todos eran demasiado conscientes de esa tasa de bajas del treinta por ciento.