«¡Queremos una zarina autócrata, no queremos al Alto Consejo secreto!», grita uno de los oficiales, arrodillándose ante ella. Ana Ivánovna, actriz consumada, finge estar sorprendida. Parece descubrir de pronto que se han aprovechado de su buena fe. ¡Creyendo actuar por el bien de todos al renunciar a una parte de sus derechos, resulta que no ha hecho sino servir a los intereses de un puñado de ambiciosos y malvados! «¡Cómo! -exclama-. ¿La carta que firmé en Mitau no respondía a los deseos de toda la nación?» De repente, los oficiales dan un paso al frente, como en una parada militar, y declaran al unísono: «¡No permitiremos que se le impongan leyes a nuestra soberana! Somos vuestros esclavos, pero no podemos tolerar que unos rebeldes se permitan dirigiros. ¡Decid una palabra y arrojaremos sus cabezas a vuestros pies!»
Ana Ivánovna se domina para no estallar de alegría. En un abrir y cerrar de ojos, su triunfo la resarce de todas las vejaciones pasadas. Creían que la habían engañado y es ella la que está haciendo morder el polvo a sus enemigos, los verjovniki. «Ya no me siento segura aquí -declara, fulminando con la mirada a los dignatarios desleales. A continuación, se vuelve hacia los oficiales y añade-: ¡Obedeced solamente a Simón Andréievich Saltikov!»
Se trata del hombre al que nombró hace unos días teniente coronel. Los oficiales profieren vivas que hacen temblar los cristales. Con una sola frase, esa mujer de carácter ha barrido al Alto Consejo secreto. Así pues, es digna de guiar a Rusia hacia la gloria, la justicia y la prosperidad.
Para cerrar esta «sesión de verdades», la emperatriz manda leer en voz alta el texto de la carta. Después de cada artículo, hace la misma pregunta: «¿Es eso conveniente para la nación?» Y todas las veces, los oficiales responden gritando: «¡Viva la soberana autócrata! ¡Muerte a los traidores! ¡Despedazaremos a cualquiera que le niegue este título!»
Ratificada por plebiscito antes de ser coronada, Ana Ivánovna concluye en un tono sosegado que contrasta con su imponente figura de matrona: «¡Entonces, este papel no sirve para nada!» Y, mientras es saludada por los hurras de la multitud, rasga el documento y arroja los trozos a sus pies. [23]
A la salida de esta reunión tumultuosa, que ella considera su verdadera coronación, la emperatriz, seguida de la cohorte cada vez más numerosa de oficiales de la Guardia, se presenta ante los miembros del Alto Consejo, que han preferido retirarse para no asistir al triunfo de la mujer a quien han intentado cortar las alas y que acaba de abofetearlos hasta hacerlos sangrar. El abatimiento sume en el mutismo a la mayoría de los consejeros, pero Dimitri Golitsin y Vasili Dolgoruki se vuelven hacia la masa de los opositores y reconocen públicamente su derrota: «¡Hágase la voluntad de la Providencia!», dice con filosofía Dolgoruki.
Los vítores se repiten. El «día de los incautos» ha terminado. Cuando tomar partido ya no entraña ningún peligro, Ósterman, que había pretextado estar gravemente enfermo y tener que guardar cama por prescripción de los médicos, aparece de repente, fresco como una rosa y más alegre que unas castañuelas; después de felicitar a Ana Ivánovna, le jura una adhesión indefectible y le anuncia discretamente que se dispone a iniciar, en nombre de Su Majestad, un proceso contra los Dolgoruki y los Golitsin. Ana Ivánovna sonríe con una satisfacción despreciativa. ¿Quién había osado pensar que ella no era de la casta de Pedro el Grande? Acaba de demostrar lo contrario. Y esta mera idea la colma de orgullo.
Una vez hecho lo más duro, se prepara para la coronación sin sentir una emoción especial. Hay que atrapar las oportunidades al vuelo. Por orden suya, la ceremonia de la coronación tiene lugar dos semanas más tarde, el 15 de marzo de 1730, con el esplendor habitual, en la catedral de la Asunción, en el Kremlin. Catalina I, Pedro II, Ana Ivánovna…, los soberanos de Rusia se suceden a un ritmo tan rápido que el vals de las «majestades» produce vértigo. Con esta nueva emperatriz, es la tercera vez en seis años que los moscovitas son llamados a aclamar el cortejo que desfila por sus calles con motivo de un advenimiento al trono. Pero, por acostumbrados que estén a estos fastos, no dejan de expresar el entusiasmo y la veneración que sienten por su «madrecita».
Entre tanto, Ana Ivánovna no ha perdido el tiempo. Ha empezado por nombrar general en jefe y gran maestro de la corte a Simón Andréievich Saltikov, que tan bien ha servido a su causa, y por confinar en sus tierras al excesivamente turbulento Dimitri Mijaílovich Golitsin para que haga penitencia. Y, sobre todo, se ha apresurado a enviar un emisario a Mitau, donde Bühren espera con impaciencia la señal liberadora. Inmediatamente, éste se pone en camino hacia Rusia.
En la vieja capital, sin embargo, los festejos de la coronación prosiguen con fastuosos espectáculos de pirotecnia. Pero la centelleante luminiscencia de los fuegos artificiales no tarda en ser combatida por una aurora boreal de una potencia desacostumbrada. Súbitamente, el horizonte se incendia. El cielo resplandece, como inyectado en sangre. Entre el pueblo, algunos se aventuran a hablar de un mal presagio.
Capítulo cinco
Ana Ivánovna, casada a los diecisiete años con el duque Federico Guillermo, que dejó en la corte el recuerdo de un príncipe pendenciero y borracho, y retirada con su esposo en Annenhof, en Curlandia, se quedó viuda unos meses después de haber partido de Rusia. Más tarde se trasladó a Mitau, donde vivió desamparada y con estrecheces. Durante esos años en los que el mundo entero parecía haber olvidado su existencia, un hidalgüelo de origen westfaliano, Johann Ernst Bühren, permaneció constantemente a su sombra. Éste reemplazó a su primer amante, Piotr Bestújiev, que era el protegido de Pedro el Grande. Como sucesor de Piotr Bestújiev, Johann Ernst Bühren, de escasa instrucción pero de ambición ilimitada, se ha mostrado muy eficiente en los trabajos diurnos, en el despacho, y en los nocturnos, en la cama de Ana. Ella está tan dispuesta a escuchar sus consejos como a recibir sus caricias. Bühren la libera de todas las complicaciones que teme y le proporciona todos los placeres que desea. Aunque el verdadero apellido del personaje es Bühren y aunque su familia lo haya adaptado al ruso convirtiéndolo en Biren, él prefiere llamarse Biron, un patronímico de resonancia francesa. Este nieto de un palafrenero de Jacobo de Curlandia afirma tener una ascendencia muy honorable y no duda en declararse emparentado con las nobles familias francesas de Biron. Ana Ivánovna le cree a ojos cerrados. Por lo demás, está tan unida a él que descubre cientos de similitudes en la manera que ambos tienen de encarar la vida. Esta comunión en los gustos se manifiesta hasta en los detalles de su comportamiento íntimo. Al igual que su imperial amante, a Bühren le encanta el lujo, pero no es muy escrupuloso en materia de limpieza moral o corporal. Ana, mujer con sentido común y buena salud, no se ofende por nada e incluso aprecia que Bühren huela a sudor y a establo y que su lenguaje sea de una rudeza teutona. Tanto en la mesa como en la cama, ella se inclina por las satisfacciones sustanciales y los olores fuertes. Le gusta comer, le gusta beber, le gusta reír. Muy alta, de vientre voluminoso y pecho opulento, sobre su cuerpo recubierto de grasa se alza un rostro hinchado, abotargado, coronado por una abundante cabellera oscura e iluminado por unos ojos de un azul muy vivo, cuya audacia desarma a su interlocutor antes de que ella haya pronunciado una palabra. Su pasión por los vestidos de colores chillones, con numerosos dorados y bordados, es comparable a su desdén por las aguas de colonia que se utilizan en la corte. Los que la rodean afirman que se empeña en limpiarse la piel con mantequilla fundida. Otra contradicción de su carácter: aunque le encantan los animales, experimenta un placer sádico matándolos e incluso torturándolos. Inmediatamente después de ser coronada e instalarse en San Petersburgo, ha hecho disponer escopetas cargadas en todas las estancias del palacio de Invierno. A veces, dominada por un deseo irresistible, se acerca a una ventana, la abre, apunta con un arma a un pájaro que pasa volando y dispara contra él. Mientras el ruido de las detonaciones y el humo de la pólvora invade sus aposentos, llama a sus damas de honor, sobresaltada, y las obliga a imitarla amenazándolas con despedirlas. Siempre ávida de hazañas, se enorgullece de poseer tantos caballos como días tiene el año. Todas las mañanas pasa revista a sus cuadras y su perrera con la satisfacción de un avaro haciendo el inventario de su tesoro. Pero también se divierte con peonzas sonoras holandesas y, a través de su representante en Amsterdam, compra fardos de un cordel especial para fabricar los látigos que se emplean para hacerlas girar. Idéntico entusiasmo manifiesta por las sedas y las baratijas que encarga en Francia. Para ella, todo cuanto deleita el ánimo y excita los nervios no tiene precio. En cambio, no siente ninguna necesidad de cultivarse leyendo libros o escuchando hablar a presuntos sabios. Glotona y perezosa, se deja llevar por sus instintos y aprovecha el menor momento libre para disfrutar de una siesta. Tras dormitar una hora, convoca a Bühren, firma negligentemente los papeles que él le presenta y, cumplidas así sus obligaciones imperiales, abre la puerta de su habitación, llama a voces a las damas de honor, que bordan en la estancia contigua, y exclama alegremente: