Los domingos, los seis bufones preferidos de Ana Ivánovna tienen orden de permanecer en fila en la gran sala del palacio, en espera de que acabe la misa que reúne a toda la corte. Cuando la emperatriz y su séquito pasan por delante de ellos al regresar de la iglesia, los bufones, en cuclillas uno junto a otro, imitan a las gallinas en trance de poner huevos y profieren cómicos cacareos. Para hacer más estimulante el espectáculo, les tiznan la cara con carbón y les ordenan que se pongan zancadillas unos a otros y se peguen hasta hacerse sangre. Viendo sus contorsiones, la inspiradora del juego y sus fieles se tronchan de risa. Los bufones de Su Majestad gozan de ventajas materiales demasiado importantes para que el cargo no esté solicitado. Descendientes de grandes familias, como Alexéi Petróvich Apraxin, Nikita Fiódorovich Volkonski e incluso Mijaíl Alexéievich Golitsin, no vacilan en demandar este empleo. La voz cantante la lleva el bufón profesional Balakíriev, pero, cuando tarda en ejecutar payasadas, la emperatriz lo hace apalear para reavivarle la inspiración. También forman parte de este grupo el violinista Pedrillo, que rasca las cuerdas de su instrumento haciendo muecas sin parar, y D’Acosta, un judío portugués políglota que anima a sus compinches a latigazos. El pésimo poeta Trediakovski es invitado a leer ante Su Majestad un poema eroticoburlesco del que es autor. Así relata en una carta esta audiencia de consagración literaria: «He tenido el honor de leer mis versos ante Su Majestad imperial, y, tras la lectura, he gozado del insigne favor de recibir una graciosa bofetada de la propia mano de Su Majestad imperial.» [28]
Sin embargo, las estrellas de la compañía cómica que rodea a Balakíriev son los enanos, las enanas y los lisiados de ambos sexos, a los que llaman por sus apodos: beznoshka (la mujer sin piernas), gorbushka (la jorobada). La atracción que siente la zarina por la extrema fealdad física y la aberración mental es, dice ella, su manera de interesarse por los misterios de la naturaleza. A semejanza de su antepasado Pedro el Grande, afirma que el estudio de las malformaciones del ser humano ayuda a comprender la estructura y el funcionamiento de los cuerpos y las mentes normales. Así, rodearse de monstruos es una manera como otra de servir a la ciencia. Además, según Ana Ivánovna, el espectáculo de los infortunios de otros refuerza en uno el deseo de mantenerse sano.
Entre la galería de monstruos humanos de la que la emperatriz se enorgullece, su predilecta es una vieja calmuca canija, cuya fealdad horroriza hasta a los sacerdotes, pero que no tiene igual cuando se trata de hacer visajes hilarantes. Un día, la calmuca declara, en broma, que le gustaría mucho casarse. Este deseo inspira inmediatamente a la zarina, que idea una farsa de una morbosidad excitante. Si bien todos los que componen el pequeño grupo de bufones de la corte son expertos en payasadas y chocarrerías, algunos no son, en sentido estricto, deformes. Tal es el caso de un anciano noble, Mijaíl Alexéievich Golitsin, cuya posición de «bufón imperial» le garantiza una sinecura. Viudo desde hace unos años, súbitamente se le informa de que Su Majestad le ha encontrado una nueva esposa y que, en su extrema bondad, está dispuesta a hacerse cargo de la organización y los gastos de la ceremonia nupcial. Como la emperatriz tiene fama de ser una «casamentera» infatigable, no es cuestión de pedir explicaciones. Sin embargo, los preparativos de este enlace parecen como mínimo inusuales. Siguiendo las instrucciones de la zarina, Volynski, el ministro del Gabinete, hace construir a toda prisa a orillas del Nevá, entre el palacio de Invierno y el Almirantazgo, una gran casa hecha de bloques de hielo que los obreros unen entre sí mediante aspersiones de agua caliente. El edificio, de veinte metros de largo, siete de ancho y diez de alto, se halla rematado en la parte superior por una galería con columnata y estatuas. Una escalinata con balaustrada conduce a un vestíbulo, tras el cual se encuentran los aposentos reservados a la pareja. Hay un dormitorio amueblado con una gran cama blanca, guarnecida de colgaduras, almohadas y colchón, todo esculpido en hielo. Al lado, un cuarto de aseo, tallado también en hielo, da fe del interés de Su Majestad por la comodidad íntima de sus «protegidos». Más allá, un comedor de aspecto igualmente polar, pero abundantemente provisto de manjares variados y vajilla de gala, espera a los invitados para un festín soberbio y aterido. Delante de la casa hay cañones de hielo y balas hechas del mismo material, un elefante de hielo que, según dicen, puede escupir agua helada a ocho metros de altura, y dos pirámides de hielo en cuyo interior están expuestas imágenes humorísticas y obscenas para calentar a los visitantes. [29]
Por orden expresa de Su Majestad, representantes de todas las razas del imperio, vestidos con sus trajes nacionales, son invitados a asistir a la gran fiesta dada para celebrar la boda de los bufones. El 6 de febrero de 1740, una vez celebrada en la iglesia la bendición ritual del infortunado Mijaíl Golitsin y la vieja calmuca contrahecha, un cortejo de carnaval, parecido a los que le gustaban a Pedro el Grande, se pone en marcha al son del repiqueteo de las campanas. Ostiakos, kirguises, fineses, samoyedos y yakutos, orgullosos de sus trajes tradicionales, desfilan por las calles ante la mirada atónita de la muchedumbre, que ha acudido de todas partes atraída por el anuncio del espectáculo gratuito. Algunos de los participantes en la mascarada montan caballos de una especie desconocida en San Petersburgo; otros van a horcajadas sobre un ciervo, un perro de gran tamaño o un macho cabrío, o se pavonean, risueños, a lomos de un cerdo. Los recién casados, por su parte, se desplazan sobre un elefante. Tras pasar por delante del palacio imperial, la procesión se detiene frente al «picadero del duque de Curlandia», donde se sirve una comida a todos los presentes. El poeta Trediakovski recita un poema cómico y, ante los ojos de la emperatriz, de la corte y del «joven matrimonio», unas parejas ejecutan unas danzas folclóricas, acompañadas por los instrumentos típicos de sus regiones.
Finalmente, al caer la noche parten, alegres pero de forma ordenada, hacia la casa de hielo, que, en la oscuridad crepuscular, resplandece a la luz de miles de antorchas. Su Majestad en persona se ocupa de que los casados se acuesten en la gélida cama y se retira con una sonrisa pícara. Unos centinelas son apostados de inmediato delante de todas las salidas, para impedir que los tortolitos salgan de su nido de amor y hielo antes del amanecer.