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Por supuesto, la atención de Ana Ivánovna se dirige primero hacia la patria de su corazón, Alemania. Tan sólo en esa tierra de disciplina y virtud se encuentran esposos y esposas dignos de reinar en la bárbara Moscovia. Carlos Gustavo de Loewenwolde, encargado de descubrir al mirlo blanco en una pajarera repleta de soberbios gallos, hace una gira de inspección y, a su regreso, recomienda a Su Majestad la candidatura del margrave Carlos de Prusia o la del príncipe Antonio Ulrico de Bevern, de la casa de Brunswick, cuñado del príncipe heredero de Prusia. Su preferencia personal se decanta hacia el segundo, mientras que Ósterman, especialista en política exterior, se inclina por el primero. Se sopesan ante Ana Ivánovna las ventajas y los inconvenientes de los dos contrincantes sin consultar a la interesada, pese a que tendría algo que decir, pues ya ronda los veinte años. A decir verdad, en esta maquinación politicoconyugal, la emperatriz sólo persigue un objetivo: conseguir que su sobrina traiga cuanto antes un hijo al mundo a fin de nombrarlo heredero de la corona, lo que atajaría toda veleidad de maniobrar en favor de otro pretendiente. Pero ¿cuál es más capaz de dejar embarazada rápidamente a la dulce Ana Leopóldovna, el margrave Carlos de Prusia o el príncipe Antonio Ulrico? Ante la duda, se invita a Antonio Ulrico para presentarlo a Su Majestad. A la emperatriz le basta una mirada para evaluar las aptitudes del pretendiente: un buen muchacho, fino y blandengue. Desde luego, no es lo que le conviene a su sobrina, ni tampoco al país. Sin embargo, el omnisciente Bühren se esfuerza en alabar sus cualidades. Por otro lado, el tiempo apremia, pues la joven empieza a causar problemas: se ha enamorado del conde Carlos Mauricio de Lynar, ministro sajón en San Petersburgo. Afortunadamente, el rey de Sajonia ha llamado al diplomático y lo ha designado para otro puesto. Ana Leopóldovna, desesperada, ha encontrado inmediatamente otra pasión. Esta vez se trata de una mujer: la baronesa Julia Mengden. No tardan en volverse inseparables. ¿Hasta dónde llega su intimidad? En la corte y en las embajadas se cotillea: «La pasión de un hombre por una nueva amante es, en comparación, un simple juego», señala el ministro inglés Edward Finch. [30] En cambio, el ministro prusiano Axel de Mardefeld, más escéptico, escribirá en francés a su rey: «Siendo incomprensible para todo el mundo la fuente de la inclinación sobrenatural de la gran duquesa [Ana Leopóldovna] por Julieta [Julia Mengden], no me sorprende que el público acuse a esta muchacha de compartir los gustos de la famosa Safo. […] Una sucia calumnia […], pues, ante tales imputaciones, la difunta emperatriz hizo someter a un examen riguroso a esta señorita […], y el informe de la comisión le fue favorable, según el cual es mujer en todas las formas, sin ninguna apariencia hombruna.» [31] Ante el peligro de esta desviación amorosa, Ana Ivánovna decide que no es oportuno seguir vacilando. Es preferible un mal casamiento que una espera prolongada. En cuanto a los sentimientos de la doncella, a Su Majestad le importan un comino. Esa personita, cuya gracia e inocencia al principio la habían cautivado, se ha vuelto en unos años tan torpe, exigente y obstinada que le resulta decepcionante. En realidad, si la adoptó no fue para contribuir a su felicidad, como ha repetido cientos de veces, sino para apartar del trono a la zarevna Isabel Petrovna, a quien ha tomado inquina. Para ella, Ana Leopóldovna sólo tiene valor como suplente, como instrumento para salir del paso o, puestos a decirlo todo, como vientre ocasional. Así que, ¡que se conforme con Antonio Ulrico como esposo! ¡Hasta demasiado guapo es para una cabeza hueca como ella!

A pesar de las lágrimas de la prometida, el 14 de julio de 1739 se celebra la boda. El fasto del baile que sigue a la bendición nupcial deslumbra hasta a los diplomáticos más gruñones. La joven casada luce un vestido de tisú de plata bordado. Una corona de diamantes reluce sobre su cabellera castaña, recogida en gruesas trenzas. Sin embargo, no es ella la protagonista de la fiesta. Con su traje de cuento de hadas, da la impresión de hallarse perdida en medio de un grupo con el que no tiene nada que ver. Entre todos esos rostros alegres, el suyo está impregnado de melancolía y resignación. La persona que la eclipsa por su belleza, su sonrisa y su aplomo es la zarevna Isabel Petrovna, a quien, en cumplimiento del protocolo, no ha habido más remedio que sacar temporalmente de su retiro de Ismailovo. Ataviada con un vestido rosa y plata generosamente escotado, y luciendo las joyas de su madre, la difunta emperatriz Catalina I, se diría que es ella, y no la joven novia, quien está disfrutando del día más feliz de su vida. Incluso Antonio Ulrico, el flamante y tan poco apreciado esposo de Ana Leopóldovna, sólo tiene ojos para la zarevna, la invitada de más, cuando supuestamente esta ceremonia significa su derrota. La zarina, obligada a constatar el triunfo de su rival a medida que pasan las horas, detesta todavía más a esa criatura con la que creía haber acabado pero que sigue levantando cabeza. En cuanto a Ana Leopóldovna, sufre el tormento de no ser sino una marioneta cuyos hilos maneja su tía. Lo que la horroriza por encima de todo es la perspectiva de la experiencia que la espera en la cama, cuando las luces del baile se hayan apagado y los bailarines se hayan dispersado. Víctima expiatoria, sabe que a ninguno de los que fingen alegrarse de su suerte le preocupa su amor, ni siquiera su placer. Ella no está allí para ser feliz, sino para ser fecundada.

Cuando el momento tan temido llega, las damas más ilustres y las esposas de los principales diplomáticos extranjeros acompañan en cortejo a Ana Leopóldovna a la cámara nupcial, donde permanecen, como es tradicional, hasta que ella se mete en la cama. No se trata, ni mucho menos, del mismo ceremonial que el reservado tiempo atrás por Ana Ivánovna a sus dos bufones, condenados a tiritar toda la noche en la «casa de hielo». Y sin embargo, el efecto es idéntico para la joven, que, casada a la fuerza por la zarina, se siente congelada hasta la médula, no de frío sino de miedo, al pensar en el triste destino que la espera junto a un hombre al que no ama. Cuando finalmente las damas de su séquito se retiran, el pánico se apodera de ella y, burlando la vigilancia de las doncellas, huye a los jardines del palacio de Verano. Allí pasará sola, llorando y suspirando, su primera noche de bodas.

Informados de esta escandalosa espantada conyugal, la zarina y Bühren convocan a la desdichada y, relevándose en las súplicas, los razonamientos y las amenazas, exigen que cumpla con su deber sin tardanza. Algunas damas de honor, agazapadas en la habitación contigua, observan la escena por la ranura de la puerta. En lo más acalorado de la discusión, ven a la zarina, roja de ira, abofetear con todas sus fuerzas a su recalcitrante sobrina.

La lección dará sus frutos: un año más tarde, el 23 de agosto de 1740, Ana da a luz a un niño, que es inmediatamente bautizado con el nombre de Iván Antónovich. La zarina, aquejada desde hace unos meses de una dolencia difusa cuya causa los médicos no acaban de precisar, experimenta una súbita mejoría al enterarse de la «gran noticia». Rebosante de júbilo, exige que toda Rusia exulte por ese nacimiento providencial. Acostumbrados a obedecer y a fingir, sus súbditos, como siempre, se deshacen en bendiciones. Sin embargo, no pocas mentes perspicaces se plantean muchas preguntas. ¿Con qué derecho un retoño de pura sangre alemana, puesto que es Brunswick-Bevern por parte paterna y Mecklemburgo-Schwerin por parte materna, y su único vínculo con la dinastía de los Románov es a través de su tía abuela Catalina I, esposa de Pedro el Grande, también de origen polacolivonio, se ve promovido desde la cuna al rango de heredero auténtico de la corona? ¿En nombre de qué ley, de qué tradición nacional se arroga la zarina Ana Ivánovna el poder de designar su sucesor? ¿Cómo es que no tiene a su lado un consejero lo bastante respetuoso con la historia de Rusia para evitar que tome una iniciativa tan sacrílega? No obstante, como de costumbre, los comentarios desagradables se silencian ante las bruscas decisiones de Bühren, que, pese a ser alemán, afirma saber mejor que ningún ruso lo que le conviene a Rusia. Él había pensado vagamente en casar a su propio hijo, Peter, con Ana Leopóldovna. Sin embargo, al haber fracasado este proyecto a causa de la reciente unión de la princesa con Antonio Ulrico, el favorito se ha ocupado de asegurar de una manera indirecta su futuro a la cabeza del Estado. Y le parece tanto más urgente hacer avanzar sus peones en el tablero cuanto que la enfermedad de Su Majestad se agrava de día en día. Se teme que padezca una afección renal, complicada por los efectos de la menopausia. Los médicos apuntan a la «enfermedad de la piedra».

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[30] Véase Daria Olivier, op. cit.

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[31] Carta del 10 de diciembre de 1740, citada por K. Waliszewski, op. cit.