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Isabel no sólo considera que es su deber enriquecer su capital con bellos edificios y sus aposentos con cuadros dignos de las galerías de Versalles, sino que también ambiciona, pese a que raramente abre un libro, iniciar a sus compatriotas en los deleites del espíritu. Dado que habla bastante bien francés, se decide a intentar escribir versos en esta lengua que entusiasma a todas las cortes europeas, pero enseguida le parece que el ejercicio es superior a sus fuerzas. En contrapartida, fomenta los espectáculos de ballet, que a su entender son un modo divertido de fomentar la cultura en general. La mayoría los dirige su maestro de danza, Landet. Pero, todavía más que las veladas teatrales, son los innumerables bailes de sociedad los que brindan a las mujeres la ocasión de exhibir sus atavíos más elegantes. Sin embargo, durante estas reuniones apenas hablan, ni entre sí ni con los invitados masculinos. Mudas y tiesas, alineadas a un lado de la sala, evitan dirigir la vista hacia los caballeros alineados enfrente. Más tarde, las evoluciones de las parejas son también de una decencia y una lentitud adormecedoras. «La frecuente y siempre uniforme reiteración de estos placeres se vuelve enseguida fastidiosa», escribirá el malicioso caballero de Éon. En cuanto al marqués de L’Hôpital, le hará a su ministro, el duque de Choiseul, el siguiente comentario: «Del aburrimiento, ni os hablo. ¡Es inenarrable!»

Isabel trata de combatir este aburrimiento alentando las primeras representaciones teatrales en Rusia. Autoriza la instalación en San Petersburgo de una compañía de actores franceses, mientras que el Senado concede al alemán Hilferding el privilegio de montar comedias y óperas en las dos capitales. Además, los días de fiesta se ofrecen al público, en San Petersburgo y en Moscú, espectáculos populares rusos. Se representa, entre otros, El misterio de la Natividad. Sin embargo, por respeto a los dogmas ortodoxos, Isabel prohíbe que la Virgen María aparezca con los rasgos de una actriz ante los espectadores. Cada vez que la madre de Dios toma la palabra, sacan un icono al escenario. Por lo demás, como medida preventiva, está prohibido representar obras, aunque sean de inspiración religiosa, en las viviendas particulares. En esta época, un joven actor llamado Alexandr Sumarókov obtiene un gran éxito con una tragedia en lengua rusa, Jorev. Se habla también, como de una novedad increíble, de la construcción en provincias, en Yaroslavl, de un teatro de mil plazas fundado por un tal Fiódor Grigórievich Vólkov, que hace representar en él obras suyas en verso y en prosa. Muchas veces las interpreta él mismo. Isabel, sorprendida ante el súbito entusiasmo de la elite rusa por el arte teatral, se siente inclinada a la benevolencia y permite que los actores lleven espada, honor reservado hasta entonces únicamente a la nobleza. En realidad, la mayoría de las obras representadas en San Petersburgo y en Moscú son mediocres adaptaciones al ruso de las piezas francesas más célebres. El avaro alterna con Tartufo y Polieucto con Andrómaco. De repente, dominado por una audacia desconcertante, a Sumarókov se le ocurre escribir un drama histórico ruso, Sinav y Truvor, inspirado en el pasado de la república de Nóvgorod. Este ensayo de literatura nacional tiene eco hasta en París, donde el acontecimiento es reseñado como una curiosidad en Le Mercure de France. Poco a poco, el público ruso, arrastrado por Isabel e Iván Shuválov, se interesa por el nacimiento de un medio de expresión que todavía no es sino una imitación de las grandes obras de la literatura occidental, pero al que el empleo de la lengua materna confiere una apariencia de originalidad. Aprovechando este impulso, Sumarókov edita una revista literaria, La Abeja Laboriosa, que un año más tarde se convertirá en una antología semanal, El Ocio, publicada por el cuerpo de cadetes. Sumarókov incluso sazona sus textos con un poco de ironía de estilo volteriano, aunque sin ninguna provocación filosófica. En resumen, se mueve como un condenado en un terreno en el que todo es nuevo, ya sea el pensamiento o la escritura. Sin embargo, aunque forma parte de los pioneros junto con Trediákov y Kantémir, el que se dispone a ocupar el primer puesto es otro autor.

También en este caso, su «descubridor» es Iván Shuválov. El hombre cuyo talento acaba de presentir es un extraño personaje, una mezcla de iluminado, metomentodo y vagabundo: un tal Sergéi Lomonósov. Hijo de un humilde pescador de los alrededores de Arjánguelsk, Lomonósov ha pasado la mayor parte de su infancia en la barca paterna, expuesto al frío y a las tormentas, entre el mar Blanco y el océano Atlántico. Ha aprendido a leer con un sacerdote de su parroquia. Un buen día, asaltado por una súbita pasión por los estudios y el vagabundeo, abandona la casa familiar y se pone en marcha. Andrajoso y hambriento, duerme en cualquier sitio, come cualquier cosa y vive de limosnas y rapiñas, pero sin desviarse jamás del destino que se ha marcado: Moscú. Cuando, de etapa en etapa, llega al término de su largo viaje, tiene diecisiete años, el estómago vacío y la cabeza llena de proyectos geniales. Lomonósov es recogido por un monje, ante el cual se hace pasar por el hijo de un sacerdote que ha ido a instruirse junto a las mentes preclaras de la ciudad, y acaba siendo admitido en la Academia eslavogrecolatina, el único establecimiento de enseñanza existente entonces en el imperio. Enseguida destaca por su inteligencia y su memoria excepcionales, gracias a lo cual es enviado a San Petersburgo y, desde allí, a Alemania. Según las indicaciones de sus mentores, debe perfeccionar sus conocimientos en todas las materias. En Marburgo, el filósofo y matemático Christian von Wolff le brinda su amistad, lo anima en sus lecturas, le hace descubrir la obra de Descartes y lo inicia en los debates de ideas. Pero, si bien Lomonósov es amante de la especulación intelectual, también le atrae la poesía, tanto más cuanto que en Alemania, bajo la égida de Federico II, que presume de culto, la versificación es un pasatiempo de moda. Exaltado por ejemplos venidos de las altas esferas, Lomonósov también se pone a escribir, mucho y deprisa. Pero los ejercicios literarios no lo retienen mucho tiempo ante la mesa de trabajo. De pronto, deja a un lado la pluma para frecuentar garitos y andar con mujeres. Sus francachelas son tan escandalosas que le amenazan con detenerlo, y tiene que huir para que no lo enrolen a la fuerza en el ejército prusiano. Tras ser capturado y encarcelado, consigue escapar y regresa, extenuado y prácticamente sin dinero, a San Petersburgo.

Estas aventuras, en lugar de llevarle a sentar cabeza, le infunden unas enormes ganas de luchar con toda su energía contra la mala suerte y los falsos amigos. Pero esta vez no quiere distinguirse en las borracheras sino en la poesía. Su admiración por la zarina le inspira. Lomonósov ve en ella algo más que la heredera de Pedro el Grande: el símbolo de la Rusia en marcha hacia un futuro glorioso. En un hermoso impulso de sinceridad, le dedica poemas de una adoración casi religiosa. Por supuesto, no ignora que Vasili Trediakovski y Alexandr Sumarókov lo han precedido en el género, pero estos dos colegas, que le ponen mala cara cuando aparece en el pequeño círculo intelectual de la capital, no lo intimidan en absoluto. Desde el principio se siente superior a ellos. Por lo que se refiere a Trediakovski y Sumarókov, no tardan en percatarse del peligro que representa para su notoriedad este recién llegado que los supera por la amplitud de sus designios y la riqueza de su vocabulario. Su territorio de caza es el mismo que el de ellos. Siguiendo su ejemplo de ambos pioneros, escribe panegíricos de Su Majestad e himnos a las virtudes guerreras de Rusia. Pero, si bien el pretexto de los poemas de Lomonósov es convencional, su estilo y su prosodia poseen un vigor inédito. El lenguaje de sus predecesores, rebuscado y pomposo, todavía estaba impregnado de eslavón, mientras que el suyo, por primera vez en una obra impresa, se acerca -tímidamente, es cierto- al que emplean para hablar entre sí las personas que se alimentan de algo más que de escrituras sagradas y breviarios. Sin descender del Olimpo, da unos pasos hacia el bullicio de la calle. ¿Quién entre sus contemporáneos podría no estarle agradecido? Las recompensas llueven sobre su cabeza. Sin embargo, su avidez de conocimientos es tal que no puede contentarse con un éxito literario. Ampliando los límites de las ambiciones razonables, pretende recorrer todo el ciclo de la reflexión humana, aprenderlo todo, almacenarlo todo, experimentarlo todo, triunfar en todo al mismo tiempo.