Pero cuando Heather aún era pequeña, la madre de su amiga Beth quedó embarazada, y los padres de Beth le dijeron que era Dios quien había metido al bebé ahí dentro. Y Heather, al igual que su padre, no soportaba las informaciones inexactas. Convocó a su amiga a un rincón oculto detrás de la zona del gimnasio, y allí dijo todo lo que sabía sobre lo de hacer bebés. Los padres de Beth se quejaron, y la dirección de la escuela hizo ir a los padres de Heather, pero su padre no sólo se negó a pedir disculpas, sino que incluso se mostró orgulloso de su hija.
– No me siento responsable de nada ante quienes prefieren contarles mentiras a sus hijos -dijo, delante mismo de Heather-. Y no pienso pedirle a mi hija que diga que no hizo bien por contar la verdad acerca de lo que no es más que un hecho natural.
Lo natural era bueno. Su padre no conocía una forma más elevada de aprobación que decir de algo que era natural. Tejidos naturales, comida natural, cabello natural. Cuando montó la tienda se dejó crecer el pelo hasta que le quedó un peinado afro enorme, y la pobre Sunny se moría de vergüenza. Y se lo peinaba formando un signo del Black Power, un puñal cuya empuñadura terminaba en forma de puño cerrado. De hecho, criticaba mucho los pantalones que no hacía falta planchar, porque si no se arrugaban seguro que tenían algún tratamiento antinatural. Sin embargo, Heather estaba segura de poder convencerle a él o a su madre de que debían permitirle comprarse unos pantalones de ésos si los compraba con el dinero que le regalaban por su cumpleaños.
De modo que esa tarde terminó yendo a la tienda de pantalones. El profesor de música de Sunny, el señor Pincharelli, estaba tocando el órgano en la tienda de música cuando Heather pasó por delante. Sunny había estado un poco enamorada de él, Heather lo había leído en el diario de su hermana. Pero la última vez que estuvieron juntas en el centro comercial, al pasar por la tienda de música Sunny aceleró el paso, como si le avergonzara la actitud del profesor. Heather le vio esa tarde tocando de pie Desfile de Pascua, haciéndolo de manera muy enérgica, rodeado de una pequeña muchedumbre. Tenía la cara perlada de sudor, y había manchas alrededor de las axilas en su camisa blanca de manga corta. A Heather le parecía imposible enamorarse de un hombre así. Si hubiera sido su profesor de música, se habría burlado de él sin parar. Pero la gente que se había parado a escucharle daba la sensación de estar divirtiéndose y de sentir por él una gran admiración, de modo que Heather se vio arrastrada por esos sentimientos y se sentó al borde de una fuente cercana, a escuchar. Estaba preguntándose por el significado de una frase de la letra de esa canción cuando notó que alguien la cogía del codo.
– Eh, se suponía que tenías que estar…
Era una voz iracunda, que no gritaba, pero que se oía por encima de la música, tanto que los que estaban cerca se volvieron a mirar. El hombre le soltó enseguida el brazo y murmuró: «Da igual», y desapareció entre la multitud de paseantes. Heather le miró mientras se alejaba. Estaba contenta de no haber sido la niña que ese hombre andaba buscando. Una niña que iba a pasarlo mal, seguro.
Después de Desfile de Pascua el profesor Pincharelli comenzó a tocar Superstar, la canción de los Carpenters, no la de Jesucristo. La semana anterior, precisamente, Sunny le había dado a Heather todos sus álbumes de los Carpenters, diciendo que eran demasiado blandos para ella. Probablemente valiera la pena tratar de imitar los gustos de Sunny en una sola cosa, la música, y si ella creía que los Carpenters eran demasiado blandos, Heather no tenía intención de convertirse en su admiradora. Tenía cinco dólares, recordó, suficiente como para comprarse un álbum y que le quedara todavía algo de dinero. Tal vez no fuera mala idea ir finalmente a Harmony Hut y comprarse algo de… Jethro Tull. Un tío que hacía música guay. Y si resultaba que Sunny rondaba por la tienda de discos… «éste es un país libre», le diría.
TERCERA PARTE
Capítulo 11
– La cuestión -dijo Infante a Lenhardt- es que no parece una Penelope.
– ¿Y qué aspecto tendría una Penelope? -dijo el sargento, mordiendo el anzuelo.
– No sé. Rubia, con un casco rosa.
– ¿Cóoomo? El sargento alargó infinitamente la palabra.
– Quiero decir como en aquellos dibujos animados de hace años, esos en los que había una carrera de coches y te hacían creer que el resultado era incierto, ¿lo recuerdas? La guapa se llamaba Penelope Pit Stop. Pero no ganaba casi nunca.
– Eso es un nombre griego, ¿no? Bueno, disculparás que no esté tan puesto como tú en esas historias de Hanna Barbera, pero me suena que hay una famosa leyenda acerca de una tal Penelope, algo que tenía que ver con tejer y con un perro.
– ¿Tejer un jersey para un perro?
– No exactamente. Hablo de una historia de hace unos mil años, ignorante.
Apenas veinticuatro horas atrás, cuando Infante estaba todavía en la lista de los malos polis, la misma conversación habría sido ligeramente distinta: las palabras tal vez hubieran sido las mismas, pero habrían sido pronunciadas en un tono bastante menos amistoso. Lenhardt habría dicho las mismas necedades, pero habría insultado a Infante con muy mala intención, se habría cebado en su incultura, habría replicado a sus palabras con frases hirientes. Sin embargo, Infante volvía a ser uno de los polis buenos. La noche anterior se había quedado trabajando dos horas más de la cuenta, esa mañana había aparecido temprano y despierto pese a haber tenido que pasar por el depósito de bienes confiscados antes de llegar a la comisaría, y hacía solo un momento, trabajando en su ordenador, había conseguido localizar los datos del permiso de conducir que Penelope Jackson había obtenido en Carolina del Norte y que la policía del vecino estado les enviara por fax una copia de la foto de esa mujer.
Lenhardt trató de analizar la imagen, algo borrosa por haber sido ampliada en una fotocopiadora.
– ¿Es ella?
– Podría serlo. Teóricamente, sí podría. La edad, treinta y ocho años, no parece imposible, aunque nuestra dama esté diciendo que es algo mayor, cosa bastante rara hoy en día, por cierto. Tanto el color del pelo como el de los ojos son muy parecidos. En la foto lleva el cabello largo y en la vida real se lo ha cortado bastante. Y la mujer del hospital está bastante más flaca que la de la foto.
– Las mujeres se cortan el pelo muy a menudo -dijo Lenhardt, como lamentando esa circunstancia, en un tono de voz que parecía entristecido-. Y son muchas las que adelgazan bastante cuando cumplen los cuarenta, o eso me dicen. -La esposa del sargento estaba muy buena, aunque algo sobrada de kilos-. Pero me da la sensación de que no es la misma cara. La mujer de la foto tiene una expresión áspera y taimada. Y en cambio la de la mujer del hospital me parece más suave. Estoy seguro de que está mintiendo…
– Seguro. -Los policías sabían que la gente les mentía siempre.
– Pero no sé en qué me miente ni por qué. Si no es Heather Bethany, si es Penelope Jackson o cualquier otra persona, ¿cómo se le ocurrió mencionar un caso que quedó enterrado hace treinta años en el momento en que la detenían? ¿Y cómo es que encaja más o menos con la descripción?
Infante encontró en su ordenador otra ficha, esta vez perteneciente a una base de datos de todo el país en la que estaban registrados los niños desaparecidos. De hecho, no tenía ni idea de cómo se entraba en esos sitios, pero bastó una llamada de teléfono a Nancy Porter, su ex compañera de trabajo, para encontrar el modo. Y en la ficha estaban las dos niñas, Heather y Sunny, a los once y catorce años, y la última foto que les habían sacado en la escuela. Debajo de las fotos había sendos dibujos en los que alguien había tratado de mostrar cómo podían ser sus caras en la actualidad.