– ¿Y qué pasará…? ¿Y quién…? -Se le produjo una súbita afonía y su voz se cortó, estaba francamente agobiado, presa del pánico.
– El caso ya ha sido asignado a otro inspector -dijo Willoughby rápidamente-. Va a llevarlo un inspector joven, muy listo. Y ya me encargaré yo de explicarle muy bien que tú debes ser informado constantemente de todo. Nada va a cambiar.
«El problema es ése.» Dave no pudo evitar que le invadieran las ideas más pesimistas. De repente habría un indicio, y enseguida se evaporaría como el rocío. De vez en cuando, algún chiflado, algún preso deseoso de obtener un trato más amable, diría que sabía algo, y luego se demostraría que todo era mentira. «Nada va a cambiar. La única diferencia será el inspector nuevo, que por mucho que trabaje, por mucho que analice el caso, no habrá estado a mi lado dando todos los pasos desde el primer día.» En ciertos aspectos, aquello era más descorazonador que la ruptura con Miriam, y sin duda mucho más inesperado.
– Pero, seguiremos… ¿Hablaremos de vez en cuando?
– Por supuesto. Siempre que quieras. Qué demontres. Estaré al día de todo, te lo garantizo.
– Bien -dijo Dave.
– Naturalmente, debo actuar con diplomacia. Que el nuevo no crea que ando siguiendo cada uno de sus pasos. Pero éste es un caso que siempre me pertenecerá. Es uno de los dos que más cerca de mi corazón tendré siempre.
– ¿Uno de los dos? -Dave no fue capaz de contenerse. Le escandalizó la sola idea de que Willoughby pudiera haber tenido en su carrera de inspector más de un caso.
– El otro se resolvió -añadió enseguida Wiloughby-. Hace mucho tiempo. Ese caso… se trató de un buen trabajo policial a pesar de que las circunstancias eran complicadas. No puede compararse…
– Sí, ya sé que un caso en el que se hiciera un buen trabajo policial no podría nunca compararse con el mío.
– ¡Por favor!
– Disculpa. Es este día. El hecho de que hoy sea hoy, que sea el aniversario. Catorce años, y nada de nada, ni una buena pista, ningún rastro en los dos últimos años, nada. No sé cómo sobrellevar todo esto, Chet.
«Esto» era… lo era todo: su posición como víctima perpetua de un delito sin contenido, del que sólo se había llegado a saber que había sido cometido. Dave había aprendido a seguir, porque «seguir» significaba solamente andar y andar adelante, arrastrando los pies camino de ninguna parte, siguiendo por pura inercia. Seguir era fácil. Estar era muy difícil, ya no sabía en qué consistía. Por vez primera en muchos años recordó a sus amigos del Quíntuple Camino. Los ritos que había acabado por abandonar porque para él ya no había momentos especiales, ni salidas ni puestas de sol. En el mundo de Alicia en el país de las maravillas, la regla consistía en que había mermelada ayer y habría mermelada mañana, pero jamás había mermelada hoy. En el mundo de Dave, el hoy tampoco existía, sólo el ayer y el mañana.
– No hay nadie que esté preparado para soportar lo que tú has soportado, Dave. Ni siquiera lo estaría ningún policía. Probablemente no debería contártelo, pero la caja con todo el historial de tu caso ha estado en mi casa muy a menudo. Ahora, con mi retiro, tendré que devolverla, pero llevaré todo eso en mis pensamientos, siempre. Te lo prometo. Lo he hecho por ti y por ti seguiré dándole vueltas. No te digo que vaya a hacerlo hoy. Quiero decir toda mi vida, cada uno de los días del resto de mi vida. Incluso cuando me retire de verdad, estaré siempre aquí. No me iré a Florida ni a Arizona, voy a seguir viviendo aquí.
Las palabras del policía sirvieron para aplacarle un poco, al menos superficialmente. Pero Dave llevaba toda la mañana con ganas de pelea, y seguía igual. El caso Steinberg, que había salido a la luz y divulgado por la prensa hacía dieciocho meses, le había vuelto loco, y cuando se dictó la sentencia, hacía apenas una semana, todos esos sentimientos habían vuelto a hervir en su interior. Cada vez que oía hablar de un caso de abusos infantiles o abandono del cuidado de unos niños, Dave perdía la razón. Lisa Steinberg murió apenas dos semanas después de que una niña de Texas, Jessica, se hubiese caído a un pozo, y también este caso enfureció a Dave. «¿Dónde estaban los padres?» Por extraño que pudiera parecer, su experiencia personal hacía que sintiera menos simpatía por quienes vivían experiencias similares. Criticaba a los demás de la misma forma que le habían criticado a él. Adam Walsh, Etan Patz, toda la comunidad de padres sufrientes… No quería saber nada de ninguno de ellos.
Sonaron los tubos de una campana de viento cuando entró en la tienda, que ahora era conocida sencillamente por las siglas: TBG, las iniciales del verso en inglés, «the blue guitar». Al principio quiso incluir las iniciales de todas las palabras, pero eran tantas letras que resultaba impronunciable, y se conformó con esas tres. La sección de ropa de vestir ocupaba ahora tanto espacio como la de artesanía. La tienda había evolucionado hacia la idea que al principio le había sugerido Miriam, con artículos mucho más normales y accesibles para todo el mundo. Y era así como se había acabado convirtiendo en una súper exitosa tienda de moda. Un hecho que él odiaba.
– Hola, jefe -dijo Pepper, la encargada.
Era una joven animosa que llevaba trece pequeños aritos en la oreja izquierda, y el pelo al cero en la parte de atrás de la cabeza, pero por delante tan largo que se le metía en los ojos. Estaba etiquetando artículos. Pepper actuaba en la tienda como si fuese la propietaria, y Dave no entendía cómo era posible que siendo tan joven demostrara tanto sentido de la responsabilidad. Tenía una gran habilidad para desviar la atención lejos de los conflictos, una gran capacidad para no dejar las cosas al desnudo. Y Dave compartía esa misma actitud, pero sabía muy bien cómo se había desarrollado en él. Pero por mucho que Pepper hubiese podido experimentar el dolor, no podía ni siquiera imaginar que aquella joven saludable y luminosa -pues a pesar del extraño corte de pelo y los aritos de la oreja, tenía un típico rostro fresco y reluciente, tan americano- tuviera en su pasado nada que pudiera merecer el nombre de tragedia. Dave pensó pedirle a Willoughby que analizara a fondo su historial, con el pretexto de que tal vez había tratado de trabajar con él precisamente porque sabía algo relacionado con la desaparición de sus hijas. Pero jamás había utilizado en vano la historia de las niñas, y no iba a empezar en ese momento.
Pepper era bonita, y siempre se fijaban en su belleza los novios y esposos a los que sus parejas arrastraban, muy a su pesar, a pasar con ellas una tarde de compras en la tienda de Dave. Pero él se fijaba en esta circunstancia de manera muy abstracta. En relación con cada una de las mujeres con las que trataba ahora, su cabeza se dedicaba sólo a calcular qué edad tenían en relación con la que tendrían en ese momento sus hijas, y no quería ni tan sólo la más mínima amistad con ninguna que no tuviera al menos quince años más. «Sunny habría cumplido los veintinueve este año», pensó con una punzada de dolor. O sea que, como mucho, Dave habría considerado la posibilidad de tratar con mujeres mayores de cuarenta y cinco años. Lo cual habría sido una excelente noticia para las mujeres de mediana edad que vivían en Baltimore -habría sido fantástico pensar en que rondaba por allí un hombre disponible y con dinero, y al que no le interesaban las jóvenes- de no haber sido porque las relaciones que Dave entablaba no llegaban nunca a ninguna parte. Se suele decir que el pasado de una persona era su equipaje. Pues bien, el equipaje de Dave no podía ser más pesado e inmanejable, de modo que nadie imaginaría que se trataba de una sola maleta de la que él tiraba tan tranquilamente. El pasado de Dave parecía más bien un monstruo gigantesco y rebelde que andaba dando coletazos bestiales y cuyo su jinete trataba de dominar sin éxito. Y Dave se aferraba a ese pasado aunque fuera a su pesar, a sabiendas de que si no se andaba con mucho cuidado acabaría siendo aplastado por sus incontrolables pezuñas.