– Sí. Los vi varias veces con Magnus. Parecían… parecían muy próximos. ¿Viene a cuento?
– Sí. Quiero usarlos para atrapar al hombre que mató a Magnus. -Pitt se sintió culpable de no poder advertir a Landsborough del desgarrador dolor que lo aguardaba, pero estaba tan unido a su hermana que, aunque no se lo propusiera, acabaría revelándole la verdad. Hasta era posible que lo hiciese intencionadamente, para ahorrarle una parte de dolor. Pitt tuvo la certeza de que Landsborough lo haría; era su manera de ser-. Muchas gracias. Me pareció que los chicos decían la verdad porque, si hubieran estado implicados, habrían mentido.
Landsborough frunció el ceño y precisó:
– Ha dicho que fue alguien en quien Magnus confiaba.
– Exactamente, pero fueron ellos. Sabemos dónde estaban cuando ocurrieron los hechos. Se lo agradezco, lord Landsborough. Debo irme y terminar mi trabajo.
Era absurdo desearle un buen día, por lo que Pitt esbozó una ligera sonrisa y salió.
Se dirigió directamente hacia la cárcel en la que permanecían Welling y Carmody. Pidió al carcelero que los reuniese en la misma celda y entró.
Los detenidos lo miraron sorprendidos. El cambio los había desconcertado y tenían miedo de lo que podía significar. Era lo que Pitt se había propuesto, pero solo en parte. Había elaborado un plan para tender una trampa a Denoon y esperaba obligarlo a declarar contra Wetron a fin de salvarse. En el peor de los casos se traicionaría a sí mismo y proporcionaría a Pitt una cuña que encajar en algún resquicio y, de esa forma, iniciar la destrucción de Wetron.
Welling y Carmody lo observaban expectantes.
– Quiero que transmitan un mensaje a Piers Denoon -declaró sin dilaciones.
La mueca de Welling fue de burla.
– ¿A qué se refiere? ¿Quiere que le enviemos una carta por correo? -preguntó con sarcasmo-. Envíela usted mismo.
– Quiero decir que salgan a buscarlo -contestó Pitt.
– Sí, claro. ¿También espera que regrese obedientemente a la cárcel para que me meta entre rejas el resto de mi vida? -Su expresión decía que le gustaría mandar al infierno a Pitt, pero no se atrevía; no fuese a revocar los pocos privilegios que le había concedido o incluso dejara de cumplir su promesa de no acusarlo de la muerte de Magnus.
– Si permanece callado y me deja hacerle mi ofrecimiento, tal vez compruebe que es mucho mejor que lo que acaba de decir -añadió Pitt fríamente.
– Calla -espetó Carmody a Welling-. Señor Pitt, lo escuchamos.
Pitt agradeció esa respuesta con una rígida sonrisa.
– Quiero que uno de los dos salga, busque a Piers Denoon y lo convenza de que vuelva a su casa. Me da igual cómo lo haga. Lo que importa es que funcione. Asesinó a Magnus y no permitiré que salga indemne. -Detectó emoción en sus rostros, así como cólera y pesar-. Por si eso no es suficiente, también contribuyó a financiar la dinamita con la que volaron las casas de Scarborough Street, atentado en el que murieron siete personas y muchas más resultaron heridas y del que la gente culpa a los anarquistas.
– ¿Y por qué mató a Magnus? -preguntó Welling, lleno de dudas-. ¡Eran primos, familiares!
– Porque lo chantajearon -Pitt respondió con la verdad-. Es posible que no quisiera tener nada que ver con los anarquistas, pero no le quedó otra alternativa. Hace tres años cometió una violación. He visto su confesión y las declaraciones que la corroboran. La policía las guardó y las usó para obligarlo a hacer lo que le vino en gana. -Carmody insultó a la policía, con el rostro demudado de repulsión y odio-. No hay que olvidar que disparó a Magnus en lugar de hacer frente al castigo que le correspondía -puntualizó Pitt.
– Parece una traición -comentó Carmody y se mordió el labio.
– ¿Por parte de quién? -quiso saber Pitt-. ¿De Piers o de Magnus?
– ¿Y si el que sale no vuelve? -preguntó Welling.
– No espero que vuelva -respondió Pitt y esbozó una ligera sonrisa-. Si el que se va hace lo acordado, el otro también saldrá en libertad. En caso contrario, se quedará aquí y tendrá que hacer frente a las acusaciones del atentado de Myrdle Street. Si tenemos en cuenta a las víctimas de Scarborough Street, no creo que en este momento los jurados estén bien dispuestos hacia los terroristas. -Añadió ese comentario porque no podía permitirse el lujo de perder ni decirles qué ganarían o perderían según la decisión que tomasen.
– Iré yo -declaró Welling con arrojo.
Pitt lo miró y luego se concentró en Carmody.
– No -dijo tajantemente-. Irá Carmody y lo hará de inmediato. Si falla, Welling pagará los platos rotos y les garantizo que me ocuparé de que Kydd se entere. -Welling levantó la cabeza con un movimiento brusco y lo miró con atención. Pitt sonrió-. ¿No sabía que conozco a Kydd? -Welling exhaló aire sin hacer ruido. Pitt se dirigió a Carmody-. ¿Lo hará?
Carmody se incorporó.
– Sí… señor. Sí, ahora mismo.
Fue una espera larga y penosa y la vigilancia de la casa resultó casi insoportable, no solo por el tiempo que llevó y por la posibilidad de que Carmody fracasara, sino porque ni siquiera intentó escapar. Pitt había amenazado con acusar a Welling si Carmody intentaba huir, pero en realidad no deseaba hacerlo. Castigar a un hombre por la debilidad o la cobardía de otro le parecía una injusticia. Pero todavía peor era la certeza de lo que supondría el éxito: la detención de Piers Denoon en su propia casa, en presencia de su padre. Era la única forma de poner a Edward Denoon en contra de Wetron. Pitt no estaba preocupado por los sentimientos del director del periódico; no se enorgullecía del placer que sabía que experimentaría al herir a un hombre tan arrogante, capaz incluso de arrebatar a Wetron la dirección del Círculo Interior si no se le ponía freno. Lo lamentaba por Enid y por Landsborough. Pensaba en ello mientras permanecía rígido y aterido en los escalones de la entrada de la casa de enfrente, con Tellman a su lado. El sargento no estaba de servicio, pero Pitt necesitaba un agente de policía para proceder a la detención. Además, Tellman merecía estar allí.
Narraway también montaba guardia y en ese momento esperaba cerca de allí.
Eran poco más de las seis. La mañana era clara y desde el río soplaba una ligera brisa; de repente, sobresaltado, Pitt notó que Tellman le daba un codazo.
– ¡Es él! -susurró el sargento cuando un repartidor con una bolsa colgada del brazo bajó rápidamente los escalones que conducían hacia la cocina de casa de los Denoon y, en lugar de llamar, entró.
Pitt subió la escalinata y advirtió a Narraway y a un agente que estaba de guardia. Tellman y él cruzaron rápidamente la calle y llamaron a la puerta principal de casa de los Denoon.
Abrió una criada con el delantal puesto y las manos manchadas de ceniza, ya que acababa de limpiar la chimenea del gabinete.
– Buenos días, señor -musitó dudosa.
– Policía -informó Tellman y pasó a su lado.
– Será mejor que despierte al señor -aconsejó Pitt.
Tellman ya se dirigía hacia la cocina. Pitt lo siguió; se cruzó con un perplejo limpiador de botas, que no parecía del todo despierto, y con una mujer que acarreaba un cubo de carbón.
Encontraron a Piers en la cocina, mientras se servía una taza de té de la tetera que seguramente se preparaba el personal.
– No se moleste en salir por la puerta de servicio -advirtió Pitt con voz baja-. Alguien espera del otro lado.
Piers se quedó de piedra. La taza escapó de sus dedos y rebotó en la mesa de la cocina. A esa distancia su cara se veía demacrada, tenía las mejillas oscurecidas por la barba de un par de días y la mirada vacía y atormentada. El terror se mezcló con una especie de alivio extraño y desesperado, como si por fin la persecución hubiera terminado y se resignase a lo peor.
– Piers Denoon, queda detenido por el asesinato de Magnus Landsborough -declaró Tellman con severidad-. Señor, será mejor que no oponga resistencia, hágalo por su familia.