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Faltaba la nave en que volaba el rey.

No era algo demasiado extraordinario. Kedalse era un piloto extremadamente cauteloso al que le gustaba retrasar el descenso durante la noche, para mantener a las otras naves un poco por debajo, donde pudiese controlar con facilidad sus posiciones, pero esta vez tampoco se veía en el despejado cielo que había sobre ellos.

Toller tomó en brazos a Setwan y lo llevó al compartimento de los pasajeros con su familia, cuando de repente oyó los gritos frenéticos de Zavotle y Amber. Miró hacia donde estaban y los vio señalando algo sobre su nave, y en ese momento llegó una bocanada de gas caliente arrojada desde el orificio del globo, provocando que uno de los niños empezara a gimotear por el susto. Toller levantó la vista hacia la cúpula resplandeciente del globo y su corazón tembló al ver la silueta cuadrada de una barquilla estampada en ella, distorsionando la geometría de tela de araña de las cintas de carga.

La nave del rey estaba justo encima de él y había caído sobre su propio globo.

Toller pudo ver la huella circular de la boquilla de la tobera del chorro dirigida hacia la corona de la envoltura, poniendo en peligro la banda de desgarre. Se produjo una serie de crujidos en los cordajes y los montantes de aceleración y una deformación oscilante en la tela del globo, que expelía peligrosas ráfagas de gas caliente hacia el lugar en que ellos se encontraban.

— Kedalse — gritó, sin saber si su voz llegaría hasta la barquilla de arriba —. ¡Eleva tu nave! ¡Eleva tu nave!

Las débiles voces de Zavotle y Amber se unieron a la suya, y un luminógrafo empezó a emitir destellos desde una de las barquillas, pero arriba no se produjo ninguna respuesta. La nave del rey continuaba oprimiendo el globo, amenazando con hacerlo estallar o hundirse.

Toller miró impotente a Gesalla y Chakkell, que se habían levantado y observaban aterrorizados y boquiabiertos. La mejor explicación que se le ocurría para el accidente era que el piloto del rey había enfermado y estaba inconsciente o muerto junto a los mandos. Si fuese así, alguien en la barquilla de arriba podría encender el quemador y separar las dos aeronaves, pero era preciso que se hiciera enseguida. Y también había la posibilidad, y la boca de Toller se secó al pensarlo, de que el quemador se hubiese estropeado y no pudiera ser encendido.

Trataba de obligar a pensar a su cerebro mientras la plataforma se inclinaba bajo sus pies y la tela del globo emitía sonidos semejantes a golpes de látigo. Ambas naves habían empezado a perder altura con excesiva rapidez, como se evidenciaba por el hecho de que las otras dos daban la impresión de ascenso.

Leddravohr se asomó a la baranda de su barquilla, por primera vez desde el despegue, y tras él Zavotle seguía emitiendo fútiles destellos de brillo con su luminógrafo.

Para Toller era imposible librarse de la nave del rey incrementando su propia velocidad de descenso. Su aeronave ya había perdido gas y estaba acercándose peligrosamente a la situación en la que la presión del aire a una velocidad de caída excesiva podía colapsar el globo, iniciando un descenso precipitado de mil quinientos kilómetros hasta la superficie de Overland.

De hecho, era preciso lanzar con urgencia grandes cantidades de aire caliente al interior del globo. Pero hacer eso, con la carga adicional que ahora tenía, era arriesgarse a incrementar la presión interna hasta un punto que situaba a la envoltura en peligro inminente de rasgarse.

Los ojos de Toller se encontraron con los de Gesalla, y el imperativo nació en su cabeza: ¡Elijo vivir!

Dio la vuelta para sentarse en el puesto del piloto y accionó el quemador produciendo una larga y atronadora ráfaga, hinchiendo el hambriento globo con el gas caliente, y unos segundos más tarde presionó la palanca de un chorro de control de posición. La descarga del chorro se perdió en el rugido devorador del quemador, pero su efecto no disminuyó por ello.

Los otros dos miembros del vuelo real derivaron hacia un lado, fuera de su campo de visión, mientras la nave de Toller rotaba alrededor de su centro de gravedad. Se produjeron una serie de temblores y gemidos graves no humanos cuando la nave del rey se deslizó por un lado del globo y apareció sobre ellos. Uno de sus montantes de aceleración se había soltado de su punto de unión inferior y empezado a moverse y a describir circunferencias en el aire como la espada de un duelista.

Mientras Toller observaba, inmovilizado por su tarea, los movimientos perezosos tan característicos de las aeronaves se aceleraron bruscamente. La otra barquilla se colocó a su nivel y el extremo libre del montante apuñaló ciegamente el compartimento de la cocina de la nave de Toller, produciendo una peligrosa inclinación en el universo.

La reacción del impacto se transmitió a lo largo del montante y su extremo superior punzó el otro globo. Una de las costuras sufrió un desgarro, y el globo murió.

Se hundió hacia dentro, retorciéndose en una perfecta simulación de la agonía, y entonces la nave del rey cayó sin control. La fuerza de palanca ejercida por el montante volcó la barquilla de Toller sobre su lado y Overland apareció ante su vista ansiosa y expectante. Gesalla gritó al caerse contra la pared y el catalejo que sostenía salió volando por el vacío azul. Toller se lanzó hacia la cocina, arriesgándose a caer, agarró el extremo del montante y, haciendo acopio de toda su fuerza física de guerrero, lo levantó y lo soltó.

Cuando la barquilla se puso derecha, se asió a la baranda y miró a la otra nave que empezaba su zambullida mortal. A la altura de unos mil quinientos kilómetros la gravedad tenía menos de la mitad de su fuerza y el desarrollo de los acontecimientos había transcurrido con un lento movimiento que parecía un sueño. Vio al rey Prad resbalando sobre el lateral de la barquilla que caía. El rey, con su ojo ciego brillando como una estrella, alzó una mano y apuntó hacia Toller, después quedó oculto por los remolinos de los restos del globo. Ganando velocidad, buscando aún el equilibrio entre la gravedad y la resistencia del aire, la nave se redujo hasta convertirse en una mota oscilante en los límites de la visión, y finalmente se perdió en la vastedad de Overland.

Al sentir una fuerte presión psíquica, Toller alzó la cabeza y miró hacia las dos naves acompañantes. Leddravohr le observaba desde la más cercana, y cuando sus ojos se encontraron con los de Toller, extendió ambos brazos hacia él, como un hombre que tratara de abrazar a su amante. Permaneció así, implorando en silencio, e incluso cuando Toller volvió al quemador, siguió sintiendo el odio del príncipe como una espada invisible cortando su alma. El rostro gris de Chakkell le miraba desde la entrada del compartimento, dentro del cual Daseene y Corba sollozaban en silencio.

— Hoy es un día triste — dijo Chakkell con voz cortante —. El rey ha muerto.

Aún no, pensó Toller. Todavía le quedan unas horas. Y en voz alta dijo:

— Usted ha presenciado lo ocurrido. Tenemos suerte de estar aquí. No tuve elección.

— Leddravohr no lo verá así.

— No — dijo Toller pensativamente —. Él no lo verá así.

Esa noche, mientras Toller trataba en vano de dormir, Gesalla se acercó a él, y en la soledad de aquellas horas le pareció natural pasar su brazo alrededor de ella. Ésta apoyó la cabeza en su hombro y acercó la boca a su oreja.

— Toller — murmuró —, ¿qué piensas?

Iba a mentirle, pero después decidió que ya tenía suficientes dificultades.

— Pienso en Leddravohr. Tendremos que resolverlo entre nosotros.

— Quizá cambie de opinión tras meditar sobre ello durante el tiempo que falta para llegar a Overland. Quiero decir que aunque nos hubiésemos sacrificado nosotros, el rey no se habría salvado. Leddravohr no tiene más remedio que admitir que no tuviste elección.