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– No tiene sentido que corráis más riesgos -dijo-. Ya habéis hecho mucho.

– ¿Y adónde vamos? ¿A casa? -preguntó Caleb después de que Stone les comunicara el mensaje.

Stone negó con la cabeza.

– La Biblioteca del Congreso está por aquí cerca. Quiero ir allí.

Caleb quería saber por qué.

– Porque allí es donde empezó todo, y una biblioteca siempre es un buen lugar para encontrar respuestas.

Caleb consiguió que les dejaran entrar en la biblioteca, pero no en la sala de lectura, porque estaba cerrada los sábados.

– Lo que más me confunde es el ritmo de los acontecimientos -dijo Stone a los demás, mientras caminaban por los pasillos. Se calló para poner en orden sus ideas-. Jewell English entró en la sala de lectura hace dos días, y la información estaba resaltada en el libro de Beadle. Más tarde esa misma noche, cuando teníamos el libro, ya no había información resaltada. Eso es muy poco tiempo.

– Es realmente sorprendente, porque la mayoría de los libros de la cámara permanecen allí sin que nadie los lea durante años, incluso décadas. Seguro que la sustancia habría pasado a las letras, y tendrían que haberse puesto en contacto con Jewell para que viniera con el nombre del libro que tenía que pedir. Sin embargo, como has dicho, el mismo día desapareció la información.

– Pero, ¿cómo podían estar tan seguros de que la información resaltada desaparecería en el momento oportuno? No querrían que la sustancia permaneciera en las páginas demasiado tiempo por si caían en manos de la policía. De hecho, si hubiéramos actuado un poco antes, quizás habríamos podido llevar el libro al FBI antes de que la sustancia química se evaporara. Por lógica, la información tuvo que resaltarse poco antes de que English entrara.

– Entré y salí de las cámaras antes de que Jewell viniera ese día. Allí sólo había algún miembro del personal, y nadie se quedó más de diez o quince minutos. No es suficiente tiempo para marcar tantas letras, y no podían haberlo hecho en ningún otro sitio, a menos que se hubieran llevado el libro a casa -explicó Caleb, de repente moviéndose bruscamente-. Un momento. Lo que sí puedo comprobar es si algún trabajador se lo llevó a casa. Hay que rellenar una solicitud por cuadruplicado. ¡Vamos! La sala de lectura está cerrada, pero puedo comprobarlo desde otro sitio.

Les llevó al mostrador principal de información de la biblioteca, habló un momento con la mujer que estaba allí y luego se colocó detrás del mostrador, entró en el ordenador y empezó a teclear. Un minuto más tarde parecía defraudado.

– No ha salido ni un libro de Beadle. De hecho, hace cuatro meses que ningún miembro del personal de la biblioteca ha sacado libros.

Mientras estaban allí de pie, Rachel Jeffries pasó por delante. Era la restauradora a quien Caleb había dado la novela barata de Beadle con las letras resaltadas.

– ¡Oh! ¡Hola, Caleb! Pensaba que ya no trabajabas los fines de semana-dijo.

– Hola, Rachel. Estoy investigando algo.

– Pues yo intento ponerme al día con el trabajo acumulado en restauración. He quedado con alguien para hablar de un proyecto que estoy haciendo. Oh, por cierto, quería decirte que el libro de Beadle que me diste para restaurar lo acababan de devolver a la cámara después de haberlo restaurado.

– ¿Cómo? -preguntó Caleb sorprendido.

– Tenía la cubierta posterior mal y algunas páginas sueltas. Cuando comprobé el historial de restauración, me sorprendió porque, como te he dicho, lo acababan de devolver a la cámara. ¿Sabes cómo volvió a estropearse?

– ¿Cuándo lo devolvieron a la cámara exactamente? -preguntó Caleb, haciendo caso omiso de la pregunta de su compañera.

– El día antes de que me lo dieras.

– Rachel, un momento.

Caleb se puso otra vez a teclear en el ordenador. Estaba buscando cuántos libros de Beadle habían mandado a restaurar en los últimos meses. Encontró la respuesta rápido, en cuanto el software reunió los datos.

– Treinta y seis libros de Beadle restaurados en los últimos dos años -dijo a los demás.

Luego comprobó el historial de los libros que Jewell English y Norman Janklow habían solicitado, junto con todos los libros que habían pasado por el Departamento de Restauración en los últimos seis meses. Descubrió que Jewell English había solicitado el setenta por ciento de los libros de Beadle que se habían restaurado en los últimos seis meses, y los había solicitado exactamente el mismo día que habían vuelto de la restauración. Encontró una pauta similar en el caso de Norman Janklow.

Les contó a los demás los resultados de su búsqueda.

– Los libros de Beadle requieren mucho mantenimiento porque su fabricación fue muy barata.

Stone, que estaba pensando más rápido que los demás, miró a Rachel Jeffries.

– ¿Podrías decirnos quién restauró ese Beadle en concreto?

– Oh, claro. Fue Monty Chambers.

Stone y los demás empezaron a correr por el largo pasillo.

– Rachel, te quiero -gritó Caleb por encima del hombro.

Inmediatamente, la mujer se sonrojó.

– Caleb, sabes que estoy casada, pero si quieres podemos tomar algo algún día.

– ¿Sabes dónde vive Chambers? -Stone preguntó a Caleb mientras corrían por la calle.

– De hecho, vive bastante cerca-respondió Caleb, asintiendo.

Llamaron a dos taxis y salieron volando. Quince minutos más tarde los taxis disminuyeron la marcha al pasar por una calle residencial tranquila flanqueada de casas antiguas en buen estado. Cada una tenía un pequeño jardín delante cercado por unas verjas de hierro forjado.

– Por algún motivo, esta zona me suena -dijo Stone.

– Hay muchos barrios así por aquí-explicó Caleb.

Salieron de los taxis, y Caleb les llevó hacia una de las casas. El ladrillo estaba pintado de color azul y las contraventanas eran negras como el carbón. Había flores en unas macetas que estaban en el alféizar de la ventana.

– Está claro que no es la primera vez que vienes -dijo Stone, mientras Caleb asentía a modo de respuesta.

– Monty tiene un taller en casa donde restaura libros como autónomo. Le he pasado varios clientes. Incluso ha restaurado un par de mis libros. No puedo creerme que esté metido en algo así. Es el mejor restaurador que tiene la biblioteca; hace décadas que trabaja allí.

– Todos tenemos un precio, y un restaurador es la persona ideal para manipular libros -señaló Stone, mirando con cautela la parte delantera de la casa-. No creo que esté por aquí, pero nunca se sabe. Reuben y yo llamaremos a la puerta; vosotros quedaos atrás.

Llamaron, pero no hubo respuesta. Stone miró a su alrededor. La calle estaba vacía.

– Cúbreme, Reuben -dijo.

Reuben se giró y colocó su ancho cuerpo entre Stone y la calle. Un minuto más tarde la cerradura estaba abierta. Stone entró primero, seguido por Reuben. La planta principal no revelaba nada de interés. Los muebles eran viejos, pero no antiguos, había grabados en las paredes, la nevera tenía un poco de comida pasada y el lava-vajillas estaba vacío. Los dos dormitorios de la planta superior tampoco presentaban demasiado interés. Algunos pantalones, camisas y chaquetas colgadas en un armario, y ropa interior y calcetines en una pequeña cómoda. El cuarto de baño contenía los elementos típicos, aunque Stone cogió un par de objetos y los miró desconcertado. El armario del botiquín albergaba el surtido típico de fármacos y artículos de tocador. No encontraron nada que indicara que Chambers se había ido.

Cuando bajaron de nuevo, los demás estaban esperando en el vestíbulo.

– ¿Habéis encontrado algo? -preguntó Caleb con inquietud.

– ¿Has dicho que tenía un taller? -preguntó Stone.

– En el sótano.

Bajaron todos y buscaron en el taller de Chambers. Tenía todo lo que cabía esperar de un arsenal de un restaurador de libros y nada más.