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El mensaje que le esperaba cuando volvió a casa hizo que Marcelo maldijera con ganas. Los Trebonios habían vuelto y se disculpaban por haber perdido la ocasión de presentar sus respetos en el funeral. Tenía unas ganas horribles de ver a Valeria, pero le había pedido a Quinto Cornelio que lo visitara para discutir las últimas voluntades de su padre. El deseo era una cosa, pero no podía insultar a un hombre que estaba a punto de ser cónsul estando ausente cuando él llegara, aunque tampoco podía dejar pasar aquella oportunidad. Envió a un esclavo para que vigilara el camino hacia el foro, con instrucciones para que le diera el aviso, y después corrió a casa de los Trebonios. El tiempo que tardaron en completar los intercambios de cortesía con sus padres fue en extremo mortificante, pero ineludible.

Nervioso, Marcelo no captó la mirada de ilusión en sus ojos, pues la atracción que sentía por su hija no era un secreto en la casa. Ahora que su padre se había ido, quizá Marcelo ejerciera su derecho, como un espíritu libre, para cambiar de opinión y casarse con su hija. Malinterpretaron también su impaciencia, pues no sabían nada de la inminente visita que esperaba, y la achacaron a un deseo que apenas podía controlar. Cuando al fin dejaron solos a los dos jóvenes, tras pedir al hermano de ella y amigo de Marcelo, Cayo, que se quedara por el bien de la propiedad, los padres de Valeria estaban felices. Se sentían razonablemente seguros de que su deseo estaba a punto de cumplirse; que un Falerio aceptaría una alianza con los Trebonios, lo que elevaría enormemente el prestigio de su familia.

– Me quedaré tan lejos como me sea posible -dijo Cayo con malicia-. Acabo de terminar una gran comida. Si tengo que escuchar vuestro intercambio de dulces chorraditas, temo que me pondré enfermo.

Marcelo estaba demasiado ocupado como para oír su sarcasmo. Sus ojos estaban fijos en Valeria, que se había vestido para la ocasión, con su cabello castaño cuidadosamente trenzado sobre su precioso rostro. Sus ojos verdes, grandes y atentos, y su nariz respingona añadían algo a aquella sonrisa ligeramente burlona que siempre lo encandilaba. Podía acordarse del primer día que la había visto como una mujer floreciente en vez de como a aquella molesta peste de cría, la había olido, había visto la forma de su cuerpo a través de su vestido y había perdido la voluntad de discutir con ella.

– Si nos sentamos aquí -dijo ella indicando un banco que había junto al muro del jardín-, Cayo no podrá vernos.

Marcelo no tenía ni idea de que estaba conteniendo el aliento, pero así era, y se le escapó en una ráfaga. El sonido hizo que ella sonriera traviesa.

– Suenas como si no me necesitaras para…

Él no la dejó terminar.

– Yo te necesito, Valeria.

A ella le molestó la interrupción, pues estaba a punto de decir algo para escandalizarlo. Con tantos hermanos, y al ser una persona curiosa, la forma y la naturaleza del cuerpo de los hombres no eran un misterio para ella, y con Marcelo, tan recto y mojigato, habría sido maravilloso decir algo realmente vulgar.

– Valeria, no tengo mucho tiempo -jadeó él mientras tomaba su mano.

Los verdes ojos de ella se abrieron mucho al oír aquello.

– ¿Qué quieres decir?

Marcelo veía desde muy cerca el rostro de ella, que se iba enfadando mientras él se explicaba, lo que hizo que él soltara las palabras de una forma que las hacía sonar peores de lo que eran en realidad. Y la maldijo en secreto. Estaba claro que Valeria no era consciente del honor que él le estaba otorgando al estar allí en primer lugar. Estaba animándose para protestar cuando ella lo sorprendió volviendo a sonreír de golpe.

– No te preocupes. Tu esclavo aún no ha venido a avisarte. Así que sentémonos un momento.

Él dejó que ella lo llevara hasta el banco, con una única mirada por encima del hombro hacia la puerta, y se sentó. Ella se acercó a él, de forma que él podía sentir el muslo de ella presionando contra su pierna, y se lanzó a contar una anécdota sobre su estancia en el campo, que Marcelo apenas oyó por lo arrebatado que se sentía a causa de su cercanía, y por la manera en que cada movimiento de ella se comunicaba a través del fino tejido de sus ropas.

Valeria estaba decepcionada; había descrito dos veces y gráficamente las dimensiones de los genitales del caballo, empleando sus manos para hacerlo, además de hacer una cruda alusión a su forma de montar una yegua. Puede que, al fin y al cabo, Marcelo no fuera tan mojigato, pensamiento que hizo que fuera más descarada, más vulgar; pasara lo que pasara, debía mantenerlo allí, hacer que se saltara su cita con Quinto Cornelio. Así que, en el acto de describir su sobresalto al ver cómo cubría un toro a una vaca, Valeria dejó que su mano se posara en el regazo de Marcelo.

Al notar señales de su erección, la chica se permitió mantener su mano provocativamente cerca. Sintió también una oleada de poder, pues era evidente que Marcelo estaba a punto de reventar, y tan enamorado por su proximidad que apenas había oído una sola palabra de lo que ella había dicho. Ella apartó su mano y la colocó con la otra en su regazo, a la manera de una doncella, pero se pasó la lengua por el labio inferior antes de hablar.

– ¿Qué te gustaría hacer ahora, Marcelo?

El esclavo, que entró precipitadamente y llamó a su amo, estropeó todo el efecto de aquella deliciosa provocación.

– Los lictores están a punto de llegar, amo.

Ella borró su sonrisa y sintió la tentación de gritarle «Maldito cretino, tu amo también». Pero Marcelo ya estaba de pie, intentando colocar su toga para que cubriera el llamativo bulto de su entrepierna.

– Tengo que irme.

– ¿Cómo puedes dejarme así?

En comparación con cómo se sentía él, Valeria parecía la frialdad en persona, por lo que aquella queja tenía cierta cualidad teatral.

– No tengo elección, ya te lo dije.

Ella agarró su mano para detenerlo.

– Dime que me quieres, Marcelo.

– Te quiero, Valeria, pero tengo que irme ahora.

– Quédate, por favor.

– No puedo, ya lo sabes.

– ¿Cómo puedes decir que me amas y después abandonarme por un viejo cabrón?

– Puedo pasar por aquí después.

Los ojos verdes relumbraron por primera vez desde que él había llegado, mostrando aquel gesto de altivo desdén que él tanto temía, y su voz, al pronunciar aquella sola palabra como un latigazo, fue suficiente para llamar la atención de Cayo, que había estado evitando la escena a propósito.

– ¡No!

– Valeria -suplicó él.

– Si te vas ahora, Marcelo, no vuelvas. ¡Nunca!

– Amo -lo llamó el esclavo con creciente urgencia.

Marcelo tuvo que despegar los ojos de ella, lo cual, al estar Valeria aferrada a él, fue casi tan difícil como soltar su mano. Al final tuvo que tirar con fuerza para liberarse. Salió corriendo por la puerta, pegado a los talones de su esclavo.

– Bueno, hermana, ¿ya has arruinado las esperanzas que tiene padre en una alianza con los Falerios? -Valeria fingió no tener ni idea de a qué se refería. Cayo, que la conocía mejor que nadie, hizo una imitación muy acertada de su voz-. Si te vas ahora, Marcelo, no vuelvas. ¡Nunca!

– Volverá, hermano, y espero que a padre le guste tenerlo como yerno. Yo desde luego no creo que vaya a sacar mucho placer teniéndolo como marido.

Cayo bostezó.

– Creo que me voy a un burdel. Estaría bien tener compañía femenina decente.

Le encantó que Valeria le sacara la lengua, igual que acostumbraba hacer cuando era una niña pequeña.

– Tienes que entender, Marcelo, que no puedo acceder a lo que me pides. -Quinto devolvió el rollo al joven como si sólo con sujetar en su mano una petición para conceder pequeños derechos a los esclavos sicilianos pudiera contaminarlo-. Sería un suicidio político en estos tiempos que corren.