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Cuando por fin, con gran esfuerzo, nos decidimos a regresar a la base, dejando a Ozymandias en el desierto, estábamos saturados al máximo. Nunca en la historia de nuestra ciencia se había hecho un descubrimiento semejante: un archivo completo, accesible y traducido en especial para nosotros.

Acordamos de nuevo ocultárselo todo a Mattern. Sin embargo, como niños que acaban de recibir un regalo de gran valor, nos resultó muy difícil disimular nuestros sentimientos. No dijimos nada concreto, pero nuestra sobreexcitada conducta sin duda dejó adivinar a Mattern que nuestra jornada no había sido tan improductiva como afirmábamos.

Eso, y la negativa de Leopold a explicar con exactitud al Coronel dónde habíamos trabajado aquel día, debió suscitar las sospechas de Mattern. En cualquier caso, durante la noche, ya acostados, oí el sonido de semitractores internándose en el desierto. Y a la mañana siguiente, al entrar en el comedor para desayunar, Mattern y sus hombres, desaseados y sin afeitar, se volvieron para mirarnos con peculiares destellos de venganza en sus ojos.

– Buenos días, caballeros -dijo Mattern-. Llevamos cierto tiempo esperando a que se levanten.

– ¿Por qué? No es más tarde de lo normal, que yo sepa -contestó Leopold.

– No, en absoluto. Pero mis hombres y yo pasamos en vela toda la noche. La dedicamos a… Bueno, a un poco de investigación arqueológica en tanto ustedes dormían. -El coronel se inclinó hacia delante, al tiempo que palpaba sus arrugadas solapas-. Doctor Leopold, ¿por qué motivo decidió ocultarme el hecho de que había descubierto un objeto de extremada importancia estratégica?

– ¿A que se refiere? -inquirió Leopold, con un temblor que eliminó la autoridad de su voz.

– Me refiero al robot que ustedes denominaron Ozymandias -repuso tranquilamente Mattern-. ¿Por que no quiso informarme de eso?

– Estaba dispuesto a hacerlo antes de nuestra partida.

– Eso no significa nada. -Mattern se encogió de hombros-. Usted ocultó la existencia de su descubrimiento. Pero su comportamiento de la noche pasada nos llevó a investigar la zona. Y cuando los detectores revelaron la presencia de un objeto metálico, unos treinta kilómetros al oeste, nos encaminamos hacia allí. Ozymandias se sorprendió mucho al saber que había otros terrestres aquí.

Se produjo un momento de agobiante silencio. Luego, Leopold dijo:

– Tengo que pedirle que no interfiera en el asunto del robot, coronel Mattern. Le ofrezco mis excusas por no haberle informado de ello… No creía que se sintiera tan interesado por nuestro trabajo. No obstante, he de insistir en que usted y sus hombres se mantengan alejados del robot.

– ¿Ah, sí? -respondió Mattern con voz aguda-. ¿Y por qué?

– Porque supone un sensacional hallazgo arqueológico, coronel. Nunca recalcaré lo bastante su valor para nosotros. Sus hombres, al realizar ocasionales experimentos con Ozymandias, podrían provocar un cortocircuito en sus canales de memoria o algo por el estilo. Así pues, me veo obligado a invocar los derechos del grupo arqueológico en esta expedición. Declaro al robot artículo de nuestra exclusiva propiedad e inaccesible para ustedes.

– Lo lamento, doctor Leopold. -La voz de Mattern había cobrado una repentina dureza-. No procede invocar esos derechos ahora.

– ¿Por qué no?

– Porque Ozymandias es de nuestra propiedad exclusiva. Y por lo tanto, inaccesible para usted, doctor.

Pensé que Leopold iba a sufrir un ataque de apoplejía allí mismo, en el comedor. Se puso rígido, palideció y cruzó tambaleándose la sala en dirección a Mattern. Formuló una pregunta, aunque con voz tan sofocada que no alcancé a oírla.

– Seguridad, doctor -replicó Mattern-. Ozymandias tiene utilidad militar. En consecuencia, lo hemos transportado hasta la nave y lo hemos encerrado en un camarote, bajo precintos de alto secreto. Con el poder que se me ha otorgado para tales contingencias, declaro finalizada esta expedición. Regresamos a la Tierra de inmediato, llevándonos a Ozymandias.

Los ojos de Leopoid expresaron una terrible confusión. Nos miró en busca de apoyo, pero ninguno se atrevió a intervenir.

– ¿Dice que el robot tiene… utilidad militar? -preguntó por fin, en tono de incredulidad.

– Por supuesto. Significa un verdadero archivo de datos sobre las armas de los antiguos taiquenos. Gracias a él, ya nos hemos enterado de cosas de increíble alcance. ¿Por qué piensa que este planeta está desprovisto de vida, doctor Leopold? ¿Por que no existe ni siquiera una brizna de hierba? Un millón de años no produciría ese efecto. Una superarma, . Los taiquenos descubrieron esa superarma. Otros lo hicieron también. Armas capaces de erizar los cabellos. Y Ozymandias conoce todos los detalles. ¿Cree que vamos a perder el tiempo dejando ese robot en sus manos? ¿En manos de una pandilla de necios cuando está repleto de información militar capaz de convertir a América en inexpugnable? Lo siento, doctor. Ustedes encontraron a Ozymandias, pero nos pertenece a nosotros. Y vamos a volver con él a la Tierra.

La sala quedó en silencio de nuevo. Leopold nos miró a todos, a mí, a Webster, a Marshall, a Gerhardt. No había nada que decir.

La nuestra era básicamente una misión militar. Sí, claro, habían agregado unos cuantos antropólogos a la tripulación, pero carecían de importancia ante la que revestían los hombres de Mattern. Habíamos venido no tanto para engrandecer el cúmulo de conocimientos generales como para descubrir nuevas armas y fuentes de materiales estratégicos, de posible utilización contra el Otro Hemisferio.

Y se habían hallado nuevas armas. Armas increíbles, producto de una ciencia que resistió durante trescientos mil años. Alojada por completo en el imperecedero cuerpo de Ozymandias.

– Muy bien, coronel -dijo Leopold con voz áspera-. Supongo que no puedo detenerle.

Dio media vuelta y salió lentamente del comedor, sin haber probado bocado. Parecía un hombre roto, destrozado, convertido de repente en un viejo.

Sentí náuseas.

Mattern había insistido en que el planeta era inutilizable y que detenerse aquí sólo serviría para perder el tiempo. Leopold opinaba lo contrario, y los hechos le dieron la razón. Descubrimos algo de gran valor.

Sí, encontramos una máquina capaz de vomitar nuevas y terribles fórmulas para matar; Nos apoderamos del compendio y con fundamentos de la ciencia de los taiquenos, una ciencia que había culminado en la producción de armas tan soberbias que habían destruido todo rastro de vida en el mundo de sus creadores. Y ahora teníamos acceso a tales armas. Muertos por su propia mano, los taiquenos nos habían dejado solícitamente una herencia de muerte.

Muy sombrío, me levanté de la mesa para dirigirme al camarote. Ya no tenía hambre.

– Despegaremos dentro de una hora -dijo Mattern a mis espaldas cuando yo abandonaba el comedor-. Tengan a punto sus cosas.

Casi no le presté atención. Pensaba en el cargamento mortífero que transportábamos, en el robot, tan ansioso por desembuchar el contenido de su memoria. Meditaba sobre lo que sucedería cuando nuestros científicos, allá en la Tierra, empezaran a aprender de Ozymandias.

Las obras de los taiquenos habían pasado a nuestras manos. Y recordé el verso del poeta: Contempla mis obras, oh Poderoso, y abandona toda esperanza.