Se sentó en la silla Gainsborough que había detrás del escritorio y puso en marcha el ordenador, un equipo de tres pantallas que permitía seguir varios mercados financieros a la vez. Aunque por su apariencia se hubiera dicho que hasta podía lanzar misiles. O al menos hacer aterrizar unos cuantos aviones.
El primer código que Nora introdujo era para acceder a la conexión de internet. El segundo, para descodificar el RPV (o Red Privada Virtual) encriptado de 128 bits. O, dicho de una forma más sencilla, era el camino más seguro entre dos puntos del ciberespacio.
El primer punto era el ordenador de Connor.
El segundo, el Banco Internacional de Zurich.
A Nora le había llevado cuatro meses localizar el código RPV. Sabiendo lo que sabía ahora, se daba cuenta de que podría haberle bastado con cuatro minutos. Pero nunca imaginó que lo guardara en un lugar tan obvio como su agenda electrónica. En la N de «números de cuenta», nada menos.
Por supuesto, no fue tan elocuente a la hora de detallar qué cuentas correspondían a cada código. Eso exigió varias sesiones de pruebas y errores a altas horas de la madrugada, mientras él estaba en la cama, durmiendo.
Sorprendía la sencillez y discreción de la página de operaciones del Banco Internacional de Zurich, teniendo en cuenta la complejidad de una operación como introducirse en la cuenta de Connor, y todo lo que eso implicaba en términos de riqueza y privilegios. Nada de letras con filigranas o música relajante de Honegger. Sólo tres opciones, escritas en caracteres simples, aparecían en la pantalla: «Ingresos. Reintegros. Transferencias».
Nora hizo clic en «Transferencias» e inmediatamente saltó a otra página, tan simple como la anterior, con una relación de los saldos de las cuentas de Connor. También aparecía un espacio para indicar la cantidad de dinero que se quería transferir.
Nora introdujo la cifra. En total había 4,3 millones de dólares. Cogería algo menos; 4,2 millones, para ser exactos. Sólo quedaba indicar el destino de la transferencia.
Connor no era el único que tenía una RPV. Nora introdujo el código de su cuenta privada y numerada en las islas Caimán. Gracias al calenturiento abogado financiero Steven Keppler, estaba a punto de ser inaugurada por todo lo alto.
Apretó la tecla de ejecutar y se recostó en la silla de Connor. En la pantalla, una barra horizontal indicaba la progresión de la transferencia oscureciéndose gradualmente. Puso los pies sobre la mesa y observó cómo avanzaba poco a poco.
Dos minutos más tarde, ya era oficial. Nora Sinclair era 4,2 millones más rica.
El segundo golpe que daba ese día.
22
A la mañana siguiente, se levantó, arrastrando los pies y con un gran bostezo, y bajó la escalera, dispuesta a preparar una cafetera. No se sentía mal. En realidad, Nora no solía sentir nada.
Después de tomarse la primera taza, sus pensamientos se centraron en las cosas importantes que tenía que hacer aquel día, como unas cuantas llamadas a personas que necesitaban saber que Connor había muerto. Y tenía que cumplir con Jeffrey.
La primera llamada fue para Mark Tillingham. Era el abogado y albacea testamentario de Connor. También era uno de sus mejores amigos. Cuando Nora telefoneó, Mark estaba a punto de salir por la puerta para ir a jugar su partido de tenis de los domingos por la mañana. Hasta podía imaginárselo, vestido de blanco, mientras escuchaba la noticia conmocionado. En cierto sentido, Nora se sentía celosa de esas emociones.
Los siguientes eran sus parientes directos. Sin embargo, la lista no podría haber sido más corta. Los padres de Connor ya no vivían, así que sólo quedaba una persona: su hermana pequeña, Elizabeth, a la que él llamaba Lizzie o, a veces, Lizard. Estaban muy unidos en todos los sentidos, excepto el geográfico: ella vivía a 4.800 kilómetros de distancia, en Santa Bárbara, y tenía su propia carrera, pues era una arquitecta reputada. Apenas viajaba hacia la costa este; la última vez había sido antes de que Nora y Connor se conocieran.
Nora se sirvió otra taza de café y pensó cuál sería la mejor manera de decirle a una mujer a la que nunca había visto, y con la que ni siquiera había hablado, que su hermano había muerto a los cuarenta años. Sabía que no tenía por qué hacer esa llamada. Podría haberle pedido a Mark Tillingham que la hiciera. Pero Nora también sabía que alguien que hubiera amado a Connor de verdad habría telefoneado personalmente. Así pues, después de encontrar el número de teléfono en la agenda electrónica, lo marcó.
– ¿Diga? -dijo una mujer con voz vacilante, por no decir contrariada.
Pasaban tan sólo unos minutos de las siete de la mañana en California.
– ¿Elizabeth?
– Sí.
– Me llamo Nora Sinclair…
Sorprendentemente, la hermana de Connor no lloró, al menos no por teléfono. Se limitó a guardar silencio, abatida, y a continuación formuló algunas preguntas con voz queda. Nora le contó lo mismo que había explicado a la policía, siguiendo el guión palabra por palabra.
– Aunque supongo que no sabremos nada con seguridad hasta que terminen de realizarle la autopsia -señaló.
De nuevo, Lizzie respondió con su aturdido silencio. Nora pensó que tal vez se sintiera culpable por no haber visto a su hermano en tanto tiempo. O tal vez se tratara de la repentina soledad de saberse la única superviviente de toda su familia. Tal vez sufriera una conmoción, como le había ocurrido a Mark Tillingham.
– Cogeré un avión mañana por la mañana -dijo Elizabeth-. ¿Has hecho planes para el funeral?
– Primero quería hablar contigo. Me imaginaba que…
Elizabeth se echó a llorar.
– Espero que no te parezca horrible, pero eso es lo último que… No creo que pueda… ¿Te importaría encargarte de ello?
– Claro que no -dijo Nora.
Estaba empezando a despedirse cuando Elizabeth reprimió unos sollozos y preguntó:
– ¿Cuánto tiempo has estado comprometida con Connor?
Nora hizo una pausa. Quiso fingir que lloraba, pero lo pensó mejor. En lugar de eso, dijo solemnemente:
– Una semana.
– Lo siento. Oh, lo siento mucho -dijo Elizabeth.
A raíz de su conversación telefónica con Elizabeth, Nora pasó la tarde concentrada en los preparativos del funeral. Algunos asuntos se podían solucionar por teléfono, como las flores o la comida. Sin embargo, había ciertas cosas en la vida -y más aún en la muerte- que uno debía hacer en persona. Elegir la funeraria era una de ellas.
Incluso en esa ocasión, Nora sacó partido de su destreza como decoradora. Eligió el ataúd como hubiera seleccionado el mobiliario de un cliente. Para Connor, el nogal más regio con asas de marfil labradas. En cuanto el encargado de la funeraria se lo mostró, Nora supo que debía ser ése.
– ¡Hecho! -dijo.
23
– Nora, sé que probablemente no es el mejor momento -empezó a decir Mark Tillingham-. Pero hay una cuestión de la que tenemos que hablar, y cuanto antes mejor.
Esta conversación tenía lugar minutos antes de las exequias, el martes por la mañana. El aparcamiento de la parroquia de Santa María, en Albany Post Road, Scarborough, estaba completo. Nora miró al abogado de Connor a través de los cristales oscuros de sus gafas Chanel, que hacían conjunto con el traje negro de Armani y los imprescindibles zapatos Manolos. Estaban de pie bajo un gran acebo, junto al camino de grava.
– Se trata de la hermana de Connor. Está destrozada, por supuesto: ella y Connor estaban muy unidos. Elizabeth tiene algunas dudas sobre tus intenciones.
– ¿Mis intenciones?
– Con respecto a las propiedades.
– ¿Qué te ha dicho Elizabeth? No, déjame adivinar. Teme que yo impugne el testamento de Connor, ¿verdad?