Muchos de los jóvenes iban desnudos simplemente, con excepción de artículos prácticos tales como bolsos y sandalias. Pero a David le daban la impresión de que no padecían en absoluto la timidez ni la inhibición de sus mayores, como si tomaran la decisión de qué usar sobre la base exclusiva de lo práctico o del deseo de exhibir su personalidad, en vez de dejarse influir por la modestia o el tabú.
Un grupo de jóvenes lucía unas máscaras con las facciones de la cara de una misma persona, pero con distintos gestos. Tanto chicos como chicas llevaban esa cara, la que exhibía toda una gama de situaciones y emociones: empapada por la lluvia, iluminada por el Sol, con barba o perfectamente afeitada, riendo o llorando, hasta durmiendo; todas expresiones que nada parecían tener que ver con quienes la usaban. Era desconcertante verlos, era como encontrarse con un grupo de clones vagando por la noche romana.
Esas máscaras representaban a Rómulo, y era el accesorio de última moda creado por Nuestro Mundo. Rómulo, fundador de la ciudad, se había convertido en un personaje de importancia para los jóvenes romanos, pues la cámara Gusano había demostrado que realmente había existido, aun cuando su hermano y la historia de la loba hubieran resultado ser un mito. Cada máscara no era otra cosa que una pantalla flexible, moldeada para la cara del portador, con alimentación incorporada proveniente de una cámara Gusano, y mostraba la cara de Rómulo tal como él había sido en la edad exacta, al minuto, de quien estaba usando la máscara. Con variaciones en función de la región, Nuestro Mundo estaba apuntando a otras partes del mundo.
Eran productos que se vendían extraordinariamente bien, pero David sabía que le iba a tomar toda la vida acostumbrarse a ver la cara de un varón joven de la Edad del Hierro… luciendo un par de graciosos pechos desnudos.
Cruzaron una pequeña plaza, con unos canteros de plantas algo estropeadas, rodeada por edificios altos, antiguos. En un banco que allí había, David observó a una pareja joven, un muchacho y una muchacha, ambos desnudos. Quizá tendrían unos dieciséis años. La muchacha estaba sobre el regazo de su compañero y se estaban besando con ardor. La mano del muchacho apretaba con urgencia uno de los pequeños pechos de ella. Y la mano de la muchacha, hundida entre ambos cuerpos, envolvía el pene erecto.
David sabía que algunos comentaristas (más viejos) desdeñaban todo esto, considerándolo nada más que hedonismo, una danza loca de los jóvenes antes del comienzo del incendio. Era un reflejo estúpido, juvenil, de las filosofías nihilistas horribles y desesperanzadas que recientemente se habían desarrollado en respuesta a la existencia amenazadora del Ajenjo: filosofías en las que al universo se lo veía como poco más que un puño gigantesco que tenía la intención de aplastar, una y otra vez, toda forma de vida, belleza y pensamiento. Por supuesto, nunca había existido la manera de sobrevivir a la lenta decadencia del universo. Ahora, el Ajenjo había hecho que ese límite cósmico se volviera horriblemente real, y no quedaba otra cosa por hacer que no fuera bailar y tener sexo y llorar.
Conceptos así eran seductores en una manera desconsoladora. Pero la explicación del modo de actuar de la juventud moderna seguramente era más simple que eso, pensó David. Él creía más que probable que fuera otra consecuencia de la cámara Gusano: el abandono inexorable y desconcertante de los tabúes, en un mundo en el que las paredes habían caído.
Un puñado de personas se había detenido para mirar a la pareja: uno de los hombres —desnudo también él— se masturbaba lentamente.
Desde el punto de vista técnico, eso seguía siendo ilegal. Pero ya nadie trataba de hacer cumplir las leyes. Después de todo, ese hombre solitario podría regresar a la habitación de su hotel y recurrir a su cámara Gusano para hacer un acercamiento con quienquiera que fuese, en cualquier momento del día o de la noche. En definitiva, mucha gente había estado utilizando la cámara Gusano en esas actividades, desde que fuera lanzada al mercado; y a películas y revistas y cosas por el estilo desde hacía mucho más tiempo aún. Por lo menos, en esta era de la cámara Gusano ya no había más hipocresía.
Pero estos incidentes ya eran poco frecuentes. Estaban surgiendo nuevas normas sociales.
Para David el mundo podía compararse con un restaurante lleno de clientes donde se podía oír lo que el hombre de la mesa vecina le estaba diciendo a su esposa. Pero eso no era cortés; quien se permitía hacerlo se exponía a ser aislado socialmente. Y, después de todo, mucha gente en realidad disfrutaba en sitios públicos y muy populosos: el zumbido, la excitación, la sensación de pertenencia a un grupo podían dejar a un lado cualquier deseo de tener vida privada.
Mientras David miraba, la muchacha se separó, sonriéndole a su amante, y se deslizó hacia abajo por el cuerpo de él, suave como una serpiente, tomó el pene, lo acercó a su boca y…
David miró hacia otro lado, sintiendo que la cara le ardía.
Los jóvenes habían hecho el amor de manera torpe, propia de aficionados, quizá con excesiva avidez; los dos cuerpos, aunque jóvenes, no eran particularmente atractivos. El suceso no era ni una demostración de arte ni una exhibición pornográfica: era la vida humana, en toda su torpe belleza animal. David trató de imaginar cómo se hubiera sentido de ser ese muchacho, aquí y ahora, liberado de tabúes, recreándose en el poder de su cuerpo y en el de su amante.
Heather, empero, no vio todo esto. Caminando sin rumbo al lado de él, con los ojos brillantes, todavía estaba sumergida en el pasado profundo; tal vez era hora de unirse allí con ella. Con una sensación de alivio, y una breve palabra al motor de búsqueda solicitándole instrucciones de uso, David se puso su propio Ojo de la Mente y se deslizó hacia otro tiempo.
Caminaba bajo la luz del Sol. Pero esta calle llena de gente, uno de cuyos lados estaba limitado por grandes bloques cuadrados de departamentos de muchos pisos, era oscura. Determinada por la peculiar topografía del emplazamiento —las famosas siete colmas— se había erigido Roma, que ya tenía un millón de habitantes.
En muchos aspectos, la ciudad parecía ser notablemente moderna. Pero éste no era el siglo XXI. David estaba atisbando esta capital vibrante y bulliciosa en una brillante tarde del verano italiano… pero a sólo cinco años de la cruel muerte de Cristo. No había vehículos de motor, claro está; sólo pocas carretas o carrozas tiradas por animales. La forma más frecuente de transporte, aparte del desplazamiento a pie, era mediante litera o silla de manos alquilada. Aun así, las calles estaban tan llenas de gente que ni siquiera el tráfico pedestre podía circular a una velocidad poco mayor que la de un caracol.
Alrededor de ellos, una multitud de gente, ciudadanos, soldados, indigentes y esclavos. David y Heather se alzaban por encima de la mayoría de todo el gentío y, además, al caminar por sobre la superficie moderna del suelo, estaban flotando encima del piso de adoquines de la ciudad antigua. Los pobres y los esclavos parecían empequeñecidos, algunos de ellos de débil aspecto debido a la mala alimentación y a las enfermedades; semejaban ratas, apiñados alrededor de las fuentes públicas de agua. Pero muchos de los ciudadanos llevaban togas blanco brillante cosidas con hilo de oro, y eran los herederos de la opulencia que había otorgado el imperio en expansión a generaciones de romanos beneficiados con esa política. Eran tan altos y estaban tan bien alimentados como David y, con la ropa adecuada, seguramente no habrían estado fuera de lugar en las calles de una ciudad cualquiera del siglo XXI.
Pero David no se podía acostumbrar al modo en que la masa de gente, parecida a enjambres en movimiento, pasaba a través de él.
Resultaba difícil aceptar que para estos romanos, activamente dedicados a sus propios asuntos, él no era más que un fantasma carente de solidez. David ansiaba estar allí, desempeñar un papel.