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No era posible viajar sobre esas superficies, y la única manera de observar el proceso era desde el aire. Una semana del otoño de M-48, Maya decidió unirse a Diana, Rachel y algunos más que iban a visitar el pequeño asentamiento en la pendiente del centro de la cuenca, al que llamaban Isla Menos Uno, aunque todavía no era una isla, puesto que Zea Dorsa aún no había sido cubierta. Pero iban a inundar la última parte de Zea Dorsa dentro de pocos días, y Diana y otros hidrólogos de la oficina pensaban que era una buena idea presenciar aquel acontecimiento histórico.

Justo antes de la partida, Sax se presentó en el apartamento, solo. Venía de Sabishii y se dirigía a Vishniac, y pasaba por allí para visitar a Michel. Maya se alegró de estar a punto de irse. Aún se sentía incómoda con él, y el sentimiento era mutuo: Sax habló con Michel y Spencer evitando mirarla a los ojos. ¡Ni una palabra para ella! Desde luego Michel había pasado muchas horas conversando con él durante su rehabilitación, pero a pesar de todo se puso furiosa.

Por eso, cuando Sax se enteró de su inminente viaje a Menos Uno y preguntó si él también podía ir, Maya quedó desagradablemente sorprendida. Pero Michel le echó una mirada implorante, fugaz como un relámpago, y de inmediato Spencer manifestó también el deseo de acompañarla, seguramente para impedir que arrojase a Sax fuera del dirigible. Maya accedió, malhumorada.

Cuando partieron, un par de mañanas después, «Stephen Lindholm» y «George Jackson» los acompañaban, dos ancianos que Maya no se molestó en presentar a los demás, comprendiendo que Diana, Rachel y Frantz ya sabían quiénes eran. Los jóvenes parecieron muy entusiasmados al subir la escalerilla y la góndola alargada del dirigible, y Maya frunció los labios con irritación. El viaje no iba a ser lo mismo con Sax.

El vuelo desde Odessa a Menos Uno duraba unas veinticuatro horas. El dirigible era más pequeño que los viejos monstruos de los primeros tiempos. Se trataba de una nave con forma de cigarro llamada Tres Diamantes, y la góndola era larga y espaciosa. Aunque las poderosas hélices lo impulsaban a bastante velocidad y mantenían la estabilidad a pesar de los fuertes vientos, Maya se sentía a bordo de un ingenio poco controlable, el zumbido de los motores apenas audible por encima del aullido del viento del oeste. Se acercó a una ventana y miró abajo, dándole la espalda a Sax.

La vista era maravillosa. Odessa ofrecía un hermoso espectáculo de árboles frondosos y techos de tejas sobre la pendiente septentrional. Después de un par de horas de vuelo dificultoso hacia el sudeste, la llanura de hielo de la cuenca ocupó toda la superficie visible del mundo, como si sobrevolaran el Océano Ártico o un mundo de hielo.

Navegaban a bastante altitud y a unos cincuenta kilómetros por hora. Durante la tarde del primer día, el paisaje de hielo quebrado siguió teniendo un blanco sucio, profusamente salpicado de bolsas de agua que reflejaban el púrpura del cielo y de cuando en cuando resplandecían como la plata bajo el sol. Al oeste divisaron un dibujo espiralado, largas líneas de agua marcando el lugar que había ocupado el agujero de transición de Punto Bajo.

Al atardecer, el hielo mostró una mezcla de rosados, naranjas y marfiles opacos, veteados por largas sombras negras. Siguieron volando en las tinieblas, bajo las estrellas, sobre una blancura luminosa y agrietada. Maya dormitó intranquila en uno de los largos bancos bajo las ventanas, y se despertó antes del alba, que desplegó otra maravilla de colores: los púrpuras del cielo eran mucho más oscuros que el hielo rosado de la superficie, una inversión que le daba un aspecto surreal a todo.

A media mañana volvieron a divisar tierra; sobre el horizonte, elevándose sobre el hielo, flotaba un óvalo de colinas color siena, alrededor de cien kilómetros de largo y cincuenta de ancho, el equivalente a escalar en Hellas el macizo central que solía encontrarse en el fondo de los cráteres de tamaño medio, y lo suficientemente alto como para permanecer muy por encima del nivel previsto del agua, lo que proporcionaría al futuro mar una isla central bastante consistente.

En aquellos momentos el asentamiento de Menos Uno, en el extremo noroccidental, no era más que una serie de pistas de despegue, plataformas de lanzamiento, postes para los dirigibles y una desordenada colección de pequeños edificios, algunos con una pequeña tienda estación, los demás aislados y desnudos como bloques de hormigón caídos del cielo. Allí sólo vivía una pequeña dotación de científicos y técnicos, además de los areólogos que los visitaban.

El Tres Diamantes viró y ancló en uno de los postes y fue arrastrado a tierra. Los pasajeros abandonaron la góndola por un túnel y el jefe de estación les ofreció un pequeño recorrido por el aeropuerto y el complejo residencial.

Luego de una cena mediocre, se pusieron los trajes y salieron a dar un paseo por el exterior. Avanzaron entre dispersos edificios utilitarios y luego bajaron por la colina hacia lo que les habían señalado como la futura línea de costa. Cuando llegaron allí, descubrieron que desde esa altura no se veía el hielo, sólo una planicie baja y arenosa, sembrada de pedruscos, que se extendía hasta el horizonte cercano, a unos siete kilómetros de distancia.

Maya marchaba desganadamente detrás de Diana y Frantz, que parecían estar empezando una relación amorosa. Al lado de ellos caminaba otra pareja de nativos del equipo de la base, aún más jóvenes que Diana, tomados del brazo y muy acaramelados. Los jóvenes medían más de dos metros, pero no eran tan ágiles y esbeltos como la mayoría de los nativos; debían de haber hecho musculación hasta alcanzar las proporciones de los levantadores de peso terranos, a pesar de su altura. Sin embargo caminaban como si bailasen sobre las rocas de aquella playa vacía. Maya los observó, maravillada como siempre por la nueva especie. Sax y Spencer venían detrás, y ella incluso hizo algún comentario por la vieja frecuencia de los Primeros Cien. Pero Spencer se limito a hablar de fenotipo y genotipo, y Sax ignoró la observación y empezó a bajar la pendiente.

Spencer fue con él, y Maya los siguió, avanzando despacio para observar las nuevas especies: entre la arena que rodeaba las piedras asomaban penachos de hierba, y también plantas bajas, malas hierbas, cactos, arbustos, e incluso algunos árboles diminutos y nudosos, refugiados en la base de las rocas. Sax caminaba de aquí para allá, pisando con cautela, agachándose para observar alguna planta, incorporándose de nuevo con una mirada desenfocada, como si la sangre hubiese abandonado su cabeza. O quizás aquélla era la mirada del Sax sorprendido, algo que no recordaba haber visto nunca. Maya se detuvo y miró alrededor; en realidad era sorprendente descubrir tal despliegue de vida allí donde nadie había sembrado nada. O quizá los científicos de la estación lo habían hecho. Y la depresión era baja, cálida, húmeda… Los jóvenes marcianos bailaban sobre todo aquello, evitando graciosamente las plantas casi sin advertirlas. Sax se detuvo delante de Spencer e inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara.

—Estas plantas acabarán bajo el agua —dijo quejumbroso, casi como si preguntara.

—Así es —dijo Spencer.

Sax miró brevemente a Maya. Tenía los puños crispados. ¿Y ahora qué? ¿La estaba acusando de asesinar a esas plantas también?

—Pero la materia orgánica ayudará a sostener la vida acuática posterior —dijo Spencer.