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Eso era impresionante en 1924, como lo era Eve. Su sonrisa radiante, su desesperanzado encogimiento de hombros, la expresividad que obtenían los actores de entonces con los ojos… ella dominó todo eso cuando aún era una chiquilla. Sabía transmitir la frustración, hacer una exhibición de mal genio, llorar con la mano en la frente, y también sabía realizar las divertidas caídas de culo. Cuando Eve Frame era feliz, corría dando pequeños brincos. Brincaba de felicidad, y eso era encantador. Interpretaba a la cigarrera o la lavandera pobre que conoce al pez gordo, o a la niña rica y mimada que se pirra por el cobrador del tranvía. Eran películas sobre el cruce de las barreras de clase, con escenas callejeras de los inmigrantes pobres llenos de ruda energía y luego escenas en los comedores de los privilegiados americanos ricos, con todos sus reparos y tabúes. Como en las novelas del joven Dreiser. Hoy sería imposible aguantar esas cosas. Habría sido difícil aguantarlas entonces, de no ser por ella.

Doris, Eve y yo éramos de la misma edad. Ella empezó a trabajar en Hollywood cuando tenía diecisiete años, y luego, todavía mucho antes de la guerra, actuó en Broadway. Doris y yo la habíamos visto desde el gallinero en alguna de esas obras teatrales, y la verdad es que lo hacía muy bien. Las obras no eran nada del otro mundo, pero como actriz de teatro tenía un estilo personal, distinto del que la había hecho popular como la juvenil protagonista de películas del cine mudo. En el escenario mostraba talento para lograr que cosas que no eran muy inteligentes lo parecieran, y cosas que no eran en absoluto serias lo pareciesen un poco. Su perfecto equilibrio en el escenario resultaba extraño. Como ser humano, Eve acabó exagerándolo todo y, en cambio, en el escenario era la encarnación de la moderación y el tacto y no exageraba en absoluto. Y entonces, después de la guerra, la escuchábamos en la radio porque a Lorraine le gustaba, e incluso en aquellos programas de Radioteatro Americano aportaba un aire de buen gusto a un material que era bastante desagradable. Tenerla en nuestra sala de estar, echando un vistazo a las estanterías, hablar con ella de Meredith, Dickens y Thackeray… en fin, me preguntaba qué estaba haciendo con mi hermano una mujer de su experiencia y sus intereses.

Esa noche no imaginé que iban a casarse, a pesar de que Ira se sentía claramente halagado en su vanidad y, en The Tavern, ante un plato de langosta, setas y otros ingredientes servidos en el caparazón del crustáceo, se le veía excitado y orgulloso. Es el restaurante de más tono donde comían los judíos de Newark, y ahí, en compañía de Eve Frame, el epítome de la clase alta teatral, está el palurdo de la calle Factory de Newark, sin un ápice de inseguridad en su persona. ¿Sabías que Ira había trabajado de ayudante de camarero en The Tavern? Era uno de los humildes trabajos que desempeñó tras abandonar la escuela, y no le duró más que un mes. Era demasiado corpulento para cruzar la puerta de la cocina cargado con las bandejas. Lo despidieron después de que hubiera roto el milésimo plato, y fue entonces cuando se marchó a las minas de cinc, en el condado de Sussex. Así pues, han pasado casi veinte años y esa noche está de regreso en The Tavern, convertido en astro radiofónico y presumiendo ante su hermano y su cuñada. El triunfador satisfecho de sí mismo.

El dueño de The Tavern, Teiger, Sam Teiger, ve a Eve y se acerca a la mesa con una botella de cava. Ira le invita a tomar una copa con nosotros y le deleita con el relato del mes: que trabajó en el local como ayudante de camarero, en 1929, y como su vida no se ha saldado con un fracaso, todo el mundo se divierte con la comedia de sus desventuras y la ironía de que Ira haya regresado al restaurante. A todos nos gustó el espíritu deportivo con que se refería a sus viejas heridas. Teiger entra en su despacho, sale con una cámara y nos hace una foto de los cuatro cenando, y luego la cuelga en el vestíbulo del local, junto con las fotografías de los demás notables que han cenado ahí. No habría habido ninguna razón para que esa foto no hubiera seguido en la pared hasta que The Tavern cerró tras las algaradas de 1967, si Ira no hubiese figurado en la lista negra unos años antes. Tengo entendido que la descolgaron de la noche a la mañana, como si en realidad hubiera fracasado.

Volviendo a la época en que comenzó su idilio, de noche regresa a la habitación que ha alquilado, pero gradualmente deja de hacerlo y finalmente se instala en casa de ella. No son unos niños, la mujer no ha recibido mucho afecto últimamente, y estar ahí encerrados, en la casa de la calle West Eleventh, como un par de delincuentes sexuales atados a la cama es algo que rebosa de pasión, maravilloso. La intriga espontánea de esa situación al inicio de la edad mediana. Prescindir de toda reserva y lanzarte de cabeza a la aventura. Es el escape de Eve, su liberación, su emancipación, su salvación incluso. Ira le ha dado un nuevo guión, por si ella lo quiere. A los cuarenta y un años, Eve estaba convencida de que todo había terminado, y en cambio se ha salvado. «Bueno», le dice a Ira, «se acabó el deseo, pacientemente alimentado, de mantener las cosas en perspectiva».

Ella le dice cosas que nadie le había dicho hasta entonces. Califica su relación de «esa cosa nuestra extremada y dolorosamente dulce y extraña»; le dice: «Hace que me disuelva una y otra vez»; «en medio de una conversación con alguien, de repente no estoy ahí». Le llama mon prince. Cita a Emily Dickinson. Para Ira Ringold, de Emily Dickinson. «Contigo en el desierto / Contigo en la sed / Contigo en el bosque de tamarindos / El leopardo respira… ¡por fin!»

Bueno, Ira tiene la sensación de que es el amor de su vida. Y con respecto al amor de tu vida no piensas en los detalles. Si llegas a encontrarlo, no lo desperdicias. Deciden casarse, y eso es lo que Eve le dice a Sylphid cuando la muchacha regresa de Francia. Mamá vuelve a casarse, pero esta vez con un hombre maravilloso. Es de suponer que Sylphid aceptará eso. Sylphid, un personaje del guión anterior.

Eve Frame representaba el gran mundo para Ira. ¿Y por qué no debía ser así? El no era ningún niño, había estado en muchos sitios brutales y él mismo sabía ser brutal. ¿Pero Broadway? ¿Hollywood? ¿Greenwich Village? Todo eso era enteramente nuevo para él. No se distinguía por su perspicacia en lo que afectaba a los asuntos personales. Había aprendido mucho por sí solo y también gracias a O'Day. Era largo el camino recorrido desde la calle Factory. Pero todo eso tenía que ver con la política. Y tampoco en esta faceta descollaba por su agudeza mental. Sus actitudes no eran en modo alguno el resultado del pensamiento. El vocabulario marxista seudocientífico, la jerigonza utópica que lo acompañaba… administra tales cosas a una persona con tan escasos estudios, tan poco educada como Ira, adoctrina a un adulto que no es hábil en la actividad mental con el encanto intelectual de las grandes ideas generales, inculca a un hombre de inteligencia limitada, un tipo excitable que está tan enojado como Ira… pero ése es otro tema, la relación entre la amargura y la falta de pensamiento.