Выбрать главу

– Buenos días. ¿Qué tal está?

La mujer, nerviosa por el resultado del peritaje, ni oyó el saludo del portero. Desapareció rápidamente en el ascensor, mordisqueándose las uñas, junto con los dos peritos trajeados.

Estuvieron algo menos de una hora arriba, en el apartamento inundado. Primero bajaron los dos hombres de la aseguradora. Parloteaban entre ellos, pero al ver al portero se callaron; siguieron en silencio hasta la puerta y una vez fuera reanudaron su conversación.

Después bajó la mujer. Sola, trasteando con su móvil. Cillian intentó parecer preocupado.

– ¿Ha sido muy grave?

Pasó delante de él sin mirarle.

– Si puedo serle de alguna ayuda…

La mujer levantó entonces la mirada y agradeció el ofrecimiento con un movimiento distraído de la cabeza. A continuación, se pegó el móvil a la oreja y también ella desapareció en la calle.

Se fue sin que Cillian consiguiera interpretar el resultado del peritaje. Pero no permitió que esa duda cambiara la opinión que tenía de lo que había ocurrido el día anterior. Que el seguro cubriera la totalidad, parte o nada del siniestro era un detalle que no modificaba el éxito de su acción. Se lo repitió para sus adentros para que le quedara claro, sobre todo en los eventuales momentos futuros de depresión. «Lo has hecho muy bien, Cillian. Muy bien.»

Durante la pausa del almuerzo constató que los ratoncitos habían defecado por toda la caja, que la comida en la cajita de cucarachas había reducido de tamaño y se había vuelto más oscura, y que Clara seguía sin responder a Aurelia.

«¿Por qué demonios no contestas?» No se lo explicaba. Ahora, después de dos días de silencio, no conseguía imaginar qué pasaba por la cabeza de la chica. La primera posibilidad, que Clara sospechara de la autenticidad del mensaje, volvió por un instante a tomar cierta consistencia. Pero tampoco se lo creía demasiado. Tenía que haber un tercer motivo que en ese momento no veía pero que a buen seguro explicaba lo que estaba pasando.

Por la tarde, después de la ansiada llegada del equipo de limpieza que marcaba el fin de su jornada laboral, fue a ver a los Lorenzo. Por lo menos allí su mente se distraería y dejaría de pensar en Clara.

Cuando Cillian entró en el dormitorio, Alessandro apartó la mirada, frío.

– ¿Estás enfadado porque ayer no vine?

Una vez a solas con él, se justificó -mintió- diciendo que la razón de su ausencia había sido la mujer del 5B. Le contó los detalles del desastre que había causado en el apartamento su trastada con el lavavajillas.

– Tenías que haber visto la cara que puso cuando entró en su casa. Nunca la olvidaré.

Alessandro esbozó entonces una mueca que parecía una sonrisa. No tardó en olvidarse de su enfado y en mostrarse colaborador.

Cillian le ayudó a levantarse. Le dejó de pie, apoyado en la pared; con una tiza trazó una marca en el suelo, en el punto hasta el que Alessandro había llegado dos días antes. Calculó entonces la distancia que faltaba para llegar a la ventana del dormitorio.

– Mira -dijo contando los pasos-, ya has hecho un cuarto del camino. No está mal. Antes de que acabe el invierno lo lograremos. Lo lograrás.

Empezaron la sesión.

– La pierna derecha.

A pesar de la total entrega y voluntad, el esfuerzo era inmenso. Un paso de apenas cinco centímetros le costaba la vida. Cillian, para animarle, apeló a su rabia:

– Éste es un mundo injusto, Ale, y tú lo sabes mejor que nadie porque te ha golpeado muy duro. Mueve esa bendita pierna.

El cuerpo de Alessandro temblaba por el esfuerzo. La sangre le subió al rostro.

– Te ha tocado la vida más jodida que he conocido. Y no sólo por lo de la médula… sino por la gente que te rodea. No has tenido suerte en nada. La pierna derecha, vamos.

El temblor se hizo violento. Alessandro emitió un gruñido animal. Las mandíbulas se cerraban, sometían los dientes a una presión creciente.

– Tu chica te ha dejado, tus hermanos y tus amigos pasan de ti, y tus padres son unos pobres paletos que ni siquiera son conscientes de que tu cerebro sigue funcionando. La maldita pierna derecha o vuelvo a meterte en la cama.

Por fin su pie derecho se movió unos pocos centímetros. Alessandro parado, con la respiración entrecortada, recuperó las fuerzas.

– Y cada día será peor, Alessandro. Da igual lo que digan los médicos. Cada día, peor. Lo sabemos. Así que cuanto antes lo consigas, mejor para ti. Porque llegará un día en que no estaré aquí. Ahora la izquierda.

Alessandro le miró a la cara. Sabía que Cillian decía todas esas cosas para animarle pero que, al mismo tiempo, disfrutaba genuinamente de ese despiadado ensañamiento.

– ¿Han vuelto a ponerla? -Dijo Cillian, que miraba con una sonrisa el marco de fotos sobre la cómoda, delante de la cama. Se trataba de un retrato de Alessandro, antes de la enfermedad, abrazado a una chica rubia-. ¿Quién ha sido? Tu madre, ¿verdad?

Empapado en sudor, Alessandro se concentró para mover la otra pierna.

– ¿Tu madre sabe que ese zorrón, mientras tú te meas en los pañales, se tira a medio campus?

El cuerpo de Alessandro volvió a temblar por el esfuerzo.

– ¿Te animaba ella la noche que te machacaste los huesos? ¿Qué te decía? ¿Salta, amor, salta… siempre adelante, cariño? -Esa información le había llegado de tercera mano. Un amigo presente en la tragedia se la había contado a un hermano de Ale, que se lo había contado al padre, que se lo había contado al portero. Era un tema que Cillian amaba rememorar-. La izquierda. No ha venido ni una vez a verte, ¿verdad?

De nuevo ese gruñido animal. El labio inferior quedó atrapado entre la presión brutal de las mandíbulas. Se abrió una brecha, de la que manó un espeso reguero de sangre.

– No ha venido, estoy seguro… porque me paso abajo todo el día… y en un pibón así me habría fijado, ¿sabes?

Alessandro lanzó una especie de grito y consiguió mover la pierna izquierda. Levantó la mirada hacia Cillian, satisfecho, con la barbilla manchada de sangre.

– ¿A qué viene esa mirada de triunfo? Sólo has avanzado veinte centímetros… Mira cuánto te falta. La pierna derecha.

Siguieron así durante media hora. Media hora en la que Cillian le repitió, bajo distintos enfoques, lo desgraciada y sin sentido que era su vida. Alessandro aún se hallaba lejos de su marca anterior. Y la creciente provocación de Cillian era inversamente proporcional a la rabia de Alessandro. Con el pasar de los minutos y el cansancio, el chico aceptaba todo cada vez más pasivo, apático. Hasta que cesó en sus esfuerzos. Su cuerpo dejó de temblar, su rostro se relajó; comunicó su decisión con una mirada de renuncia y clemencia.

– ¿No puedes más?

Alessandro cerró los ojos. No aguantaba más. Esta vez se rendía, derrotado, más allá de toda su buena voluntad. Pidió con señas, con las pocas fuerzas que le quedaban, que Cillian le devolviera a la cama. Éste, por respuesta, le vomitó a la cara una ráfaga de crueldades. Sin efecto. Fue a por la foto de la ex novia de Alessandro y se la puso delante de la cara. Pero tampoco dio resultado. Ya no había orgullo ni dignidad a la que apelar. Alessandro, pálido, intentó mover los labios para emitir algún sonido y, de pronto, se desplomó en el suelo.

Se había rendido.

Cillian, muy serio, acercó su rostro al del chaval y le giró la cabeza para que le mirara.

– ¿Quieres poner fin a toda esta mierda, Alessandro? ¿Quieres seguir yendo hacia delante?

Alessandro cerró los ojos, pero no los reabrió. No era un sí, era la única forma que tenía de evitar su mirada.

– ¿Lo quieres?

Una rabia inexplicable recorría el cuerpo del portero. Con la mano libre, le abrió los parpados, le obligó a mirar.

– Pues de ti depende. Llega a esa maldita ventana y acaba con tu sufrimiento.