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—Lo que usted diga.

Smythe asintió enfáticamente.

—Lo digo. La instantánea se convierte en una película cuando los píxeles blancos y negros se vuelven animados. Pero no lo hacen por su cuenta: hay que darles reglas para que obedezcan. Ya sabe, volverse blancos si tres vecinos son negros, o algo así. Pero las reglas no son innatas al sistema. Tienen que serle impuestas. Cuando lo son, los autómatas celulares siguen permutando incesantemente… y eso es la conciencia, ése es el fenómeno de la autoconciencia, de la vida interna, de que la existencia sea como algo.

—Entonces, ¿cómo añaden reglas que gobiernen las permutaciones? —pregunté.

Smythe alzó las manos.

—No lo hacemos. No podemos. Créame, lo hemos intentado… pero con nada de lo que somos capaces de hacer conseguimos que los píxeles empiecen a hacer nada. No, las reglas vienen de la mente ya consciente del sujeto escaneado. Es sólo porque la mente real y biológica se enlaza cuánticamente al principio con la nueva por lo que se transfieren las reglas, y los píxeles se convierten en autómatas celulares en la nueva mente. Sin ese enlace inicial, no hay proceso de conciencia viva, sólo una instantánea muerta. Nuestras mentes artificiales no tienen esas reglas insertadas, así que si la conciencia alguna vez se pierde en una mente copiada, no hay manera de volverla a despertar.

—Entonces, si uno de nosotros se quedara dormido…

—Moriría —dijo Smythe simplemente—. La conciencia nunca se reiniciaría.

—¿Y por qué tanto secreto?

Smythe me miró.

—Hay más de una docena de compañías intentando entrar en el negocio de las descargas: en 2055 será una industria que generará cincuenta trillones de dólares al año. Todos pueden hacer una versión de nuestro proceso Mindscan, pueden copiar la pauta de píxeles. Pero, hasta ahora, somos los únicos que saben que el enlace cuántico con la mente fuente es la clave para poner en marcha la conciencia copiada.

Sin enlazar las mentes, al menos inicialmente, el duplicado nunca hace nada. —Sacudió la cabeza—. Sin embargo, por algún motivo, su mente sí que se reinicia cuando está desconectada.

—Sólo he perdido el sentido una vez —dije—, y fue justo después del arranque inicial. No pueden saber qué ocurre lo mismo siempre.

—Sí que podemos —dijo Smythe—. Copias de su mente consiguen generar espontáneamente reglas para sus autómatas celulares, por su cuenta, sin estar enlazadas con la original. Lo sabemos porque hemos instalado copias múltiples de su mente en cuerpos artificiales, aquí en la Luna y abajo en la Tierra… y, no importa cuándo lo hagamos, las copias se inician espontáneamente. Aunque las desconectemos, vuelven a iniciarse de nuevo por su cuenta.

Fruncí el ceño.

—Pero ¿por qué iba yo a ser diferente de los demás en este aspecto? ¿Por qué se reinician espontáneamente las copias de mi mente?

—¿Sinceramente? —dijo Smythe, alzando sus cejas platino—. No estoy seguro. Pero creo que tiene que ver con el hecho de que usted era daltónico. Verá, la conciencia trata de la percepción de los qualia: cosas que sólo existen como construcciones en la mente, cosas como la amargura o la paz. Bien, los colores son uno de los qualia más básicos. Puede usted arrancar una rosa y aislar el tallo, o las espinas, o los pétalos: son entidades distintas y reales. Pero no se puede arrancar el color rojo, ¿no? Oh, puede eliminarlo (puede teñir una rosa), pero no puede quitar el rojo y señalarlo como una cosa separada. El rojo, el azul y demás son estados mentales… No existe el rojo por su cuenta. Bien, por accidente, le dimos a su mente acceso a estados mentales que nunca había experimentado. Eso la hizo inicialmente inestable. Trató de asimilar esos nuevos qualia y no pudo… así que se desplomó. Eso es lo que ocurrió cuando Porter lo transfirió por primera vez: se desplomó y perdió usted el sentido. Pero luego la conciencia se reinició, por su cuenta, como luchando por encontrar sentido a los nuevos qualia, para incorporarlos a su visión del mundo.

—Eso lo convierte a usted en un sujeto de pruebas de valor incalculable, señor Sullivan —dijo Brian Hades—. No hay nadie como usted.

—No debería haber nadie como yo —dije—. Pero ustedes siguen haciendo copias. Y eso no está bien. Quiero que desconecten los duplicados míos que han producido fraudulentamente, que destruyan el máster de grabación Mindscan y no vuelvan a hacer otro yo de nuevo.

—¿O…? —dijo Hades—. Ni siquiera puede demostrar que existen.

—¿Cree que lidiar con el Jacob Sullivan biológico fue difícil? Hágame caso: no quieran tener que lidiar con mi verdadero yo.

Epílogo

Ciento dos años más tarde: noviembre de 2147

¡Oh, Dios mío!

—¿Qué?

¡Oh, Dios mío! Oh, Cristo…

No había oído una voz así en mi cabeza desde hacía más de un siglo. Creí que habían desaparecido para siempre.

¡No puedo creerlo!

—¿Hola? ¿Hola? ¿Puedes oírme?

Sé que dijeron que podría ser extraño, pero… pero…

—¿Pero qué? ¿Quién es? ¿Jake? ¿Eres otro Jake?

¿Qué dem… hola? ¿Quién es?

—Soy yo, Jake Sullivan.

¿Qué? Yo soy Jake Sullivan.

—Y yo también.

¿Dónde estás?

—En Lowellville.

¿Lowellville?

—Sí. Ya sabes: el mayor asentamiento en Marte.

¿Marte? No tenemos ningún asentamiento en Marte…

—Claro que sí, desde hace treinta años. Me trasladé aquí hace más de una década.

Pero… Oh. Ah. ¿En qué año estamos?

—Estamos en 2147.

¿Dos mil ciento cuarenta y siete? Me estás tomando el pelo. Es 2045.

—No. Llevas un siglo de retraso.

Pero… Oh. ¿De veras?

—Sí.

¿Por qué te has ido a Marte?

—Por el mismo motivo que mucha gente llegó a América del Norte desde Europa hace siglos. La libertad de practicar nuestra rama de la humanidad. Marte es una llamada para todos los que marchan siguiendo un tambor diferente. Nos negaron nuestra identidad en la Tierra. Llevamos el asunto al Tribunal Supremo de Estados Unidos, pero perdimos. Y por eso…

Ypor eso, a Marte.

—Exactamente. Tenemos una comunidad maravillosa. Montones de matrimonios múltiples, montones de matrimonios gay y montones de descargados. Bajo la ley marciana (creada por los que vivimos aquí, por supuesto) todas las formas de matrimonio son legales y abiertas. Hay una familia tres puertas más abajo que está compuesta por una mujer humana y un chimpancé varón que fue modificado genéticamente para tener un cerebro más grande. Jugamos al bridge con ellos una vez a la semana. —Me encogí de hombros, aunque no había manera de que mi otro yo supiera lo que estaba haciendo—. Si no puedes cambiar la antigua Constitución, ve a un sitio nuevo y escribe una nueva.

Ah. Eso es… caramba. Vaya, eso es un punto, ¿no?

—Sí que lo es.

Yo… Marte. Caramba. ¡Pero, eh, espera! Yo no estoy en Marte y, sin embargo, no hay lapso temporal.

—Sí, me ha pasado esto antes cuando uno de nosotros estaba en la Luna. Cada vez que un nuevo yo arranca, parece que se enlaza cuánticamente con este yo. La comunicación cuántica es instantánea, no importa lo separados que estemos.