Выбрать главу

– Como todos -dijo Candace-. Ya lo ha pensado. Está convencido de que es algo que debe hacer. Y ahora que ha sido legalizado el testamento de mi padre, dispondrá de dinero. En África no será una carga. No irá con las manos vacías. Seguramente entenderás esto, la necesidad de hacer lo que te dictan todos los instintos de tu cuerpo. ¿No has vivido tú una vida así? ¿No tomamos todos, en un momento u otro, decisiones que sabemos que son totalmente acertadas? ¿No tenemos a veces la convicción de que hay iniciativas, cambios, que son imperiosos? Y aunque fracase, resistirse a ello sería un fracaso mayor. Supongo que algunas personas lo considerarían como una llamada de Dios.

– En el caso de Marcus más bien parece una excusa para huir.

– Es que también llega el momento de esto, de escapar. Marcus necesita alejarse de este lugar, del trabajo, de la Mansión, de ti.

– ¿De mí? -Fue una exclamación en voz baja, sin enojo, como si fuera una sugerencia sobre la que tuviera que meditar. Su rostro no delataba nada.

– De tu éxito, tu brillantez, tu fama, tu carisma. Tiene que ser él mismo.

– No he sido consciente de que le impedía ser él mismo, al margen de lo que signifique esto.

– No, no eres consciente. Es por eso por lo que tiene que irse y yo tengo que ayudarle.

– Lo echarás de menos.

– Sí, George, lo echaré de menos.

Preocupado por no sonar indiscretamente curioso pero deseoso de saber, George dijo:

– ¿Te quedarás un tiempo? Si es así, sé que Helena agradecerá la ayuda. Alguien debe reemplazarla cuando viaja a Londres. Pero imagino que quieres regresar a la universidad.

– No, George, ya no es posible. Han decidido cerrar el Departamento de Clásicas. No hay suficientes solicitudes. Me han ofrecido un empleo a tiempo parcial en uno de los departamentos nuevos que están creando, Religión Comparada o Estudios Británicos, a saber qué será eso. Pero como tampoco estoy capacitada para dar clase, no volveré. Me gustaría quedarme al menos seis meses después de la marcha de Marcus. Dentro de nueve meses habré decidido qué voy a hacer. De todos modos, si Marcus se marcha, no estará justificado que siga viviendo aquí sin pagar alquiler. Si aceptas una cantidad, te agradeceré poder quedarme aquí hasta haber resuelto mi futuro.

– No hará falta. Prefiero no cobrar ningún alquiler, pero si puedes quedarte unos nueve meses o así, no hay problema si Helena está conforme.

– Se lo preguntaré, desde luego -dijo ella-. Me gustaría hacer algunos cambios. Mi padre detestaba tanto el alboroto y el ruido, sobre todo cuando entraban los obreros, que no tenía sentido hacer nada. Pero la cocina es deprimente y demasiado pequeña. Si vas a utilizar esta casa para el personal o las visitas después de que me vaya, creo que debes hacer algo al respecto. Lo razonable sería convertir la vieja despensa en una cocina y ampliar el salón.

Ahora Chandler-Powell no tenía ganas de discutir sobre el estado de la cocina.

– Bueno, hablaremos de esto con Helena -dijo-. Y tú deberías hablar con Lettie sobre lo que costaría volver a pintar y decorar el chalet. Hace falta. Creo que podríamos llevar a cabo algunas renovaciones.

Se había terminado el café y se había enterado de lo que necesitaba saber, pero antes de que llegara a levantarse, ella dijo:

– Otra cosa. Está aquí Rhoda Gradwyn y tengo entendido que volverá dentro de dos semanas para operarse. Tienes camas privadas en Saint Ángela. En todo caso, Londres es más apropiado para ella. Si se queda aquí, se aburrirá, y es entonces cuando las mujeres así se vuelven más peligrosas. Y ella es peligrosa.

George tenía razón. Candace estaba detrás de esa obsesión con Rhoda Gradwyn.

– ¿Peligrosa en qué sentido? ¿Para quién? -dijo.

– Si lo supiera estaría menos preocupada. Debes de saber algo de su reputación, bueno, si es que lees algo más que revistas sobre cirugía. Es una periodista de investigación, de la peor calaña. Olfatea el cotilleo como el cerdo las trufas. Su trabajo consiste en descubrir sobre los demás cosas que podrían causarles angustia o dolor, o algo peor, y que despertarían la curiosidad del gran público británico si llegaran a conocerse. Cambia secretos por dinero.

– ¿No es una burda exageración? -dijo él-. Aunque fuera verdad, no justificaría que yo me negara a tratarla donde ella escoja. ¿Por qué tanto interés? Aquí es improbable que encuentre nada que le abra el apetito.

– ¿Estás seguro de esto? Descubrirá algo.

– ¿Y qué excusa le doy para que no vuelva?

– No tienes por qué contrariarla. Dile tan sólo que ha habido una duplicación de reservas y que no tienes cama.

A George le costaba controlar su irritación. Aquello era una intromisión imperdonable, inmiscuirse en la gestión de sus pacientes.

– Candace -dijo-, ¿qué es todo esto? Normalmente eres razonable. Esto suena a paranoia.

Candace se dirigió a la cocina y se puso a lavar las dos tazas y a vaciar la cafetera. Tras un momento de silencio, dijo:

– También yo a veces pienso en ello. Admito que suena rebuscado e irracional. En cualquier caso, no tengo derecho a entrometerme, pero creo que a los pacientes que vienen aquí en busca de intimidad no les va a hacer mucha gracia encontrarse en compañía de una periodista famosa. Pero no tienes por qué preocuparte. No la veré, ni ahora ni cuando regrese. No me propongo clavarle un cuchillo de cocina. Sinceramente, no merece la pena.

Candace lo acompañó a la puerta.

– Veo que Robin Boyton ha vuelto -dijo George-. Creo que Helena mencionó que había hecho una reserva. ¿Sabes por qué ha venido?

– Porque Rhoda Gradwyn está aquí. Al parecer son amigos, y él cree que ella quizá quiera compañía.

– ¿Para una estancia de una noche? ¿Y planea hacer una reserva en el Chalet Rosa cuando ella vuelva? Si lo hace, no la verá.

Ella dejó claro que viene aquí buscando privacidad absoluta, y yo se la voy a garantizar.

Tras cerrar la puerta del jardín a su espalda, George empezó a pensar en todo aquello. Debía de haber alguna razón personal poderosa para explicar una aversión que por lo demás parecía poco razonable. ¿Estaba Candace acaso desahogando en Gradwyn los dos años de frustración atada a un viejo cascarrabias huraño y la perspectiva de perder el empleo en la universidad? Y encima la intención de Marcus de irse a África. Ella tal vez respaldaba la decisión, pero difícilmente podía alegrarse. Caminando resueltamente a zancadas hacia la Mansión, alejó de su mente a Candace Westhall y sus problemas y se concentró en los suyos. Encontraría un sustituto para Marcus y, si Flavia decidía que era liora de irse, también afrontaría esto. Se la veía agitada. Había señales que incluso él había notado, ocupado como estaba. Quizá ya era hora de que terminara la aventura. Ahora, con las vacaciones de Navidad a las puertas y el trabajo ralentizado, George debía armarse de valor para terminar con aquello.

De regreso en la Mansión, decidió hablar con Mogworthy, que, aprovechando un período incierto de sol invernal, seguramente estaría trabajando en el jardín. Había que plantar bulbos, y ya era hora de mostrar interés en los planes de Helena y Mog para la primavera. Cruzó la puerta norte que conducía al bancal y al jardín clásico Tudor. No había ni rastro de Mogworthy, pero vio dos figuras caminando una al lado de la otra hacia el hueco de la lejana hilera de hayas por el que se llegaba a la rosaleda. La más bajita era Sharon, y George identificó a su compañera como Rhoda Gradwyn. Sharon le estaba enseñando el jardín, tarea normalmente desempeñada, a petición del visitante, por Helena o Lettie. Se quedó mirando a la extraña pareja que iba desapareciendo del campo visual, andando con familiaridad, obviamente hablando, Sharon mirando a su compañera. Por algún motivo, la imagen lo desconcertó. Los malos presentimientos de Marcus y Candace lo habían irritado más que preocupado, pero ahora, por primera vez, sintió una punzada de angustia, la sensación de que había entrado en su terreno algo incontrolable y acaso peligroso. La idea era demasiado irracional, incluso supersticiosa, para ser tomada en serio, y la desechó. Sin embargo, era extraño que Candace, inteligente y normalmente tan razonable, tuviera esta obsesión con Rhoda Gradwyn. ¿Sabía quizá sobre la mujer algo que él desconocía, algo que no estaba dispuesta a revelar?