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– ¿Usted cree que podría…? -empezó Brunetti.

Con una sonrisa, ella alargó la mano.

Él le entregó los papeles.

– Necesito que pongan estos números por orden de frecuencia de las llamadas.

Ella hizo una anotación en el bloc que tenía encima de la mesa y sonrió indicando que eso era juego de niños.

– ¿Algo más?

– Sí; cuántos de estos teléfonos están en lugares públicos, bares, restaurantes, cabinas.

Ella volvió a sonreír con la misma expresión.

– ¿Eso es todo?

– No; deseo saber cuál es el número de la persona que lo mató. -Si esperaba que ella hiciera otra anotación, se vio defraudado-. Pero supongo que eso no lo conseguirá -agregó Brunetti con una sonrisa, para indicar que no hablaba en serio.

– Eso no creo que podamos encontrarlo, pero quizá esté aquí -apuntó ella agitando los papeles. Probablemente, pensó Brunetti.

– ¿Cuánto tardará? -preguntó él, refiriéndose a días.

La signorina Elettra miró su reloj y luego pellizcó el borde de las hojas, para calcular su número.

– Si Giorgio está hoy en su despacho, podría tenerlo esta tarde.

– ¿Cómo? -exclamó Brunetti, a quien la sorpresa impidió formular la pregunta con más calma.

– He hecho instalar un módem en el teléfono del vicequestore -dijo ella señalando la cajita metálica que tenía encima de la mesa, a unos centímetros del teléfono. Brunetti vio unos cables que iban de la caja al ordenador-. Lo único que tiene que hacer Giorgio es introducir la información, programarla de manera que ordene las llamadas según su incidencia y enviarla directamente a mi impresora. -Hizo una pausa-. Y tendremos las llamadas ordenadas por frecuencia, cada una con la fecha y la hora. ¿Quiere saber también la duración? -Se quedó esperando su respuesta, con la punta del bolígrafo apoyada en el bloc.

– Sí. ¿Y cree que podríamos conseguir una lista de las llamadas hechas desde el teléfono público del bar de Mestre?

Ella asintió, pero no dijo nada, ocupada en escribir.

– ¿Esta tarde? -preguntó Brunetti.

– Si está Giorgio, desde luego.

Cuando Brunetti se alejó, ella descolgaba el teléfono, seguramente para llamar a Giorgio y, juntos y con ayuda de la cajita rectangular conectada al ordenador, romper todas las barreras que la SIP hubiera puesto delante de sus archivos, desentendiéndose de las leyes que determinan la información de la que se puede disponer sin una orden judicial.

De vuelta en su despacho, Brunetti redactó un breve informe para Patta, dando cuenta de las pesquisas realizadas y de los planes para los días sucesivos. En la primera parte había mucha frustración y en la segunda, inventiva y optimismo a partes iguales, con lo que confiaba en contentar a Patta momentáneamente. Hecho esto, llamó por teléfono a Ubaldo Lotto y le pidió una entrevista para aquella tarde, aduciendo que necesitaba información acerca de los asuntos profesionales de Trevisan. Después de titubear y de insistir en que él no sabía nada de los asuntos del bufete, ya que él se limitaba a llevar las cuentas, a regañadientes, Lotto le dijo que fuera a su despacho a las cinco y media.

Las oficinas de Lotto estaban en el mismo edificio y la misma planta que el bufete de Trevisan, en la Via XXI Marzo, encima de la Banca Commerciale d'Italia, la mejor zona comercial de Venecia. Brunetti se presentó minutos antes de las cinco y media y fue conducido a un despacho en el que la actividad y la eficacia eran tan evidentes que llegaban a resultar convencionales: la clase de despacho que montaría un joven y brillante realizador de televisión para escenario de una película acerca de un joven y brillante financiero. En una sala del tamaño de media pista de tenis había ocho mesas, cada una con su ordenador, ocupadas por cinco chicos y tres chicas. A Brunetti le llamó la atención que ninguno de ellos se dignara mirarlo mientras él pasaba junto a las mesas, siguiendo al recepcionista.

El joven se paró delante de una puerta, dio dos golpes con los nudillos y, sin esperar respuesta, la abrió y la sostuvo para que entrara el comisario. Brunetti vio a Lotto trastear en el interior de un armario alto situado en la pared del fondo. Al oír cerrarse la puerta a su espalda, el comisario se volvió para ver si el joven había entrado también en el despacho. No era así. Cuando miró otra vez hacia adelante vio que Lotto se había apartado del armario con una botella de vermut dulce en la mano derecha y dos vasos en la izquierda.

– ¿Desea beber algo, comisario? -preguntó-. A esta hora, yo acostumbro a tomar una copa.

– Muchas gracias -dijo Brunetti, que aborrecía las bebidas dulces-. Me vendrá bien. -Sonrió y Lotto, con un ademán, le invitó a ir hacia el otro extremo del despacho, donde había dos sillones, uno a cada lado de una mesa baja de patas finas.

Lotto sirvió dos tragos generosos y cruzó la habitación. Brunetti tomó uno de los vasos, dio las gracias y esperó a que su anfitrión dejara la botella en la mesita y se sentara a su vez, para levantar el vaso y brindar con su sonrisa más cordial.

– Cin cin. -El dulce líquido le resbaló por la lengua y la garganta, dejando una película viscosa. El alcohol quedaba completamente enmascarado por aquella dulzura empalagosa; era como beber aftershave con néctar de albaricoque.

Aunque lo único que se veía por las ventanas del despacho eran las ventanas de los edificios del otro lado de la calle, Brunetti dijo:

– Le felicito por la oficina. Es muy elegante.

Lotto agitó el vaso con displicencia.

– Gracias, dottore. Tratamos de transmitir una imagen de eficacia, dar a nuestros clientes la seguridad de que sus asuntos están en manos competentes que los gestionan debidamente.

– Eso debe de ser muy difícil -apuntó Brunetti.

Por la cara de Lotto cruzó una sombra, que desapareció rápidamente, llevándose consigo una parte de su sonrisa.

– Me parece que no le entiendo, comisario.

Brunetti trató de aparentar la turbación del que no domina el lenguaje y, una vez más, no ha sabido expresarse.

– Me refiero a las nuevas leyes, signor Lotto. Debe de ser muy difícil entenderlas y aplicarlas convenientemente. Desde que el nuevo gobierno cambió las disposiciones, mi gestor reconoce que a veces tiene dudas hasta para rellenar los impresos. -Tomó un sorbo de vermut, pero muy pequeño, incluso insignificante, y prosiguió-: Desde luego, no es que mis cuentas sean tan complicadas como para crear confusión, pero supongo que tendrá usted muchos clientes cuyas finanzas exijan la atención de un especialista. -Otro sorbito-. Yo de estas cosas no entiendo, claro -prosiguió y lanzó una mirada a Lotto, que parecía escuchar atentamente-. Por eso deseo hablar con usted, por si puede darme alguna información que usted estime importante sobre las finanzas del avvocato Trevisan. Era usted su apoderado, ¿verdad?

– Sí -respondió Lotto escuetamente. Y con voz neutra preguntó-: ¿Qué clase de información?

Brunetti sonrió y abrió las manos como si quisiera desprenderse de los dedos.

– Eso es lo que no sé y por eso he venido. Puesto que el avvocato Trevisan le había confiado sus asuntos financieros, he pensado que quizá usted supiera si alguno de sus clientes podía estar… ¿cómo le diría…?, descontento del signor Trevisan.

– ¿Descontento, comisario?

Brunetti se miró las rodillas como el que, una vez más, ha tropezado con el escollo de su impericia lingüística, un individuo del que Lotto podría pensar tranquilamente que no debía de ser menos inepto como policía.

Lotto dijo, rompiendo el silencio que se dilataba:

– Lo siento, pero sigo sin comprender. -Brunetti observó complacido cómo su interlocutor forzaba la nota de la sinceridad al simular confusión, ya que ello indicaba que Lotto creía estar frente a un hombre insensible a la sutileza o la complejidad.